De cuidadores de hogares infantiles a formadores en primera infancia

Madres comunitarias y docentes de las poblaciones más pobres del país se están formando en la atención integral de la primera infancia, gracias a la unión entre Bancolombia y Fundación Carvajal.

Nancy Bolaños, madre comunitaria en Villa Rica, Cauca
El desarrollo que tenga un ser humano en sus primeros años será determinante para su bienestar, salud y capacidad de aprendizaje durante el resto de la vida. Es en este tiempo cuando se establecen las principales conexiones neuronales y comienzan a adquirirse habilidades para pensar, hablar e interactuar con otros. Tanto los factores biológicos como el entorno serán fundamentales para el desarrollo cerebral y del comportamiento. De la calidad y pertinencia de la educación inicial dependerá el bienestar que se goce en la adultez.
 
Por eso economistas como Jeffrey Sachs no se cansan de repetir que la inversión más rentable que puede hacer un gobierno es en sus niños. Pero en países como el nuestro, en donde persiste la inequidad y no todos los menores de edad tienen acceso a las mismas oportunidades, la estimulación temprana y la educación preescolar se convierten en un lujo. Y en los rincones más apartados, en los que se crece con hambre, ese peso de la formación inicial generalmente recae sobre las madres comunitarias.
 
Mujeres valientes y humildes que se le han medido a la tarea de cuidar a otros niños como si fueran suyos, mientras sus padres se rebuscan el sustento de cada día. Sin embargo, en la mayoría de casos su labor es bastante intuitiva. Por ello, desde 2008, con el aval del Insituto Colombiano de Bienestar Familiar y el apoyo de socios estratégicos como la Fundación Bancolombia, se creó el programa Saberes.
 
Se trata de una iniciativa que busca capacitar a las madres comunitarias y a los docentes en transición para que pasen de ser cuidadores a educadores, teniendo en cuenta lo que necesita un niño para su desarrollo.  Carmen Soto, asesora pedagógica de la Fundación Carvajal, el operador del proyecto, explica que se trata de un programa fundamental para la primera infancia, “que gracias al apoyo de Bancolombia está llegando a las poblaciones más vulnerables”.
 
En Buenaventura, por ejemplo, ya se han beneficiado unas 500 madres comunitarias, en Puerto Tejada y Padilla se han graduado 45, en Santander de Quilichao y Villa Rica están en proceso de formación más de 150. En total han participado unas 1.773 madres y todas estas cifras se calcula impactarán a 18.712 pequeños.
 
Hace 11 años Nancy Bolaños es madre comunitaria en Villa Rica, Cauca. Todos los días, cuenta, la reciben con regalos: besos, abrazos, caricias y cumplidos que la hacen sentirse responsable de unos niños a los que trata y quiere como si fueran sus hijos. Por eso describe su vinculación con Saberes como un privilegio que le permitirá ser partícipe de su formación con todo lo que esto atañe.
 
El objetivo principal del programa, puntualiza Liced Castillo, quien ha acompañado esta iniciativa desde sus inicios, es la cualificación y el acompañamiento de agentes educativos de la primera infancia a través de estrategias de vinculación de la familia y dotación de espacios que fomenten el aprendizaje. Un proceso que dura alrededor de 18 meses y que se encuentra cimentado en seis grandes pilares.
 
El primero es el desarrollo personal y creativo. La idea es que madres comunitarias y docentes en transición descubran a través de la narrativa visual, oral y escrita; medios y estrategias para potencializar su crecimiento personal y colectivo.
 
El segundo tiene que ver con un concepto de infancia construido a partir de una concepción de los niños como sujetos de derechos, portadores de conocimiento, sentimientos y un entorno sociocultural. El tercer pilar es la identidad cultural y familiar, es decir, tener en cuenta todos los factores sobre los cuales se construye la identidad de un ser humano. Luego viene el diálogo, que garantiza que el aprendizaje de las madres y docentes no deje de lado sus conceptos y experiencias.
 
Finalmente el desarrollo y la promoción de múltiples lenguajes (lectura, escritura y narración oral) y el respeto por los derechos fundamentales de esos menores de edad por medio de redes educativas y culturales que garanticen la protección, seguridad y su crecimiento armónico. Saberes, concluye Carmen Soto,“comprende todo lo que requerimos para hacer realidad que los niños reciban una atención integral como la que sueña el país”.