La realidad hecha chiste

Para el diseñador, caricaturizar no debe ser desinformar ni confundir, es resumir, contar y develar una situación específica que a veces es difícil de entender para muchos.

Andrés González empezó su carrera en 1991, cuando hizo parte de “El cartel del humor”. /Gustavo Torrijos - El Espectador

¿En su cuna ya venían un lápiz y un papel?

Bueno, sí. En realidad no sé si fue un lápiz y un papel o una pared, creo que desde que recuerdo he dibujado y pienso que para todos los niños, dibujar es algo innato, algo que se hace antes que hablar, caminar, escribir, etc., es una expresión primigenia de los humanos.

¿Cuáles fueron sus primeras ilustraciones en su infancia o adolescencia?

En la infancia eran dibujos que tal vez pretendían sorprender a mis padres, entonces copiaba fotos en blanco y negro, carátulas de discos, etc. Ya en la adolescencia, en el colegio, comenzaba a hacer caricaturas de los compañeros y profesores, pero aún seguían siendo muy faltas de línea. Luego, a los 14 años empecé a dibujar para el periódico de un amigo de mi papá y fue mi primera caricatura política publicada; para mí era la felicidad total, aún la conservo en un álbum.

¿Cree que usted nació humorista gráfico o la vida lo fue formando como tal?

Puede ser que uno tenga al nacer un gusto especial por el dibujo y luego empiece a sintonizarse con los estilos que existen. Para mí, los dibujantes más visibles hacían humor gráfico y a través de los periódicos me enteraba de concursos y festivales que se hacían alrededor del tema, y allí conocí a Mario García (gestor cultural), quien me conectaría con este mundo maravilloso y todos los maestros de la caricatura, como Calarcá, Petete, Pinto, etc.

¿Qué es lo que fascina del humor gráfico?

Me gusta su claridad, que preferiblemente sea mudo y se nutra solo de la imagen, sin textos tediosos y extensos que desvíen la atención en lo que no toca, así es más que un lenguaje universal.

¿Una buena caricatura cargada de ironía pesa más que un discurso político?

Creo que cada uno tiene un fin específico, el discurso político intenta seducir casi siempre demagógicamente a sus escuchas y ponerlos de un lado u otro, su motivación es cifrada y poco honesta. La caricatura política resume, cuenta, devela una situación específica que a veces es difícil de entender para muchos. Lo importante es que el caricaturista sea honesto consigo mismo y cuente a partir de la ironía situaciones o hechos de la realidad con el ingrediente fantástico del humor.

¿Qué maestros internacionales, tipo Lingote, Mordillo, etc., fueron como faros que iluminaron su vida?

Siempre he sido admirador de humoristas como Francisco Ibáñez, Jan, Bidochon, Palomo, Naranjo, Fontanarrosa, Caloi, Crist, Serré, Robert Crumb, entre los que se encuentran dibujantes de cómics y humoristas gráficos.

¿A veces es mejor hacer humor-humor que humor político?

Es muy relativo, en muchas oportunidades la situación política es tan risible como la fantasía y sería una tontería no capturarla en el momento y no hacer un registro irónico del hecho.

¿Qué es lo más complicado de “La Instantánea”?

Lograr capturar la imagen con la velocidad del tema en desarrollo y poderla empalmar al lenguaje de las redes sociales, donde las palabras deben ser muy pocas y contundentes, y que imagen y texto no riñan ni compitan entre sí, sino que sean un complemento.

¿Usted se ha autocensurado en alguna ocasión?

Sin duda eso existe, uno siempre en el fondo tiene algo de límites. De mi parte, que no toque fibras profundas y que no raye en la desinformación. Caricaturizar no debe ser desinformar ni confundir.

¿Qué es lo mejor del humor gráfico?

Crear siempre un lenguaje reflexivo, que haga pensar y que haga reír para relajar la realidad hasta convertirla en un chiste.

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