Waldo Urrego, el más malo de la TV

Actor de teatro, cine y televisión, comenzó su carrera en 1962 cuando el medio llevaba ocho años de nacido. Cuenta que el mayor lujo que se ha dado en la vida es haberse sentado a la mesa con Jorge Luis Borges.

La interpretación frustrada de Waldo Urrego es Oswaldo, personaje de la obra ‘Espectros’, de Henrik Ibsen. / Cortesía

¿Tiene idea de en cuántas series televisivas ha participado?

Para dar una idea, trabajé en la segunda telenovela que se hizo en Colombia. La primera fue El diario de una enfermera y la segunda se llamaba Una mirada imborrable. Estamos hablado del año 62. Nunca he parado de trabajar. Cuando llevaba la hoja de vida con detalle había hecho más de 2.000 programas.

¿Quién fue su mentor?

Trabaje en una obra de teatro con el grupo de la Universidad Javeriana y el maestro Enrique de la Hoz nos dijo: “Vosotros servís para esto, pero no os vais a dedicar porque os vais a joder”, y nos hemos jodido. Entré a la escuela de arte dramático y al día siguiente llegó el maestro Bernardo Romero Lozano. Me llevó y me dio un personaje muy importante en teleteatro, una obra del repertorio norteamericano, y me fue muy bien.

La gente lo recuerda por los papeles de malo, a pesar de que ha interpretado toda clase de personajes. ¿A qué cree que se debe?

La telenovela se convirtió en un lenguaje particular, con sus propios valores. Esa particularidad era la esquematización de situaciones y personajes. Aparecieron los buenos y los malos. Tal vez por mis rasgos fuertes me dieron personajes fuertes, de malo, cosa que agradezco porque desde el punto de vista actoral es un gran beneficio. Son personajes de grata recordación, capturan mucho la simpatía y permiten una construcción mucho más rica.

¿Con qué personaje cree que la gente lo recuerda?

Hay personajes que se quedan marcados como el de Cuéllar, en Amar y vivir. Esa serie hizo historia en la televisión colombiana y ese papel tiene gran recordación. Pero es relativo. Como he trabajado tantos años, hay dos o tres generaciones que me han visto y tienen diferentes recuerdos.

¿Cómo era Cuéllar?

Era la encarnación del mal de la época, en la que el sicariato había adquirido una preponderancia dentro de la delincuencia y en la sociedad colombiana.

Era el año 1988, época de violencia en Colombia. ¿No tuvieron problema para presentar eso en una serie?

No, más bien como que nos ganamos la simpatía nacional de uno y otro bando. Hubo una época en que el país se paralizaba para ver la serie. Fue sinónimo de aceptación y de respeto por lo que hacíamos, pero el valor maravilloso de una serie estaba, por primera vez, en una producción de televisión que se hacía con pensamiento nacional.

¿Con cuál de sus facetas en la televisión se queda?

Hice escenografía para televisión y para teatro, he sido director por mucho tiempo, he sido empresario, tengo una productora, Waldo Urrego Producciones, que se llama Factor Imagen. He hecho de todo.

¿En cuál producción le faltó estar?

Henrik Ibsen tiene una obra que se llama Espectros y el personaje es Oswaldo: soñé con él toda la vida y nunca tuve la oportunidad. Estuve al borde y no me llamaron. Me hubiera gustado trabajar en Escobar, el patrón del mal.

¿Qué opina de que actores preparados tengan que competir con personas que no tienen talento pero registran bien?

Si uno no entiende la televisión como un fenómeno comercial, es mejor que se retire. Tiene que subsistir, está más determinada por los anunciantes que por los creativos y los ejecutivos de la televisión tienen que obedecer a las exigencias de los anunciantes, o por lo menos a sus peticiones, porque finalmente gracias a ellos se puede hacer.

¿El mayor lujo que se ha dado en la vida?

Cuando viajé a Buenos Aires, vivía allá como rico y me pagué un restaurante muy caro y me senté a la mesa a comer con Borges.

¿Hablaron? ¿Cómo fue la conversación?

Me presenté como colombiano. Le llamó la atención. Era un hombre muy amable. Le dije que había comido dos o tres veces en ese restaurante, y sonrió y me invitó a sentarme y fue supremamente agradable. Me preguntó mucho por Colombia. Yo no sabía qué decir porque era demasiada la impresión frente a semejante personaje.

Un momento de su vida que recuerde con especial cariño.

Mi mujer: el momento en el que la conocí, cuando nos enamoramos. Una época muy bella, muy rica, muy linda. La volvería a vivir 500 millones de veces.

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