“El aterrizaje de las exfarc en la izquierda no será fácil”: Rodolfo Arango

El profesor Rodolfo Arango, doctor en derecho constitucional y filosofía, exmilitante del Polo y columnista, analiza la recomposición que necesariamente se dará en los partidos con la llegada del grupo político que surja de los exguerrilleros reintegrados al Estado y a la sociedad civil. ¿Qué pasará con la izquierda, con la extrema derecha y con los partidos de centro?

/ El Espectador
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¿Qué impacto sufrirá el panorama político-partidista del país con la aparición, en el escenario legal y seguramente electoral, del nuevo movimiento que nazca de los exguerrilleros de las Farc?

La reconfiguración del panorama político-partidista es incierta. Depende de las nuevas reglas de juego y de la acogida que tengan los exguerrilleros como actores políticos. Entre más atractivas sean esas reglas para favorecer la reincorporación, mayor será el impacto. Habrá más movimiento en la izquierda y los verdes que en los partidos tradicionales y en la ultraderecha. El nombramiento de líderes de los partidos minoritarios en el gabinete anticipa esa recomposición: al dividir el Polo y los verdes, el presidente Santos les limpia el camino a las Farc y hace que éstas compartan el espectro con ellos, lo cual favorece a los mayoritarios tradicionalmente en el poder.

Usted dibuja movidas como de juego de ajedrez. ¿Cree que el jefe de Estado es un estratega político tan sofisticado como para lograr la firma de la paz con el fin de garantizar que todo siga igual, que nada cambie?

El presidente no da puntada sin dedal. La sorpresa del nombramiento de líderes de esos dos partidos muestra una intencionalidad clara: la de fracturar a posibles competidores en 2018 y atraer porciones de esos partidos al apoyo, en segunda vuelta, para su candidato por la paz.

Es paradójica la imagen que proyecta Santos: la izquierda lo ve como un neoliberal sin límites y la extrema derecha lo califica de “castrochavista” o de “ficha del comunismo internacional”, que tendría hasta un alias secreto. ¿Cuál de los dos Santos es el verdadero?

La imagen de la izquierda sobre el presidente es más atinada porque se atiene a su historia, sus políticas económicas aperturistas y su obsesión con que el país entre al club de los ricos (OCDE), pese a los riesgos que ello implica para la consolidación de la paz. La imagen que la derecha difunde parece un cuento orwelliano (de totalitarismo) difícil de digerir.

Estamos a escasos meses de que se inicie la campaña presidencial para elegir al sucesor de Juan Manuel Santos a partir del 7 de agosto de 2018. ¿Cuánta incidencia tendrá en la campaña la firma del acuerdo de paz y la recomposición partidista que se va a presentar?

La paz seguirá siendo protagonista en las próximas elecciones. Parte importante del presupuesto nacional, del endeudamiento y de los planes de desarrollo estarán positivamente atados a la superación de las condiciones objetivas que facilitaron la confrontación. Es previsible que los grupos en pugna electoral se organicen en pro y en contra de la negociación concertada en La Habana. Pacto inédito para unos, entrega “impune” para otros. La polarización aumentará con la cercanía a las elecciones. Más cuando el uso de las facultades extraordinarias del presidente Santos para favorecer el proceso de paz será percibido como agresión por la oposición.

Muchas personas, sobre todo las que les temen a los cambios, piensan que los negociadores de la guerrilla llegarán a la política y tendrán votos suficientes para ser presidentes, congresistas, alcaldes o gobernadores. ¿Cree que tendrían éxito electoral inmediato?

No lo creo. No comparto el miedo de los adversos al cambio ni el optimismo revolucionario. Pese a la importante presencia pública de la Unión Patriótica a nivel nacional y local, a mediados de los años ochenta, los tiempos han cambiado y el país se ha derechizado. Las Farc tendrán que mutar en organización política, asumir su responsabilidad (al igual que todos) ante las víctimas y superar los estigmas que cargan a cuestas. El avance del nuevo movimiento será gradual y dependerá de su cumplimiento con la justicia transicional, de la colaboración con la Comisión de la Verdad y de la transformación efectiva de la economía ilegal en legal.

Quienes no pertenecen a los partidos de izquierda ni conocen sus particularidades suponen que el movimiento que nazca de las Farc “aterrizará” en una de estas colectividades. ¿Es así o no es tan sencillo?

