Elecciones 2018: Colombia elige presidente

hace 4 horas

Bangkok la horrible

Bangkok es la ciudad más fea del mundo. Es inmensa, caótica, infernal, y todavía mucho más fea de lo que yo digo.

Gabo durante su último viaje a su natal Aracataca. / Archivo - El Espectador

Muchas veces, en una pesadilla recurrente, me he visto otra vez perdido en aquel playón polvoriento de casas miserables y pagodas espléndidas, y siempre he vuelto a padecer el horror de que nunca más encontraré la manera de salir. Me he vuelto a sentir aturdido por el fragor apocalíptico de los automóviles locos que circulan como quieren por el lado izquierdo, al modo inglés, y por los petardos de las motocicletas y el alboroto de los triciclos chinos y los palanquines de tracción humana. Son tres millones de personas apelotonadas a la orilla de un delta vasto e inmóvil, con un eterno vapor de podredumbre, y con el color de ciénaga revuelta de los grandes ríos asiáticos. En uno solo de sus barrios, el Sam Peng, viven 150.000 chinos por kilómetro cuadrado. Como todo el mundo lo sabe, Bangkok es la capital de Tailandia, que antes fue el reino fabuloso de Siam. De modo que es apenas natural que su imagen estuviera vinculada a los sueños de mi infancia y a mis lecturas juveniles. Ana y el rey de Siam fue una de las películas inolvidables de mi generación. Hace unos años, esa imagen volvió a ponerse de moda con la película Emmanuelle, que era prohibida para menores, cuando en realidad debía serlo también para mayores, y no por su crudeza, sino por su poder de mistificación de la vida real. Entonces se organizaron caravanas de turistas cautivos, que soñaban con hacer el amor en barcas idílicas que navegaban por canales de flores. Lo que encontraron no eran más que los barrios lacustres de casi todas las ciudades fluviales del Tercer Mundo, con mercados flotantes de comidas típicas más o menos venenosas, y artículos de artesanía popular. El lugar más apropiado para hacer el amor, como siempre, son los hoteles americanos con aire puro y sábanas limpias.

Aparte del espectáculo histórico y turístico del palacio real, el único consuelo que uno encuentra en Bangkok son tres estatuas de Buda que bien valen un viaje, y la manía nacional de los masajes. Hay un buda de oro macizo, un buda de esmeralda integral, y un buda acostado que mide sesenta metros y pesa ochenta toneladas. Este último es casi tan grande como el santuario donde yace, que fue construido en torno suyo, y que tendría que ser demolido para poder sacarlo. Aparte de eso, los servicios del turismo inventan toda clase de distracciones para ganar tiempo, pero lo único sensato que se puede hacer es escapar cuanto antes de aquella ciudad insoportable. No es difícil, además, pues una de las rarezas incomprensibles de Bangkok es que las veintiuna compañías de aviación más importantes del mundo prestan allí un servicio continuo. Puerta del Asia la llaman en los afiches de publicidad. Podría ser tan falso como su nombre primitivo: “La ciudad de los ángeles”. Pero no lo es. Una noche, desesperado por aquel espanto de ciudad, pregunté en el aeropuerto cuándo había un avión para Nueva Delhi, y había siete jumbos de grandes compañías europeas en las próximas horas.

