'Sigo en esto y seguiré hasta el fin'

Gonzalo Guillén, reportero investigador desde hace 37 años, relata desde el exterior los más recientes días de su agitada vida.

Gonzalo Guillén cuenta que después de que se descubriera que un sicario tenía el encargo de matarlo, asesinaron al hermano de  su escolta en una emboscada  en La Guajira./ Connie Hunter
Gonzalo Guillén cuenta que después de que se descubriera que un sicario tenía el encargo de matarlo, asesinaron al hermano de su escolta en una emboscada en La Guajira./ Connie Hunter

Cecilia Orozco Tascón.- Después de que se supiera que había un sicario que iba a atentar contra usted y dos investigadores de la Corporación Nuevo Arco Iris, ¿qué sucedió con su trabajo, su vida y su seguridad?

Gonzalo Guillén.- Toda mi vida se alteró y entré en un estado de incertidumbre que continúa agravado hoy con la noticia de que, precisamente en La Guajira, de donde vienen las amenazas, fue asesinado el hermano de uno de mis escoltas. Él era el jefe del puesto de migración en Paraguachón (La Guajira, frontera con Venezuela). La primera pregunta que nos hicimos fue si lo emboscaron, lo remataron y lo incineraron en la carretera, junto con otras tres personas, cuando los asesinos supieron que era hermano de quien me protege. No conozco la respuesta todavía.

C.O.T.- ¿Cuándo ocurrieron los hechos?

G.G.- El jueves pasado, a las 4 de la tarde, después de una misión que estaba cumpliendo.

C.O.T.- ¿Cómo fue el ataque?

G.G.- Él iba de Paraguachón a Maicao, junto con el grupo que lo acompañaba, y se transportaba en el primer vehículo. En el segundo iban dos policías que estuvieron con él durante el trabajo que iban a realizar. Al parecer, los atacantes pusieron un falso retén, los pararon y dispararon contra ellos. Pero hay indicios de que el objetivo era el hermano de mi escolta, porque a él lo remataron sobre el pavimento. Sólo sobrevivió un acompañante. Los demás murieron.

C.O.T.- ¿Se trataba de una tarea peligrosa?

G.G.- Él había llegado con la misión de sanear ese puesto, pero no conozco los detalles.

C.O.T.- ¿Su escolta estaba asignado a su seguridad antes o después de que se supiera que usted estaba siendo buscado por un sicario?

G.G.- Antes. Hace varios años me acompaña.

C.O.T.- ¿Él es oriundo de La Guajira y continúa estando a su lado, o se retiró? Pregunto porque, supuestamente, las amenazas contra usted y los investigadores de Arco Iris vienen de ese departamento.

G.G.- Mi escolta es del Tolima y confío en él. Pertenece a una familia que ha sufrido terriblemente: antes de que mataran a su hermano en Paraguachón, las Farc mataron a otro de sus hermanos, que era policía activo, en una emboscada en los Llanos.

C.O.T.- ¿Cuánto tiempo después de que se supiera que se estaba preparando un atentado en su contra salió del país y por qué tuvo necesidad de hacerlo?

G.G.- Me fui cuatro días después, considerando que la situación era y es extremadamente grave. El doctor Andrés Villamizar, director de la Unidad Nacional de Protección, estuvo de acuerdo.

C.O.T.- ¿No se supone que el Estado le asignaría un esquema de protección suficiente para que ejerciera su profesión en Colombia con todas las garantías?

G.G.- Sí, pero —como se dice— “es mejor la seguridad que la policía”. Preferí viajar al exterior porque la situación es muy complicada, tanto para Ariel Ávila y León Valencia como para mí.

C.O.T.- No es la primera vez que usted se ha visto obligado a viajar al exterior para proteger su vida. ¿En cuántas ocasiones ha tenido que irse y por cuáles motivos?

G.G.- He salido tres veces. La primera de ellas se debió a una advertencia que me hizo un funcionario de la Embajada de Estados Unidos, cuando yo investigaba el caso del helicóptero de Álvaro Uribe Vélez (por entonces candidato presidencial) que apareció en Tranquilandia, el laboratorio de cocaína más grande del mundo. En la segunda ocasión salí debido a amenazas que recibí a partir de una serie de ataques que, siendo ya presidente, Uribe lanzó contra mí a través de las principales cadenas de radio. Acostumbraba llamar a ellas, pedía que le abrieran los micrófonos y profería toda suerte de agresiones y calumnias sin medir las consecuencias. La tercera se debió a amenazas telefónicas.

C.O.T.- Todos los colombianos conocemos el temperamento sanguíneo del expresidente Uribe, pero ¿cree que él sería capaz de activar una agresión física grave contra usted u otra persona que él considere su enemiga?

