Por: Juan David Zuloaga D.
Atalaya

Industrias y andanzas de Rafael Sánchez Ferlosio

Murió el lunes pasado quien hasta entonces era el mejor prosista vivo de la lengua española: Rafael Sánchez Ferlosio.

En 2004 se le concedió el Premio Cervantes, y con razón dijo en aquella ocasión Juan Goytisolo que era el mejor Cervantes que se había dado en España. Me gusta pensar que si en nuestros días hubiera vivido el que batalló en Lepanto hubiera escrito páginas parecidas a las que nos legó el maestro Sánchez Ferlosio. Su genio, sin embargo, no solo estuvo al servicio de la ficción, sino que fue también autor de ensayos hermosos y memorables, llenos de profundidad, erudición y alegría, como era de esperarse de la pluma de uno a quien nada de lo humano le fue ajeno. Su conocimiento de la lengua (como gramático, lingüista, erudito y lector) lo puso al servicio de su prosa, legándonos algunas de las páginas más hermosas de la literatura española.

Muy joven se dio a conocer con su primera novela: Industrias y andanzas de Alfanhuí, que publicó a sus 24 años y en la que se muestra ya todo el esplendor de esa lengua viva que fue, a lo largo de toda su existencia, la de este genio sin par. Luego vendría El Jarama, relato de corte realista que le valió el Premio Nacional de la Crítica y lo catapultó a la fama, de la cual habría de renegar el autor tiempo después. Durante luengos años se alejó de la ficción hasta la publicación, en 1986, de El testimonio de Yarfoz. Entretanto publicó ensayos y artículos que han venido organizándose en diversos volúmenes en estos últimos tiempos. Sin duda uno de los más llamativos fue el que le valió el Premio Nacional de Ensayo en 1994 y que lleva por título Vendrán más años malos y nos harán más ciegos. El prólogo es, a un tiempo, un poema, una premonición y una admonición: “Vendrán más años malos / y nos harán más ciegos / vendrán más años ciegos / y nos harán más malos. / Vendrán más años tristes / y nos harán más fríos / y nos harán más secos / y nos harán más torvos”.

Enemigo de los lugares comunes, de las vulgaridades que sin cesar se repiten en los discursos políticos, en los falsos cenáculos y en las pasarelas intelectuales; detractor de las metáforas muertas, cultor de la lengua y del estilo, lector riguroso, pensador profundo, versificador feliz… dejó a la posteridad una de las obras más perdurables de nuestro tiempo.

Cuando un autor de su talla muere, siente uno que la lengua que hablamos se queda huérfana. Esa precisión en la expresión y esa elasticidad en el uso del lenguaje ya no volverán, porque únicos son los estilos como únicas son las almas. Por eso el mejor homenaje que podemos hacerle a este sabio que se fue es leer con fruición su obra deliciosa e inmarcesible.

Ojalá me excuse el maestro, allá donde se encuentre, por escribir tan indigna semblanza de tan feliz ingenio, pero si ella sirve para invitar a adentrarse en su universo literario a alguno, en este país que apenas conoce su genio y su obra, entonces estas líneas quedarán justificadas.

[email protected], @Los_atalayas

848498

2019-04-03T14:59:22-05:00

column

2019-04-09T10:27:37-05:00

[email protected]

especial-prueba

Industrias y andanzas de Rafael Sánchez Ferlosio

49

3334

3383

1

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan David Zuloaga D.

¿Debe el Esmad volver a la universidad?

El doble vicio de la crítica de arte nacional

El primer año de la economía naranja

La voluntad política sabe salvar vidas