Tríptico de la infamia

El escritor santandereano nos presenta una visión aguda de la Europa del siglo XVI, marcada por las guerras de religión y el encuentro con América.

A través de tres importantes artistas, Pablo Montoya transporta al lector a hechos que se encuentran ligados a la base de la sociedad moderna occidental. / Cristian Garavito

¿Cuánto tiene su novela de historia y cuánto de ficción?

La novela trata sobre tres pintores que vivieron en el siglo XVI. Gran parte de su vida está recreada en mi trabajo, pero de igual forma existe un gran espacio que surgió de la invención literaria. La novela refleja un vaivén entre la invención literaria y la verdad histórica.

¿Por qué elegir como escenario la Europa del siglo XVI?

Quería de alguna manera acercarme a las guerras de religión y la conquista de América porque me parecen momentos importantes que van a jalonar la modernidad. Como continente somos un producto de esa modernidad. Me interesaba también acudir a los momentos claves en que América empieza existir como nueva sociedad.

En ese sentido, ¿cuál cree que fue el impacto que tuvo el encuentro de Europa con el Nuevo Mundo en el campo artístico?

El reconocimiento del otro fue tortuoso y lento. En el siglo XVI los europeos reconocen en América la existencia de un “salvaje”, que es digno de catequizar y evangelizar porque es antropófago y al cual se asignó una representación de lo demoniaco. Pero en medio de todo ello existen sensibilidades en Europa que logran ver en el indígena una presencia digna de respeto.

¿Se refiere a alguna en particular?

Por ejemplo, los ensayos que Montaigne dedica a ese proceso de descubrimientos en América, en los cuales reconoce el valor de las sociedades precolombinas.

¿Por qué no eligió a Alberto Durero para su obra?

A pesar de que pintó ciertos animales del trópico y fue muy sensible al arte azteca, no tuvo una confrontación directa con América, porque murió en el momento en que la conquista empezaba a tener sus consecuencias, mientras que Théodore de Bry fue muy importante para la representación de América en el imaginario europeo.

¿En qué se basa esa elección?

Específicamente en sus vivencias, ya que me permitieron recrear el fresco artístico que intento crear en Tríptico de la infamia.

Uno de los retos de la novela histórica es que el lector ya sabe cómo perecieron los personajes y el escritor debe crear una nueva narrativa para superar ese final. ¿Qué hizo para lidiar con ello?

La novela se llama Tríptico de la infamia porque tiene una relación muy fuerte con el aspecto pictórico. Así, está divida en tres partes: la primera dedicada a Jacques Le Moyne, la segunda a François Dubois y la tercera a Théodore de Bry. Es así como el lector puede encontrar tres apartados que son aparentemente independientes, pero puede establecer puentes entre los tres. Como un tríptico.

¿Por qué eligió varios narradores para la novela?

La primera parte está escrita en ritmo vivaz. La segunda parte en primera persona, una narración introspectiva, por el desgarramiento que producen en Dubois las experiencias de las persecuciones religiosas. Y en la tercera parte aparece la propuesta de un narrador metaficcional, que va contando qué está pasando con Théodore de Bry pero al mismo tiempo describe la novela. Y en esa parte no está sólo el narrador ficcional y metaficcional, sino que existen varias voces de los personajes. Una apuesta polifónica.

La novela sobresale por la combinación fascinante de géneros literarios. ¿Por qué arriesgarse?

Me parece que la novela histórica ofrece la posibilidad de mezclar narradores y géneros literarios. Existe un juego permanente en difuminar las fronteras de los géneros. La esencia de la narración está fundada en mi perspectiva de la poesía, y son numerosos los pasajes penetrados de un ambiente poético.

¿En qué género literario se siente más cómodo?

Pienso que la novela es un género muy flexible que puede incluir todas las formas literarias habidas y por haber, tanto en Tríptico de la infamia como en mi novela anterior, Los derrotados. Considero la novela un espacio para la confluencia de géneros, juegos espacio-temporales, diálogos con el presente y el pasado, y en ese sentido me permite esas posibilidades.

Hablemos un poco de su método de trabajo en la creación del libro.

Tríptico de la infamia fue un trabajo que me llevó muchas lecturas. En algún momento pensaba que no iba a escribir una novela sobre estos pintores por el universo tan abigarrado al que me enfrentaba, pero como gané una beca de la Alcaldía de Medellín, me sentí con la presión para escribir, y lo hacía todos los días. Estaba completamente concentrado en la novela. En cuatro meses escribí 300 páginas. Luego gané una beca en Alemania y logré tener un tiempo para profundizar un poco más, viajar por varias ciudades de Europa. Estaba las 24 horas en función de ese libro. 

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