Los salones de masajes, tan populares en Tailandia, no son en muchos casos sino una forma disimulada de la prostitución, y por lo mismo son tan deprimentes como en cualquier otra parte del mundo. Pero hay una tradición del masaje medicinal que es una institución patriótica. Al parecer, los tailandeses lo consideran como una medicina buena para todo, como la acupuntura para los chinos, y lo practican entre sí a toda hora y en todas partes. En los mercados, mientras esperan a los clientes, los mercaderes se hacen masajes entre sí. Los novios en los parques y en los cines se dan masajes recíprocos con una inocencia real. Los anuncios de masajes están por todas partes, ocupan páginas enteras en los periódicos, y lo primero que ofrecen en los hoteles, antes que la comida o la bebida o los programas turísticos, es un masaje en la habitación. En algunos casos se puede escoger en un álbum de fotografías a la persona, hombre o mujer, que se prefiere para el masaje. Lo asombroso, por supuesto, es que en muchos casos se trata en realidad de masajes. En los hospitales de medicina tradicional que existen en casi todas las ciudades del Lejano Oriente, las enfermeras y enfermeros se meten en las camas con sus pacientes exhaustos, y tratan de reanimarlos con masajes heroicos. Yo vi a una enfermera corpulenta trabada de piernas con un enfermo que parecía moribundo, y al cual trataba de reanimar con un masaje tan dramático que no se lo daba con las manos, sino con los talones.

El consuelo final es comprar ropa. Igual que en Hong Kong, uno puede llamar a un sastre que le toma las medidas antes del almuerzo, le hace la primera prueba dos horas después, y a las cuatro de la tarde le lleva un vestido terminado e impecable de 120 dólares. En una pequeña tienda de camisas me hicieron media docena de seda legítima, sobre medidas, y en dos horas, mientras tanto, el propietario de la fábrica nos hizo una revelación: allí, detrás del mostrador, estaban confeccionando las colecciones que los grandes modistas europeos iban a lanzar en la próxima estación. No le faltaba sentido del humor: cuando me entregó las camisas, me preguntó de qué marca las quería. Y no era broma, pues allí tenían las etiquetas de los grandes nombres de la alta costura europea. Su cálculo era que un traje de noche para mujer comprado en las tiendas del Faubourg de St. Honoré, en París, costaba doscientas veces más de lo que su confección había costado en Bangkok.

Al contrario de Hon Kono, donde hay un aire de misterio internacional que hace creíbles todas las fábulas de espionaje, en Bangkok se tiene la impresión de que nada puede ocurrir que no esté en la superficie de la vida. No creo que John Le Carré pueda concebir ninguna buena historia que ocurra en Bangkok, ni La casa noble, que tantos lectores está ganando en el mundo, podría haber ocurrido allí.

Poco antes de llegar a Bangkok había estado en Hong Kong, y lo primero que me había llamado la atención en los viejos hoteles ingleses, ahora reformados y embellecidos, era que los automóviles de servicio público eran Rolls Royce resplandecientes. Tengo en el mundo muchos amigos que tienen yates y aviones privados, pero no tengo ninguno con Rolls Royce. De modo que no pude resistir la tentación de conocer la ciudad en uno de aquellos transatlánticos de tierra firme, olorosos por dentro a cuero de animal vivo, aunque fuera para contárselo alguna vez a mis lectores. Fue, en efecto, como uno se imagina que es un vehículo espacial. Pero al cabo de una hora, cuando se disponía a subir por la carretera de circunvalación para que viéramos la panorámica de la ciudad desde la colina más alta, el automóvil empezó a corcovear, se resistió a seguir, y entregó su alma al Señor con toda mansedumbre. El conductor no sabía qué hacer con su vergüenza. Yo traté de tranquilizarle con el argumento cierto de que me interesaba más el cuento de un Rolls Royce que no lograba subir una colina, que el cuento obvio de que la había subido como un bólido. Además, era mejor para mis memorias, si algún día las escribo, porque casi treinta años antes me había ocurrido lo mismo en la isla de Capri, pero no en un Rolls Royce, sino en un coche tirado por un caballo viejo y escuálido que se había muerto en la pendiente. El conductor de Hong Kong me dio entonces un dato más: su automóvil no tenía de Rolls Royce sino la carrocería. El motor y todo lo demás era trasplantado de un automóvil norteamericano. La semana siguiente, escandalizado con la fealdad de Bangkok, comprendí que allí no podía ocurrir —como no ocurrió— nada parecido al cuento del Rolls Royce. Ni el del pobre caballo de Capri.