En clave rusa

Rusia 2018: El petróleo jugó en el primer partido del Mundial

El negocio y la geopolítica que se esconden detrás del partido entre el anfitrión, Rusia, y la selección de Arabia Saudí.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, utilizó el poder del petróleo para asegurarse la sede del Mundial 218 y ahora utilizará el evento deportivo como arma geopolítica. / AFP

Elocuente que el partido inaugural del Mundial 2018 sea Rusia versus Arabia Saudí, porque representa la supremacía del combustible que hizo posible este evento -a un costo récord de US$14 mil millones- y de los petrodólares que harán realidad el de Catar en 2022.

Mientras el balón empieza a rodar en el estadio Luzhnikí de Moscú, no olvidemos que la Federación Rusa cerró 2017 como primer productor mundial de crudo, con un promedio de 10.582 millones de barriles diarios, según datos del Servicio Federal de Estadísticas de Rusia, refrendados por la Administración de Información Energética de Estados Unidos. Arabia Saudí ocupó el segundo lugar, con una extracción de 10.033 millones de barriles/día (Colombia registra promedio de apenas 854.121 por jornada). (Lea: El viaje de graduación de nuestra selección).

En marzo pasado, al tiempo que fue reelegido como presidente por cuarta vez, Vladimir Putin celebró que su país empezó a sacar petróleo de esquisto en Siberia, en el campo más grande del mundo, y tal vez más productivo, con reservas estimadas de al menos 100 billones de toneladas. A mediados de 2017 la petrolera estatal rusa Rosneft -la misma que hoy financia a su similar de Venezuela- reportó el descubrimiento, en el Ártico Oriental, del “mayor yacimiento de crudo de toda la plataforma del Ártico”.

Una bonanza generada en la economía poscomunista por los llamados “señores del oro negro”, amigos de Putin, los multimillonarios que, entre otras cosas, levantaron en los últimos diez años un ultramoderno centro financiero en Moscú coronado por rascacielos. Y quien realmente capitaliza ese poder es Putin. Ya no con la ambición política de consolidar un poder nacional, sino para demostrar que puede hacer de Rusia una potencia mundial tan influyente como fuera la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Para ello, los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi 2014 y el Mundial de Fútbol son estrategias deportivas necesarias al costo que demanden. Estadios de US$70 millones, como el de San Petersburgo, levantados en medio de denuncias de corrupción.

Por esto, desde la óptica de Putin, un triunfo de Rusia sobre Arabia Saudí advertirá a la comunidad internacional, incluida la Organización de Países Exportadores de Petróleo, la poderosa OPEP, que el régimen ruso es capaz de dominar a la monarquía árabe en las bolsas y en la cancha. Por ahora Putin se ha mostrado como su mejor aliado, pero quienes lo conocen saben que aspira a formalizarse como el zar del petróleo global, para imponer precios a su voluntad, obtener miles y miles de millones en ganancias y, según convenga, castigar a sus rivales. Como advirtió The New York Times, Putin sabe usar el petróleo como herramienta geopolítica, expande su influencia y, de paso, desafía los intereses de Estados Unidos.

Eso es más que un simple juego de fútbol. (Lea: El libro del Mundial de Brasil).