Una apuesta por la educación

El bogotano adelantó la gestión de becas que entregó Colfuturo a 1.453 estudiantes para especialización en las mejores universidades del mundo.

Además de la educación y los negocios, a Jerónimo Castro le apasionan los deportes acuáticos, lo que demuestra en su gusto por el windsurf, el water polo y la natación./ Cristian Garavito - El Espectador

¿De qué manera los colombianos se ganan la confianza para asistir a universidades de otros países?
Son tres elementos claves: escoger bien a los estudiantes, la seriedad que Colfuturo tiene en el cumplimiento estricto de todo en lo que se compromete y lo tercero, es la historia, llevamos 23 años operando con esas dos primeras características. Las universidades ya nos conocen.

 Usted fue becario de Colfuturo en 1992, para ir a la Escuela de Economía y Ciencias Políticas de Londres. ¿Cómo fue el proceso para acceder a la beca en ese tiempo?
No había internet, la búsqueda era más difícil. La hice yendo al Consejo Británico, a la Embajada de Estados Unidos, tenían unos centros de documentación. Buscando los catálogos de las universidades y después mandé un fax para pedir los cursos que ofrecían. Respondieron seis semanas después con un libro grueso y las formas para aplicar, llené a mano y conseguí las cartas de recomendación, además de presentar los exámenes.

 ¿Qué tanto ha cambiado el panorama educativo en el país para alcanzar esta clase de oportunidades?
Estamos en un país que está cambiando, está en un punto de inflexión, desde el punto de vista de crecimiento económico, cifras de desempleo, estabilidad política, la esperanza de resolver un tema de conflicto de 50 años, es distinto a lo que era 1992. Los jóvenes tienen proyectos universales, no importan de dónde vengan, no están restringidos a una ciudad o país.

 En su época de estudiante, ¿cuáles eran sus clases preferidas?
Las de matemáticas, de ciencias, de física y no me gustaba mucho química en el colegio. También el tema de arte, arquitectura, fotografía, diseño gráfico y leer.

 Pasó por tres colegios debido a inconvenientes disciplinarios. ¿Qué travesuras recuerda?
Era muy argumentativo, no era travieso en el sentido de hacer cosas, sino que todo el tiempo estaba cuestionando un poco más allá, entonces esas preguntas que yo hacía no eran bien recibidas. A veces las sentían como agresivas, tenían un poco de rebeldía juvenil, pero también de inquietud intelectual.

 ¿Recuerda alguna de esas preguntas?
Las clases de religión. En cuarto de primaria hablaron de cómo Dios le pidió a Abraham que subiera a su primogénito Isaac y que lo sacrificaran en la montaña y yo soy primogénito de mi casa. Desde ahí comencé a hacer preguntas relacionadas con el tema y tuve dificultades con eso.

 Desde su experiencia, ¿qué tanto ha cambiado el modelo educativo?
Poco, no sólo en Colombia sino en el mundo, funciona porque sirve para preparar a millones de personas. Está muy regido por un sistema estandarizado donde los niños tienen que aprender y sufrir lo mismo. Hay unos pocos que se desempeñan bien naturalmente, otros son muy disciplinados y la mayoría está ahí como ‘¿y esto qué tiene que ver conmigo?’

 Estudió ingeniería eléctrica y tiene maestría en administración de empresas y en finanzas, ¿cómo terminó en el sector educativo?
En una esquina, era empresario en 1999, participé en un emprendimiento y colapsó. El día que cerré esa oficina me encontré con Cecilia Salgado, dirigente administrativa. Me dijo que la directora de Colfuturo se iba a retirar y que yo, que los había ayudado en los procesos de selección, por qué no consideraba asumir esa responsabilidad. Les dije que no sabía de temas educativos y me dijeron que era más un tema de apoyo a la formación a través de mecanismos financieros.

 Aparte del tema educativo y empresarial, ¿qué es lo que más disfruta?
Soy un entusiasta por lo que hago. Juego waterpolo, fui un excelente windsurfista, nado todos los días y me gusta leer. Como tengo poco tiempo, entonces encontré los audiolibros.

 Cuéntenos sobre esos años de windsurfer.
Fui windsurfer desde el 82 hasta el 92, años en los que competí y anduve con una tabla de windsurf en el techo del carro por todos los sitios donde había viento y agua. Fui a Mundiales y a Panamericanos, en el país me fue bastante bien e internacionalmente no tanto. Me gané un Nacional y quedé de segundo y tercero tres o cuatro veces.

 Alguna anécdota memorable de ese tiempo.
Las velas tenían unas costillitas que le dan un perfil aerodinámico y un amigo nos pidió, íbamos a Cartagena, que le lleváramos unas que eran en fibra de vidrio. Las tablas tenían una superficie antideslizante que se desgastaba y se recuperaban con azúcar y una resina. Fuimos al zoológico de Pablo Escobar, había llovido y la superficie de las tablas estaba pegotuda. Entramos a un potrero donde había elefantes y jirafas, y comenzaron a perseguirnos. Teníamos una Peacock donde estaba todo el equipaje y los elefantes metieron la trompa y sacaron esas costillas y se las comieron. El amigo nunca nos creyó que se las habían comido los elefantes de Pablo Escobar.