En efecto, no es nada sencillo. Las Farc han expresado su deseo de conformar un partido político propio. Pero no está claro en qué momento. Por ahora se barajan dos escenarios: la conformación de un frente amplio de convergencia de múltiples movimientos y agrupaciones políticas y sociales de izquierda que buscan aglutinarse con miras a las elecciones de 2018, y la competición según la máxima “cada loro en su estaca”, sin descartar convergencias futuras, una vez las Farc se reincorporen, conformen su colectividad y asuman sus responsabilidades. Parece que las partes negociadoras y sectores importantes de la izquierda favorecen la primera.

Seguramente todos los partidos tendrán que reacomodarse por la aparición de la nueva colectividad, pero los que tendrán mayores dificultades serán, sin duda, los de izquierda. ¿Qué pasará con el Polo, la Unión Patriótica, el petrismo e incluso la Marcha Patriótica?

Como le dije, veo una mayoría de integrantes de las mencionadas agrupaciones favorable a la conformación de un frente político, incluidas las Farc, pensando en las elecciones del 2018. Considero que es un error precipitarse y dejarse llevar por la emoción del fin del conflicto armado. No hay momento más maravilloso para una sociedad democrática que la cesación de la violencia armada. Pero una cosa es querer que a las Farc les vaya bien en la reincorporación y otra diferente aliarse con ellas antes de que asuman su responsabilidad. Sería un enorme error político para el Polo. Otros no comparten mi posición. Si el Polo decide legítimamente ese camino, no le auguro mucho futuro. Veo a las otras agrupaciones de izquierda mencionadas más flexibles en este punto.

¿Por qué no le augura futuro al Polo si hace esa alianza? Se dice en el medio político que la izquierda más reacia a aliarse con los exfarc es, precisamente, ese partido. Pero no todo: sólo una parte...

Mi opinión es exclusivamente personal, porque, por ahora, estoy muy alejado del Polo debido a divergencias no zanjadas, entre ellas el uso del partido con fines personalistas y ambiciones que no atienden un debate amplio. Desde afuera percibo dos tendencias: la del MOIR, consecuente con su respeto a la institucionalidad democrática y su lejanía de quienes han empuñado las armas, y, del otro lado, una porción importante del Polo que no ha descartado la conformación del frente amplio que le he mencionado, y que incluiría a las exfarc. Mi posición explícita es que la responsabilidad moral y política antecede a los cálculos electorales, y que cualquier alianza futura debería condicionarse. Pero sé que ese es el mundo ideal y que en Colombia es difícil de realizar.

¿Cuáles cambios debería implementar el Polo, el que mayor impacto podría sufrir con la presencia de personas diferentes pero de similar espectro ideológico?

Carlos Gaviria Díaz marcó un hito muy alto en las elecciones de 2006, cuando demostró que es posible que la izquierda acceda al poder presidencial por vías democráticas y sin armas. Luego se cometieron graves errores. El partido no ha sido ajeno a la corrupción, al caudillismo y, ahora, al malabarismo político. El trabajo arduo y la lealtad de los comités locales y regionales del Polo no han sido correspondidos por las directivas del partido con sus golpes de mano y decisiones contrarias a los mandatos de las bases. El Polo clama una mayor democratización y participación de las regiones.

No quisiera dedicarle la entrevista sólo al Polo, pero déjeme formularle una pregunta más: el “malabarismo político” que menciona, ¿es una crítica al sector que ha apoyado abiertamente el proceso de paz del gobierno Santos?

Sí, en efecto. Por respetable que sea el apoyo a un fin supremo tan importante como la paz, no excusa a las directivas, acostumbradas a ejercer una política de gabinete sin consulta, a debatir con las bases el cambio del mandato de oposición al Gobierno. El respeto a la búsqueda colectiva de soluciones pasa por la deliberación democrática y no debe emanar de las élites acostumbradas a manejar el país autocráticamente.

Las demás colectividades de izquierda, ¿recibirían más fácilmente a las exfarc?

Es probable que, a diferencia del Polo, la aceptación de las exfarc en otras colectividades de izquierda sea más fácil, precisamente por la mayor apertura doctrinaria de ellas, su menor estructura orgánica y la heterogeneidad en su composición. Pese al exterminio y a la guerra sucia por parte del Estado, el rechazo explícito del Polo a la combinación de las formas de lucha lo alejó de esos sectores más radicales que ahora podrán liberarse de la pesada carga que suponen las armas en la política.