G.G.- Claro que sí. Además quisiera decir que el temperamento que usted define como sanguíneo a mí me parece sanguinario.

C.O.T.- Algunos amigos del exmandatario opinan, por el contrario, que ciertos periodistas lo persiguen, por ejemplo, con la historia de Tranquilandia. ¿Usted se considera enemigo y persecutor de Uribe?

G.G.- No, claro que no. Entonces todos los presidentes de Colombia, desde cuando ejerzo la profesión, hace más de 37 años, podrían decir lo mismo, porque siempre me dedico a investigar y a escribir sobre los temas más difíciles y complicados de sus administraciones.

C.O.T.- ¿Es cierto que usted estaba tras la historia, al parecer escabrosa, del gobernador de La Guajira y que habría alguna conexión entre esa investigación y la existencia de un plan para atentar contra usted?

G.G.- Sí, es verdad. El plan, simplemente, fue descubierto. Por mi parte, yo continúo adelantando la investigación sobre lo que sucede en La Guajira y la presentaré en forma de documental.

C.O.T.- El gobernador Juan Francisco Gómez habló con algunos medios después de que se divulgara esa noticia y negó rotundamente cualquier relación con el plan de asesinato. ¿Tiene usted algún indicio que le permita sostener que ese funcionario sí está involucrado?

G.G.- No creo que el gobernador hubiera salido voluntariamente a aceptar que está detrás de un caso de este tipo. Ariel Ávila y León Valencia supieron por su cuenta que el plan estaba en marcha y yo averigüé lo mismo por mi lado. Después, quien hizo la revelación pública por su propia iniciativa fue el doctor Andrés Villamizar (director de la Unidad de Protección). Conozco más detalles del tema, pero no puedo contarlos para proteger las investigaciones judiciales.

C.O.T.- ¿Para cuál o cuáles medios estaba usted investigando esa historia?

G.G.- Estoy haciendo la investigación para un documental en el que tengo tres socios a quienes prefiero no identificar. De todas maneras, ellos no tienen que ver con la investigación misma ni con el contenido, aspectos que son de mi entera responsabilidad.

C.O.T.- Además de la del gobernador, usted estaba realizando investigaciones sobre otros asuntos delictivos. ¿Puede revelar a qué se referían y en cuáles personajes se centran?

G.G.- Mi principal ocupación ahora, además de esconderme, es el tema de La Guajira y, en términos generales, se concentra en una región más amplia que incluye cuatro países (Colombia, Venezuela, Haití y República Dominicana), que yo llamo “Narcolandia”, un esquema consolidado y creciente que dejó Uribe para atornillar el crimen en el poder formal.

C.O.T.- ¿No es demasiado atrevida esa afirmación? Quiero decir, ¿no se arriesga mucho, no en el sentido de su supervivencia sino en el judicial, campo en el que hay que demostrar con pruebas las afirmaciones que uno hace?

G.G.- Las pruebas están en lo que yo expongo y he venido exponiendo durante mucho tiempo. Por ejemplo, sobre la parapolítica, fenómeno del cual todavía no se ha escrito ni investigado lo suficiente aún. Me encantaría que se impulsara un proceso judicial a fondo, para poder aclarar con detalles las relaciones que el mundo político tuvo con el paramilitarismo.

C.O.T.- Hace pocos días unos sicarios intentaron asesinar al periodista de Semana, el también investigador Ricardo Calderón. Aparentemente, ese atentado tiene relación con trabajos que él estaba realizando sobre corrupción en sectores militares. ¿Ha vivido alguna situación similar?

G.G.- He presenciado combates y tiroteos, y he oído zumbar las balas muy cerca, pero no me han disparado todavía, como a Ricardo Calderón.

C.O.T.- Según las más recientes encuestas sobre libertad de prensa y censura hechas a periodistas de Colombia, la mayoría de ellos reporta, mucho más que de los grupos delictivos, intimidaciones, presiones y amenazas de agentes del Estado policiales, militares o funcionarios sin uniforme. ¿Qué reflexión le suscita esta realidad?

G.G.- Que en ese sentido, la situación también empeora. Basta ver lo que fue el DAS en el gobierno anterior: los detectives tenían libretos para amenazar, como en el caso de Claudia Julieta Duque y su pequeña hija. Participaban en actos criminales, como el asesinato de Jaime Garzón. Nos asaltaban las casas para robarnos la información y depuraron las técnicas del terrorismo de Estado, como en el atentado a Germán Vargas Lleras en la carrera 9ª con calle 70, en Bogotá. Todos los que aprendieron a hacer la guerra sucia, salvo tres o cuatro que están presos, siguen ahí, a la orden del día.

