La herencia de “El marqués de Avellaneda”

Paternoster, el primer técnico de la selección de Colombia

La historia del defensa Fernando Paternoster, capitán de la selección de Argentina en el Mundial de 1930 en Uruguay, que luego se hizo técnico en Colombia y Ecuador. El estratega de la primera estrella de Atlético Nacional, en 1954.  

Paternoster, cuarto de izquierda a derecha en la fila superior, fue el primer técnico de Colombia. Aquí con el Nacional que sacó campeón, en 1954.Archivo El Espectador

Entre los once argentinos que saltaron a la cancha para jugar la final del Mundial de 1930 con el local Uruguay, lo hizo un defensa zurdo nacido en Pehuajó, provincia de Buenos Aires, para afrontar su tercera final internacional en tres años contra el mismo equipo. Fernando Paternoster, apodado “El Marqués”, estelar en la zaga del Racing junto a José Della Torre, también su compañero en la defensa ese miércoles 30 de julio en el Centenario de Montevideo. El fútbol rioplatense dirimía la supremacía de este deporte y, a sus 27 años, Paternoster pisaba la historia.

Dos años antes, ante 40.000 espectadores en el estadio de Amsterdam (Holanda), el combinado uruguayo repetía su hazaña olímpica de 1924 y, en dos duelos cerrados contra los argentinos (1-1 y 2-1), ganó la medalla de oro. A pesar de la derrota, centenares de aficionados en Buenos Aires se volcaron al desembarcadero de la Dársena Norte para recibir a sus héroes. Y entre los más vitoreados, junto a Juan Evaristo, Guillermo Stábile o Luis Monti, el nombre de Fernando Paternoster rindió homenaje a un aplicado defensor que pronto tuvo su revancha.

En noviembre de 1929 en Boedo, en el estadio de San Lorenzo de Almagro, con dos preliminares para entretener a miles de aficionados que desde las primeras horas se instalaron en las tribunas, su desquite llegó cuando Argentina se alzó con la Copa América en final contra Uruguay. 2 a 0 terminó el juego definitivo. Invicto y sin goles en contra, el seleccionado argentino demostró que tenía cómo encarar el campeonato mundial que gestionó el dirigente francés Jules Rimet para el año 1930. Paternoster era una de sus cartas de confianza luciendo la banda de capitán.

Ya en pleno mundial, no pudo intervenir en el primer juego contra Francia, donde Argentina logró la victoria 1 a 0 con gol de Luis Monti de tiro libre. Pero ese día, inconforme con su selección, la crítica deportiva demolió a los que si jugaron y hasta la policía uruguaya tuvo que intervenir para contener a los aficionados. En el segundo partido retornó a la titular y Argentina goleó 6 a 3, pero El Marqués pasó a la historia por errar el primer penalti de los mundiales ante México. Aun así, no salió del primer equipo hasta la final, siempre elogiado por su alta capacidad técnica.

La final rioplatense fue tan intensa como se esperaba, con un ingrediente de fondo: el alto movimiento migratorio en la frontera para acudir al Centenario. El local se fue en punta a los 12 minutos con gol de Pablo Dorado, pero Argentina empató a los 20 a través de Carlos Peucelle y, antes de terminar la primera etapa, Stábile hizo el segundo. En la segunda etapa, Uruguay le dio vuelta al juego. A los 12 minutos, Pedro Cea igualó el marcador y el combinado charrúa siguió de largo con goles de Victoriano Iriarte y Héctor Castro. La celeste se llevó el título.

Cuando los argentinos retornaron a casa, salieron a relucir supuestas presiones extrafutbolísticas. “Al volver para el segundo tiempo había en la cancha 300 milicos con bayoneta calada. No nos iban a defender”, comentó Luis Monti, presionado por la afición que lo señalaba de cobarde. “La bronca era conmigo y, ¿qué querían? ¿que fuera el héroe del futbol?”, insistió. No obstante, a los pocos meses, junto a Raimundo Orsi o Enrique Guaita, Monti no tuvo reparo en nacionalizarse italiano y luego jugar con la selección azurra que armó Benito Mussolini para ganar el mundial de 1934.