Entonces, ¿es posible que el primer papel político de los exmiembros de las Farc sea el de aglutinar y darles organización a los movimientos que, aunque tienen cierto número de votos y presencia, no son propiamente un partido?

Esa evolución es totalmente incierta porque depende de los procesos internos y de las divisiones o convergencias que se den en cada una de dichas agrupaciones. No veo que las Farc, por ahora, tengan la ascendencia suficiente para ejercer un poder dominante sobre agrupaciones de izquierda ya organizadas.

Un aspecto más etéreo, pero interesante, es el de la imagen política. ¿La cercanía o inclusión de los nuevos actores en colectividades ya formadas, afectaría la aceptación popular de estos movimientos y de sus jefes, electoralmente probados?

Sin duda, la novedad de los liderazgos emergentes afectará, para bien o para mal, la imagen de los movimientos y líderes existentes, en particular de izquierda. A estos últimos se les presentará un dilema: mostrar acogida y apertura, arriesgándose al castigo del electorado herido y desconfiado, o rechazar toda cercanía y poder ser vistos como dogmáticos y carentes de comprensión y pluralismo. No existe manera de eludir la disyuntiva. Cualquiera sea el cuerno del dilema que se siga, los movimientos y líderes existentes correrán, inicialmente, altos riesgos electorales, por lo menos hasta que los nuevos autores ganen credibilidad y cosechen confianza en la población.

En cuanto a los partidos de la derecha extrema, ¿estos quedarían descolocados con un proceso de paz exitoso o, por el contrario, se fortalecerían lo mismo que sus tesis por estar en la otra orilla ideológica?

Sin duda, el éxito del proceso de paz aumentará la presión sobre agrupaciones y movimientos de extrema derecha, pero también crecerá la polarización, en particular en zonas de disputa territorial. Es una ecuación difícil. La precaria formación política de la población, la propensión al dogmatismo producto de una educación autoritaria y la inclinación de sectores poderosos al uso del miedo como estrategia electoral brindan un terreno fértil a la permanencia del radicalismo de derecha. Sólo la mejora en el ingreso y el acceso efectivo a la educación de calidad podrán promover las inclinaciones y disposiciones contrarias.

O sea, ¿su respuesta implica un sí, “el que viene es un escenario propicio para el crecimiento de la extrema derecha”?

No quisiera ser pesimista, pero la población colombiana tendría que trabajar muy arduamente en la democratización del país para derrotar a la extrema derecha. Entre otros aspectos, las bases militares norteamericanas en territorio nacional y los intereses de las multinacionales en el país no auguran el mejor escenario para las grandes transformaciones que se requieren para lograr ese objetivo. Lo que pasa en el sector minero y las zidres son un buen ejemplo de ello.

En el mismo sentido, el espacio público de un actor tan notable de la ultraderecha como Álvaro Uribe, ¿se reduce o se amplía y fortalece?

El éxito del proceso de paz, en contra de figuras carismáticas como Álvaro Uribe Vélez, dependerá de la velocidad del fortalecimiento institucional y del aumento de la educación política de la población. Si las instituciones —Legislativo, Rama Judicial, órganos de control, autoridades ejecutivas— no ganan en legitimidad y la formación política no se incentiva extensamente, el peligro del populismo continuará latente y podrá expandirse por encima del 40 % que representa, aún, el embrujo autoritario de una figura como la del expresidente Uribe. Los nubarrones en el frente económico aumentan la probabilidad de que persista el autoritarismo durante largo tiempo.

Sin embargo, se sabe que el uribismo se está preguntando si una oposición tan radical al proceso de paz, que mucha gente percibe como una campaña de odio, le está haciendo daño a su jefe. ¿No cree que esos críticos tienen alguna razón?

Sí la tienen. Aciertan en su percepción de que los hechos contundentes que dejan atrás el conflicto armado, como la firma del cese el fuego, han cambiado el mapa político incluso para la oposición de derecha, como se evidencia en la reciente columna de Plinio Apuleyo Mendoza. Su transformación da una esperanza de que no todo en el uribismo es irreflexivo. Algo de sensatez es posible, pese al radicalismo de sus huestes.

