El hombre que ha llevado a más de 2.000 colombianos a los mundiales

Una historia de superación, de caídas y rebusque, en la que la voluntad y su don de gentes ha sido el principal combustible de Belisario Marín, quien ya le ha dado la vuelta al mundo en siete ocasiones. Su historia.

Belisario apoyando a Colombia en Rusia 2018. Cortesía

-Buenos días, padre Vanegas, yo estoy aquí porque vengo a confesarme.

-Mijo, el domingo en la misa.

-Pero es que tengo esto. Y lo saqué a base de mentiras, padre - Belisario Marín apuntó su mirada a la carpeta que tenía estrechada entre su antebrazo y su cintura.

-Hijo, ¿hace cuánto no te confiesas?

-Tiempo padre, tiempo…

Y Belisario empezó a darle rienda suelta a su historia, a sus vaivenes, a sus cruces. Oriundo en Caicedonia, al oriente del Valle del Cauca. Desde pequeño vio en el trabajo el camino para dignificar la existencia debido a la prematura muerte de su padre y la innata obligación de sacar adelante a sus 11 hermanos. (Vea nuestro especial de Rusia 2018)

Trabajaba en su departamento siendo promotor de desarrollo social y recorrió en una oxidada camioneta Land Rover los municipios del país explicando los beneficios del Incora y de la Caja Agraria. Con su peculiar don de gentes durmió y compartió cinco años con campesinos. Hasta que culminó el gobierno de Carlos Lleras Restrepo. Misael Pastrana subió al poder en su reemplazo y acabó el programa. Consigo arrastró a Belisario: ya no tenía trabajo.

Llegó la desesperación, la nevera vacía. También apareció el croquis para irse por el hueco de México a Estados Unidos. ¿Su trabajo? Lavar baños. “Yo con esta presencia mía, tan bonito e inteligente, no le voy a lavar el baño a esos gringos”, le apuntó Belisario a uno de sus conocidos. “Pero, ¿qué piensa hacer entonces? Usted no tiene amigos, no puede ser taxista, apenas es bachiller”, le respondió.

Empeñó su reloj. Y luego de varias noches en vela pensando el camino adecuado para salir adelante decidió hacer su propia fórmula de atomizadores para matar zancudos. El amigo que lo iba a ayudar lo dejó plantado en el aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón de Palmira. “Ahora sí que me llevó el…”. Mientras caminaba, cabizbajo, hace exactamente 40 años, elevó su mirada a una tiendita de varios colores. Le echó un ojo a una revista de turismo.(Kylian Mbappé, el adolescente que brilló en Rusia 2018)

Hay hoteles, aviones y prestan plata. Y yo con esta lengua, estas ganas, esta presencia.  Que movía a quinientos campesinos a pelear por sus tierras, cómo no voy a llevar gente a San Andrés. Quiero ser el líder del turismo colombiano. ¡Juemadre, se me apareció la virgen con niño y todo!”, pensó en medio de un cóctel de emociones. Una epifanía: esos momentos azarosos que alumbran y tuercen nuestra existencia para siempre.

No sabía dónde, tampoco el cuándo. Menos el cómo. Pero tenía lo más importante de todo: la voluntad. Pidió plata prestada y cogió un bus a Bogotá para la Corporación Nacional de Turismo. Allí apareció un hombre alto con traje. “¿En qué puedo ayudarlo?”. Belisario con su calidez característica dijo: “Vea es que yo canto, cuento cuentos y como hay aviones y hoteles puedo llevar gente a viajar”.

Con mirada por encima del hombro, le preguntó cuánto dinero tenía. Al enterarse, aquel tipo serio de corbata le respondió de forma despectiva. “Bacán, yo le aconsejo que mejor se monte una tiendita en Cali”. Sintió rabia, pero se marchó con la frente en alto.

Llamó un amigo del Ministerio de Agricultura y se enteró de los papeles que tenía que utilizar para montar una agencia de viajes. Necesitaba demostrar que tenía dinero. El camino rocoso de los que quieren emprender en un país sin muchas oportunidades. Compró el formulario y lo llenó con algunas incongruencias y así obtuvo el certificado.

-Y aquí estoy padre.

-Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. Belisario, yo trabajo en Aerocondor. Sea promotor de mi oficina, yo lo mando a San Andrés, busque hoteles baratos, arme el itinerario y haga lo suyo.

La consigna: llevar 50 personas en un plazo de dos meses. Imprimió 5.000 volantes y todos los días sin falta se subía a los buses de Cali a promocionar su viaje. Logró su objetivo y esos 50 viajeros llevaron después otros 50 y así sucesivamente. Hoy por hoy le ha dado la vuelta al mundo siete veces con su propia agencia: Promotora Belisario Marín. Y este fue su octavo Mundial, citas orbitales a las que ha llevado a 2.300 colombianos. Te puede interesar: Luka Modric, de refugiado de guerra a Balón de Oro de Rusia 2018

El de Italia 1990, el primero. Colombia volvía a una Copa del Mundo tras 36 años de ausencia. En el sorteo, en diciembre de 1989, las balotas trazaron el camino del combinado dirigido por Francisco Maturana: iban a jugar en Bolonia y en Milán. En su cabeza hizo de cuenta que Bolonia era Cali y Milán, Manizales.  En la mitad de ambas ciudades quedaba el Eje Cafetero. Por esa zona, en una ciudad llamada Rímini se llevó a 350 colombianos.

Y la época del triunfalismo salpicó a todo el país. Para la Copa del Mundo de Estados Unidos 1994, luego de la goleada 5-0 de Colombia a Argentina, las casas de apuestas apuntaban al combinado tricolor como máximo favorito. Belisario llevó 450 colombianos en una excursión que se llamaba “Hawai 5-0” pronosticando que el país iba a terminar primero en la fase de grupos y después de esa fase el grupo iría a los partidos definitivos.

Sin embargo, Colombia no fue primero, tampoco segundo. Fue la gran decepción del torneo. “Lloraba por un ojo por la patria y por el otro por las pérdidas y todas las boletas con las que me quedé. Diego Maradona fue expulsado por drogarse. Y luego, cuando llegamos, habían matado a Andrés Escobar. ¡Jueputa! Toda Colombia quedó derrotada”.

Nadie quedó con ganas de saber de fútbol luego de esa catástrofe, el país estaba podrido con las secuelas que había dejado lo que debió ser una fiesta. “Pero tranquilo Thomas. Porque el fútbol es como las mujeres: lo botan a uno, pero uno siempre sigue pegado, enamorado”. Cuatro años después, en Francia 1998, al mando de Hernán Darío Gómez, el país volvió a ilusionarse. Eso sí, a menor escala. Belisario llevó 820 personas repartidas en 17 buses por todo Europa. “No dormimos en las ciudades sedes porque sale más caro y esto era para pobres”, dice entre risas de la Copa del Mundo en la que Colombia se volvió a despedir de primera ronda.

Para Corea-Japón 2002, torneo en el que Colombia inició una sequía de 16 años de ausencia en los mundiales, llevó apenas 120 personas. “Estaba Bolillo dirigiendo a Ecuador. Fuimos a hacerle barra, pero por dentro con rabia decíamos: ‘Carajo, Maturana, por qué no trajiste a Colombia’”.

En Alemania 2006 llevó 120 personas y a Sudáfrica 2010, 100. La ausencia del equipo tricolor pasó a ser una costumbre. Y Colombia desapareció del mapa futbolístico. Cansado de los fracasos, no tenía planes de ir a Brasil 2014. Pero su sobrino, sin decirle, había reservado 120 cupos. Y así siguió su excursión y atestiguó la mejor participación de la selección en una Copa del Mundo: finalizó en el quinto lugar.

Y para variar, no faltó en Rusia 2018. Trajo 220 personas. Ahora sus hijos y sobrinos son su principal soporte. Llevó al grupo a los primeros partidos de Colombia. Luego fue a Helsinki (Finlandia), después cogió un Ferry a Talin, capitán de Estonia. Y remataron en un barco en Estocolmo (Suecia). “Y esa es mi historia”, dice emocionado Belisario Marín mientras nos tomamos unas cervezas en el hotel Korston de Kazán, horas antes de que Colombia goleara 3-0 a Polonia.

Thomas Blanco- @thomblalin