En cuanto a Paternoster, después del mundial en Uruguay regresó a Racing, donde jugó hasta 1932, en una época en que los campeones eran Boca, River o San Lorenzo, donde brillaban Roberto Cherro, Francisco Varallo o Carlos Peucelle, de su misma generación, mientras otros como Stabile o él mismo ya tomaban el camino de la dirección técnica. Se retiró del fútbol en 1936 tras un paso efímero por Argentinos Juniors y, cuando su nombre parecía destinado a la galería del ayer, súbitamente siguió como protagonista del fútbol en otra esquina de América.

En 1938, Bogotá cumplía 400 años de fundada y desde meses antes, su exalcalde Jorge Eliécer Gaitán, en medio de su proyección política, se había mostrado dispuesto a no ahorrar esfuerzos para celebrarlo. Por eso, a tono con la visión de López Pumarejo y su República Liberal, puso en marcha la idea de construir un estadio para la ciudad. De esta manera nació el Nemesio Camacho. Y como se necesitaba un torneo para inaugurarlo, la dirigencia deportiva se estrenó en el ámbito internacional con la organización de los Primeros Juegos Bolivarianos.

También se requería un técnico que orientara la primera selección Colombia de mayores, en un país en el que el fútbol todavía no tenía campeonato profesional. El elegido terminó siendo el mundialista argentino Fernando Paternoster, que armó un equipo de futbolistas aficionados, la mayoría de la región Caribe, porque en aquellos días los dirigentes del balompié nacional tenían su sede en Barranquilla. José Escorcia, Rafael “Sapo” Mejía, Ricardo “Bollo e yuca” Granados o Romelio Martínez, entre otros, integraron esa escuadra pionera que regentó Paternoster.

A marchas forzadas, tratando de que sus dirigidos lograran un estado atlético óptimo, que entendieran la lógica de ubicarse o moverse en la cancha, o que a las volandas  agregaran algo de técnica a sus habilidades, Paternoster dirigió desde el banco cuatro juegos, de los cuales solo ganó uno, a Venezuela por 2 a 0. Perdió con Perú por 4 a 2, con Bolivia por 2 a 1 y con Ecuador 2 a 1. Su balance no fue bueno, apenas dos puntos, seis goles a favor y ocho en contra. Pero los aficionados admitieron que el técnico debía quedarse en Colombia para seguir enseñando.

La evidencia fue la acogida de la afición bogotana. Un año antes, un grupo de estudiantes de bachillerato de los colegios San Bartolomé y del Instituto de la Salle habían formado el equipo Unión Juventud o Unión Bogotá, con tal éxito que algunos de sus integrantes participaron en el combinado nacional que jugó los Juegos Bolivarianos de 1938. Cuando el equipo estaba destinado a desaparecer, por iniciativa de Ignacio Izquierdo, Álvaro Rozo, Antonio José Vargas o Manuel Briceño, entre otros, el onceno se transformó ese mismo año en Deportivo Municipal.

Su primer técnico fue justamente Paternoster, quien vinculó al plantel a Tomás Emilio Mier y Ricardo “Bollo e yuca” Granados, de la selección nacional, y facilitó la vinculación de cinco argentinos, entre ellos Alfredo Cuezzo, procedente de Huracán, técnico campeón en el Deportes Caldas en 1950. Al equipo bogotano le fue bien en el mundo aficionado, pero en materia económica salieron a relucir los apremios, y, por un comentario del director de las páginas deportivas de El Tiempo, Luis Camacho Montoya, Deportivo Municipal terminó cambiando de nombre.

El referido periodista escribió que los dueños del Deportivo Municipal pretendían sostener un equipo de costosas contrataciones extranjeras, como si fueran millonarios. Y fue así como a partir de agosto de 1939, con camiseta azul y pantaloneta blanca como divisa elegida, el equipo pasó a llamarse Club Municipal Millonarios, y después Millonarios a secas, como hoy se le conoce al quince veces campeón de Colombia. En esas vueltas, aunque ya no estaba al frente, algo quedó de la escuela Paternoster, que continuó haciendo memoria en el balompié cafetero.

