Estadista de la modernidad

Durante cuatro años estuve en estrecho contacto con Carlos Lleras
Restrepo, desde la Secretaría Económica de la Presidencia de la
República, cargo al cual también se le adscribieron, sobre la marcha,
temas de relaciones internacionales y de seguridad nacional.  Esa
cercanía me permitió familiarizarme con los retos que tuvo que
enfrentar el gobierno en el cuatrienio 1966-1970 y con las
restricciones que le imponía el acuerdo de responsabilidad compartida
de la época.

La diferencia que existe entre la Colombia actual y la de los años 60 es de naturaleza más bien que de grado.  Casi podría afirmarse que se trata de dos países distintos. Algunos temas apremiantes de políticas públicas de entonces han perdido relevancia. Otros continúan vigentes, dentro de un contexto transformado. En vez de enumerar las reformas de diverso orden que implementó Carlos Lleras, trataré de presentar algunas facetas de la extraordinaria personalidad con la cual tuve el placer de interactuar, en una relación de trabajo cotidiano y en diálogos desprevenidos durante ratos de descanso.

A pesar de mantener un intenso ritmo de actividad, Carlos Lleras Restrepo encontraba tiempo para leer en varios idiomas.  Sus lecturas incluían una gama de temas que abarcaban desde las Memorias de Anthony Eden, ex primer ministro británico,  hasta El Príncipe de Maquiavelo o Las cartas de amor de una monja portuguesa.

Además era consciente de las deficiencias del esquema político vigente. Por ejemplo, con motivo de la visita a Bogotá del arzobispo Makarios, me comentó: “Chipre es el único lugar del mundo que tiene un sistema de gobierno tan enredado como el Frente Nacional”. Otro día le expresé mi perplejidad al descubrir que un congresista de su propio partido condicionaba la aprobación de reformas prioritarias a prebendas presupuestales para su región. “Rodrigo, el regateo parlamentario se parece a la alta cocina. Si usted se entera  de la forma como se preparan ciertos platos, acaba perdiendo el apetito”, fue su comentario.

Otro comentario propio de su personalidad lo emitió a propósito de un ex presidente que representaba al gobierno en una junta directiva: “Uno no debe nombrar personas a quienes no pueda destituir”. Hacía concesiones a las flaquezas humanas cuando recibía informes acerca de deslices sexuales de sus representantes diplomáticos, pero en cambio, era severo con respecto a infracciones relacionadas con la indelicadeza financiera.

En alguna ocasión, luego de una sesión de trabajo que sobrepasó la medianoche, durante la elaboración del Estatuto Cambiario, Lleras me  propuso que buscáramos algún sustento en la Casa Privada.   Doña Cecilia de la Fuente de Lleras le expresó su inconformidad con jornadas laborales que se prolongaban hasta la madrugada. Lleras aceptó el regaño y le explicó que el país se encontraba ante una emergencia que exigía actuar con fuerza de voluntad.  “Su problema, Carlos”, respondió doña Cecilia, “es que se está dejando dominar por la fuerza de voluntad”.

Una fuerza de voluntad que también se reflejaba en una enorme capacidad de autocontrol. Enfrentaba las situaciones de crisis con cabeza fría y una serenidad impresionante. En contraste, lo impacientaba la lentitud del aparato burocrático gubernamental y me expresaba su frustración en privado: “Ahora entiendo por qué Simón Bolívar decía que este país se tenía que gobernar a los carajazos”. Pero eso sí, se abstenía siempre de imitar al Libertador en ese aspecto.

Su estilo de gobierno fue disciplinado y cerebral. Aceptaba el debate dentro del gobierno. Con su anuencia, por ejemplo, llevé al Consejo de Política Económica y Social (Conpes)  un documento oponiéndome, sin éxito, al uso de recursos públicos para construir una planta de caprolactama. Comenzaba sus charlas televisadas con la expresión “Amigas y Amigos”.  Apelaba a la inteligencia y al buen criterio de sus compatriotas.

Sólo una vez lo vi actuar de manera impulsiva. El senador Ignacio Vives había emprendido una polémica en el Congreso contra el Presidente y contra su hijo  Carlos Lleras de la Fuente. El presidente Lleras me había comentado que, donde el senador Vives se atreviera a ofender a su hijo,  él estaba dispuesto a abofetearlo. A mi entender, esa era su manera de desahogarse.  En realidad era un acto cuya realización me parecía inconcebible.

Una noche, mientras hablaba Vives,  supe que Lleras se preparaba para salir hacia el Congreso. Alerté al responsable de la seguridad del Presidente,  coronel Gustavo Matamoros, jefe de la Casa Militar, quien coincidía conmigo en la necesidad  de impedir una escena semejante.  Interceptamos al Presidente antes de que llegara el ascensor. Trató de seguir adelante, anunciando que iba a darle a Vives el castigo que se merecía. “Presidente, le dije con suavidad, usted no puede hacer eso”. Y procedimos a obstruirle el paso.  Sin decir una palabra, Lleras dio media vuelta y regresó a su despacho.

Tres aspectos de la modernización del país se vinculan a decisiones de la administración Lleras Restrepo: la tecnificación de la política económica gubernamental; el avance en materia de salud sexual y reproductiva; y la delimitación de responsabilidades entre Iglesia y Estado.

El manejo de la crisis cambiaria de 1966 contribuyó a imprimirle un estilo propio a la política económica colombiana. El subsiguiente fortalecimiento de los cuadros técnicos del Estado ha mejorado el desempeño macroeconómico y ha reducido la vulnerabilidad del país frente a choques externos.

La incorporación de la planificación familiar a los servicios de salud pública desafió los dogmatismos convencionales: los religiosos de una parte, y los de aquellos que consideraban que la explosión demográfica favorecía la causa revolucionaria. La jerarquía eclesiástica y el conservatismo se oponían a la medida. El respaldo de los políticos liberales a la misma era tibio. Entonces Tuvo el apoyo entusiasta de Antonio Ordóñez, el ministro de Salud, y el mío propio. De manera respetuosa, sin crear un conflicto con la Iglesia, Lleras le dejó saber a la autoridad religiosa que no estaba dispuesto a supeditar la política social del Gobierno al visto bueno episcopal.

Era alérgico a la demagogia. Se definía como un burgués progresista.  Estableció relaciones diplomáticas con la Unión Soviética. Impulsó la reforma agraria, propugnó por una sociedad más igualitaria y escandalizó a sectores bienpensantes con la propuesta de establecer el servicio social obligatorio para jóvenes de ambos sexos.   Componentes significativos de la transformación económica y social que ha tenido lugar en el país, y que damos por sentados, llevan la impronta de la mente lúcida de Carlos Lleras Restrepo.

* Secretario Económico de la Presidencia en el gobierno Lleras Restrepo.

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