Los denominados partidos de centro, o sea, los que han ocupado el espectro electoral ampliamente, ¿mantendrán su posicionamiento mayoritario?

El régimen de poder en una sociedad desigual, autoritaria y antidemocrática se perpetúa mediante el realineamiento oportuno en torno a quien tiene la capacidad de movilizar maquinarias, dineros y contratos para acceder o permanecer en el poder político. Ese es el ethos del amplio centro en Colombia, donde conviven las tendencias ideológicas más heterodoxas para repartirse los beneficios y ventajas de los que se priva a la mayoría. La resiliencia de la clase política es proverbial y el transfuguismo es regla general y de extendida aceptación, sin que exista, aún, una conciencia crítica que potencie la indignación hasta el extremo de propiciar un cambio.

Líderes políticos que lucen más modernos y frescos, los llamados “cívicos” o “antipolíticos”, ¿tendrán oportunidad de oro en medio de la polarización o perderán su espacio?

Por fortuna, el país empieza a cansarse de la estrechez que suponen las castas políticas, del clientelismo y del gobierno en provecho de unos pocos, aunque todavía sea incipiente la participación y movilización popular en beneficio de líderes cívicos anti-sistema. Pero la conciencia política ha aumentado muy lentamente en el país, lo que explica el atraso en movilidad social, la persistente desigualdad y los altos niveles de corrupción en el Estado y la sociedad. El país tendrá que esperar un tiempo, ojalá no muy prolongado, para que surja un proyecto verdaderamente ambicioso y propositivo de país que contraste con las políticas defensivas y reactivas de una clase política en decadencia.

 

* * * “Un consejo: esperar un poco” ***

¿Es partidario de que quienes dejen las armas y cumplan los acuerdos de paz puedan elegir y ser elegidos o sus derechos políticos deben ser restringidos? 

Es un asunto que tendrá que resolver la Corte Constitucional en su momento. La nuez del asunto puede formularse así: la participación inmediata de cabecillas de las Farc para asegurar la paz, ¿afecta desproporcionadamente otros derechos, principios o valores constitucionales, por ejemplo los derechos de las víctimas, la igualdad política de quienes no han acudido a las armas o los tratados internacionales de derechos humanos? Es una ponderación difícil. Sólo le diría que no creo que exista blindaje contra la justicia universal, ni siquiera por vía del derecho internacional de los tratados. Quizá sean elegidos ya y ejerzan el poder político, pero nada impedirá que un juez internacional que considere que ha existido una amnistía encubierta a delitos de lesa humanidad les eche mano. Les iría mejor si esperan un poco aque opere la justicia penal especial.

Es decir, ¿es prudente para ellos, para el Estado y para el propio pacto, esperar a que las heridas cicatricen?

 

Sí. Por cierto, es un consejo fruto de la prudencia. Pero dudo mucho de que las Farc lo sigan ante la expectativa generada por años de negociación en el exterior.

 
*** Transformar la cultura del odio ***
 
¿En su opinión, los exguerrilleros podrían ser agentes de seguridad, de policía, guardabosques, o empleados en entidades oficiales?
 

Un principio de justicia que identifica a los Estados constitucionales y democráticos es que a ningún ciudadano debe impedírsele el acceso lícito al goce de ningún derecho, cargo o beneficio. El ser humano es cambiante, perfectible. El éxito de la consolidación de la paz depende de brindarles a todos, incluso a los excombatientes, oportunidades efectivas para salir adelante y para construir una vida decente, respetuosa de los demás, digna. A nadie debe impedírsele llegar tan alto como sus méritos se lo permitan, claro está, dentro del marco jurídico establecido.

 
El éxito de la reintegración de las exFarc depende de la tolerancia de todos. ¿Cuánto tendrá que ver la academia, hasta ahora ausente, en este proceso?
 

Ya es tiempo de que la academia se involucre en la solución de los grandes problemas del país y abandone la torre de marfil en que acostumbra enclaustrarse. Las Ciencias Humanas y Sociales tienen la obligación de contribuir a la democratización de la sociedad transformando la cultura del odio en una de discusión libre y pluralista que respete las opiniones ajenas y valore los diferentes puntos de vista.

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Cecilia Orozco Tascón

“El aterrizaje de las exfarc en la izquierda no será fácil”: Rodolfo Arango

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