Cuando surgió el campeonato profesional en Colombia en 1948, en medio de la enconada disputa entre los dirigentes de Barranquilla y la División Mayor del Fútbol Colombiano creada por Alfonso Senior y Humberto Salcedo Fernández entre otros, el nombre de Fernando Paternoster volvió a aparecer en los registros. Primero se puso al frente del América de Cali, que afrontaba el cisma de quienes se negaban a aceptar su incursión en el profesionalismo. Entre ellos, el odontólogo Benjamín Urrea, que lanzó la famosa maldición de “El Garabato”.

La leyenda señala que este ambiguo hincha signó al cuadro escarlata que jamás ganaría un título. Y tuvieron que pasar 31 años para que lo hiciera en 1979. Aunque Paternoster cambió de rumbo y pronto apareció dando cátedra a los equipos aficionados Victoria, Huracán o Indulana en Medellín, dejó las bases de un plantel que cumplió un papel decoroso en el primer campeonato de 1948. América fue quinto, con 18 puntos, nueve menos que el campeón Independiente Santa Fe. Apenas recibió 31 goles en contra, dos más que el sólido Santa Fe, con la mejor defensa.

Al final, Paternoster se hizo cargo del Atlético Municipal que, a partir de 1950, pasó a llamarse Atlético Nacional. En su primera temporada estuvo hasta 1951, pero después de una derrota 7 a 0 frente a Millonarios en mayo de ese año, entregó el cargo a Ricardo “Tanque” Ruiz. En enero de 1954, retornó al conjunto paisa que ya jugaba en el estadio Atanasio Girardot, inaugurado un año antes. Desde el comienzo de ese torneo quedó claro que, tras el ocaso de El Dorado, los equipos de Antioquia, Nacional y Medellín, tomaban la hegemonía futbolera.

Junto al Atlético Quindío, segundo en la tabla de posiciones, los oncenos paisas fueron los protagonistas. Pero el equipo de Paternoster, con un invicto de 16 fechas que concluyó en octubre tras ser derrotado por Boca Juniors de Cali, se alzó con la victoria definitiva. De hecho, cuando perdió 4 a 3 con Boca, ya era campeón adelantado del torneo. Sus grandes figuras fueron argentinos -Nicolás Gianastasio, Carlos Alberto Gambina, Atilio Miotti y Miguel Ángel Zazzini-, lo mismo que el uruguayo Ulises Terra, pero ese Nacional de 1954 también dejó figuras para el fútbol nacional.

Como Ignacio “El Loco” Calle, baluarte de la defensa en la selección de Colombia de finales de los años 50 y principios de los 60. Hernan “Burro” Escobar Echeverri, otro aguerrido defensor que también pasó por América y Medellín; Alfredo Mosquera, delantero peruano que descolló con acierto por Millonarios y Tolima; y, sobre todo, al que fue reconocido como el mejor jugador colombiano de su tiempo: Humberto “Turrón” Álvarez, delantero que después hizo parte del Cali y Medellín, pero que, para la afición verdolaga, sigue siendo el ídolo de su primera estrella de 1954.

En junio de 1957, Ricardo “Tanque” Ruiz volvió a sustituir a Paternoster y, cuando todo parecía concluido para el estratega argentino, en 1960 reapareció en el banco del cuadro ecuatoriano Aucas de Quito. Dos años después pasó al popular equipo Emelec de Guayaquil, donde volvió a hacer historia. Los hinchas del club eléctrico siempre evocan los títulos de la Asociación de Fútbol del Guayas en 1962, 1964 y 1966 y el torneo nacional de 1965. El campeón de los “cinco reyes magos”, con Vicente Balseca, Jorge Bolaños, Carlos Raffo, Enrique Raymondi y Roberto Ortega.

En mayo de 1967, en la Copa Libertadores de ese año, dirigió por última vez al Emelec y regresó después a Buenos Aires, donde falleció un mes más tarde, el 6 de junio de 1967, a sus 64 años. En la memoria del fútbol quedó para siempre la leyenda de “El marqués de Avellaneda”, el mundialista argentino de 1930 que, luego de brillar en Atlanta o Racing o de heredar su impronta de capitán en la selección gaucha, dejó imborrables recuerdos en Colombia y Ecuador. En particular, en Bogotá, Medellín o Cali, fue adiestrador pionero de los maravillosos lances del fútbol. 

 

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JORGE CARDONA ALZATE

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