Una playa en la capital

Diana Bustamante, productora de "La Playa D.C.", que se estrena este viernes en cartelera, habla de su oficio, del cine colombiano y de esta nueva producción, que retrata el mundo del Pacífico en Bogotá

Según Diana Bustamante, el estigma más fuerte con el que cargan las producciones nacionales es que “todo el cine colombiano habla de violencia”.
Según Diana Bustamante, el estigma más fuerte con el que cargan las producciones nacionales es que “todo el cine colombiano habla de violencia”.

¿Qué le agrega a la cinematografía colombiana una película como ‘La Playa D.C.’?

Cada película trae un aporte. En el caso de La Playa D.C., creo que tiene algo particular dentro del cine latinoamericano, que es que le pierde el miedo a volver a usar música, al cambio de ritmo. Es una película que se conecta mucho con la gente sin necesidad de caer en los lugares comunes y las historias fáciles, es una película con flow.

¿Cuál fue el mayor reto de esta producción?

¡Hacerla realidad! Realmente fue un camino largo, desde reescribir el guión, ajustar las cosas, conseguir los fondos, etc. Y luego un rodaje extremo, pero esta vez en una Bogotá dura, donde nunca tuvimos cerramientos de policía para grabar en la calle, con un equipo muy pequeño.

¿Qué se encontrará el espectador al ver ‘La Playa D.C.’?

Con Tomás, un adolescente afro que busca su vida, busca pa dónde va... como todos. Pero se va a encontrar también recorriendo una ciudad que quizás no conozca, una Bogotá que ha ido cambiando a medida que la comunidad afro la ha venido transformando. Se va a encontrar con esa cadencia que ahora tienen la calles, con sus pescaderías, sus barberías... pero sobre todo, se va a encontrar con una historia de hermandad y de lucha.

¿Qué le agrega a la cinematografía colombiana una película como ‘La Playa D.C.’?

Cada película trae un aporte. En el caso de La Playa D.C., creo que tiene algo particular dentro del cine latinoamericano, que es que le pierde el miedo a volver a usar música, al cambio de ritmo. Es una película que se conecta mucho con la gente sin necesidad de caer en los lugares comunes y las historias fáciles, es una película con flow.

¿Cuál fue el mayor reto de esta producción?

¡Hacerla realidad! Realmente fue un camino largo, desde reescribir el guión, ajustar las cosas, conseguir los fondos, etc. Y luego un rodaje extremo, pero esta vez en una Bogotá dura, donde nunca tuvimos cerramientos de policía para grabar en la calle, con un equipo muy pequeño.

¿Cómo fue la respuesta de la comunidad afro en Bogotá al ver la película?

Increíble. Recuerdo mucho ver a los chicos de Flaco Flow y Melanina, quienes son parte de la banda sonora, pero no tenían idea de cómo era la película... Cuando salieron, tenían un nudo en la garganta, se sentían muy identificados, sentían que esa había sido también su historia cuando llegaron acá... que esos habían sido también sus espacios. Fue muy emocionante ver que en general sientan que hay mucho respeto en la manera en la que se representó mediante la ficción su situación.

¿Cuál es la gran ventaja y la desventaja de utilizar actores naturales?

Es tremendo reto, porque uno nunca sabe cómo puedan reaccionar. La ventaja es que la película adquiere un gran nivel de verosimilitud, de sencillez y de credibilidad. Todos los chicos comparten de alguna manera la historia de vida del personaje que representan y para ellos no se trataba de actuar sino de sentir, y eso se siente en la pantalla. La desventaja es que hay que manejar muchos más elementos que lo actoral, están sus vidas personales, que son duras en la mayoría de los casos; sus temperamentos, porque a veces les cuesta entender los ritmos del rodaje.

¿Por qué cree que el cine colombiano está pasando por un momento interesante?

No lo creo, he tenido la fortuna de vivirlo. Cuando yo estudié cine, se estrenaba una película al año, hoy se estrenan más de 14. Es un buen momento, porque además hay formación especializada. Cada vez aparece más el nombre de Colombia como una cinematografía que hay que mirar.

¿Alguna tendencia actual en la cinematografía latina?

Tanto en Europa como en Estado Unidos, los ojos se están volcando hacia América Latina, Asia y África. Creo que más allá de una tendencia se trata de la posibilidad de renovar la mirada a través de otras culturas que a la larga son otras maneras de entender el mundo. Es muy difícil hablar de una tendencia en el cine latinoamericano. Creo que, ante todo, se está caracterizando por su libertad. Es un cine que habla desde lo auténtico.

¿Cuál cree que sea la gran falencia de la cinematografía nacional?

Como cinematografía creo que estamos en proceso. En esa medida, hay que seguirse buscando y explorando. Ahora como industria, que son dos cosas absolutamente opuestas, creo que tenemos dos piernas rotas en la exhibición y en la distribución. Es muy duro para el productor tener que asumir los costos de estas etapas y además estar igual sometidos a lo que dicte el mercado. No estamos en condiciones de igualdad y eso aún no se ha entendido. Nos hace falta mucho más trabajo de los circuitos alternativos.

¿Cuál es el estigma más fuerte con el que tienen que cargar las producciones nacionales?

Que todo el cine colombiano habla de violencia. Es un karma porque encasillan las películas colombianas en dos: las “buenas” porque son comedias y las “violentas”, que son todas las que no son de risa. Además, la gente siente que todo habla de narcotráfico. Ese es un estigma muy bravo de quitar. El cine norteamericano desde los 60 hasta nuestros días ha hablado de Vietnam y los alemanes y los judíos siguen hablando de la Segunda Guerra Mundial. El cine es un mecanismo de pensarnos a nivel social y como forma de representación siempre va a estar ligado a los hechos más fuertes que han marcado una sociedad.

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