C.O.T.- En todos los años de su carrera, ¿cuál es la peor época que le ha tocado vivir en materia de intimidaciones y presiones por el ejercicio del periodismo?

G.G.- Sin la menor duda, durante los gobiernos de Turbay Ayala y Álvaro Uribe.

C.O.T.- Desde su óptica, ¿hay más corrupción ahora que antes o, por el contrario, el país va mejorando en este aspecto?

G.G.- Sin la menor duda, la corrupción de ahora es la más grande de todos los tiempos en Colombia. Creo que si esas actividades se detuvieran solamente durante un mes, la economía nacional colapsaría estruendosamente. Antes, el país era más sano. Nunca olvidaré que el presidente Alberto Lleras Camargo compró a crédito su bicicleta de campesino en el almacén de la Caja Agraria en Chía. No tenía para comprarla al contado y les pidió el favor a dos señoras amigas que pasaban por ahí, que le sirvieran de fiadoras hasta que él terminara de cancelar las cuotas mensuales.

C.O.T.- ¿Cree que la situación de las libertades de expresión, información y opinión ha mejorado en las garantías para ejercerlas?

G.G.- Ha empeorado, porque en este país el periodismo se ha vuelto funcional. Los propios periodistas y medios incurren en la tristeza dócil y cotidiana de autocensurarse. Hay temas prohibidos y proscritos con una campana neumática encima, sobre los cuales los jefes de redacción y los mismos reporteros tienen una respuesta aprendida: “A eso no le vamos a hacer el juego”.

C.O.T.- ¿Por qué persiste en el ejercicio de la profesión en vez de dedicarse a labores menos peligrosas?

G.G.- Sigo en esto y seguiré hasta el fin de mis días, porque siento un amor inmenso por el oficio de periodista, que es el oficio de reportar.

Guillén, el periodista inconforme

Gonzalo Guillén es un veterano reportero fogueado en todos los frentes de la información, desde la tranquila revisión de documentos en un salón solitario hasta el escabroso cubrimiento de las masacres más crueles de la guerra colombiana. Ha trabajado en El Tiempo, la agencia de noticias Colprensa, el noticiero TV Hoy, el diario La Prensa y El País, de Cali. Y en el exterior escribió para El Nuevo Herald, de Miami, y El Universo, de Ecuador, en donde fue editor general. Guillén, un comunicador de bajo perfil que nunca se ha dejado tentar por las dádivas de los círculos sociales o del poder a pesar de haber estado cerca de ambos, ha sido, en cambio, colega y amigo de otros periodistas nacionales de gran valía como Carlos Villar Borda, Germán Castro Caycedo, Gonzalo Castellanos y Gerardo Reyes. Uno de sus trabajos más polémicos, y de los más famosos, es su documental sobre la ‘Operación Jaque’ (liberación de Íngrid Betancourt, 3 estadounidenses y 11 miembros del Ejército y la Policía) porque defendió la tesis de que, en lugar de un gran éxito militar, como fue presentado al mundo por el gobierno pasado, lo que hubo fue un canje con las Farc, de prisioneros por dólares. Esa es la característica del periodismo de Guillén: incómoda, inconforme con la realidad oficial, escudriñadora y nada convencional.

En medio de motos policiales y hombres armados

El caso de Guillén, amenazado y enfrentado a personajes de la influencia de Álvaro Uribe, quien en el momento de su máximo poder se refirió a él con epítetos como “calumniador profesional”, no es excepcional. Muchos otros trabajadores de los medios de comunicación, menos conocidos y sin capacidad de defenderse o de buscar protección del Estado, viven entre el ejercicio de su profesión y el miedo a practicarlo. En la segunda Encuesta Nacional a Periodistas revelada a comienzos de mayo por el Proyecto Antonio, se encontró que el 48% de los periodistas de Colombia creen que las condiciones de seguridad en las regiones donde residen, impiden el libre desarrollo de las labores de la prensa. El 29% reconoce restricciones a la movilidad; el 26% ha sido sujeto de ataques electrónicos; el 23% tiene motivos para pensar que ha sido vigilado de forma ilegal por autoridades estatales; el 21% ha sido agredido por la Fuerza Pública y el 14% fue intimidado o atacado por grupos al margen de la ley. Hace poco, el propio Presidente de la República reveló que 90 periodistas tienen esquemas de seguridad y se tienen que desenvolver en medio de motos de la Policía, sirenas, vehículos blindados y hombres armados. Ciertamente, este panorama no es normal.

 

 

Temas relacionados