Lleras Restrepo: el jefe, el amigo, el maestro

Fui la secretaria de Carlos Lleras Restrepo entre 1960 y 1966. De esta
época lo recuerdo todo, o casi todo, tanto de su vida pública como de
su vida privada. Esta invitación de <b>El Espectador</b> a escribir algunos
recuerdos de quien fuera mi jefe, me permite hacer memoria del
personaje que tuve la fortuna de conocer: como líder político, como
padre, como estadista, como amigo, como maestro; un ser íntegro.<br />

No se puede olvidar que la palabra secretaria viene de “secreto”, y no sería fiel a mí misma si revelara detalles privados. Voy a contar, sin embargo, algunos hechos de los que fui testigo en aquellos años, que tal vez tengan algún interés para los lectores. Al comenzar sentí que mi cerebro se negaba a responder, era algo así ‘como exprimir una piedra’, frase que varias veces le escuché al jefe, especialmente cuando, apremiado por las llamadas de Juan Lozano y Lozano o Plinio Mendoza Neira, debía escribir los editoriales de política y algo más.

Mi trabajo de apoyo, muy intenso, lo debía repartir entre varios sitios donde él trabajaba: su oficina particular del Edificio Suramericana, en la Avenida Jiménez, la Dirección Nacional del Liberalismo y la Sociedad Económica de Amigos del País, situadas a tres y cuatro cuadras al Oriente, y su casa de la calle 70A. El doctor Lleras Restrepo siempre se transportaba en su Mercedes negro, conducido por el fiel Absalón Rangel, y acompañado de su escolta Alfonso Rojas, Rojitas. Éramos su grupo de apoyo más inmediato.

Recuerdo la maravillosa biblioteca de su casa, que fue reconstruyendo después del incendio del 6 de septiembre de 1952. Libros de economía, política, arte, poesía y literatura abundaban allí. Cuando estaba preparando sus artículos de prensa, especialmente sus crónicas de Cleofás Pérez, acudía a ella para confirmar los datos de las citas o referencias bibliográficas. Entre ellos recuerdo como una curiosidad La vida pública, del poeta Arturo Camacho Ramírez, quien fue su compañero en el Instituto de La Salle, con las atrevidas fotos que Hernán Díaz le tomó a la bella Fanny Mikey.

Creo que en las Crónicas del Bachiller Cleofás Pérez el doctor Lleras pudo darle rienda suelta a su vocación literaria; valdría la pena que los lectores volvieran sobre esas páginas tan bien escritas, con tantos y serios análisis sobre la situación del país en todos los órdenes.

Vienen a mi memoria las intensas horas de trabajo del debate electoral de 1962, que llevó a la Presidencia al doctor Guillermo León Valencia —quien siempre lo llamó ‘jefe’ y buscó su consejo—, a pesar de la oposición de gran parte del Partido Conservador. Ese debate lo dirigió prácticamente desde su lecho de enfermo, con el cuidado de sus médicos José Félix Patiño y Adolfo de Francisco. También recuerdo una de las frases de los estatutos del Liberalismo, que redactó íntegramente: “El Partido Liberal es una coalición de matices de izquierda”.

Cómo olvidar la campaña presidencial de 1966; las giras a través de todo el país con los miembros del Comité Bipartidista, encabezado por el doctor Alberto Lleras Camargo; las jornadas en la sede de la campaña, con los fieles amigos y copartidarios Germán Zea Hernández, Emilio Urrea, Carlos Restrepo Piedrahíta y Esmeralda Arboleda, quien encabezaba el comité de asuntos femeninos. Y menciono un dato curioso: el jefe escribió unas coplas para invitar a votar, especialmente a las mujeres, cuyo estribillo decía:

“Ahí va la del dedo limpio/ la que no quiso votar./ Le ofrecieron un derecho/ y no lo ha querido usar./ Ahí va la del dedo limpio/ la que no quiso votar”.

Debo mencionar también su dedicación amorosa a la familia, especialmente a sus hijos y nietos. Una muestra clara de su amor fue la devota compañía que le brindó a su hija María Inés, cuando debió permanecer varios meses en Nueva York y Boston sometida a tratamiento por una delicada enfermedad.

Recuerdo su presencia activa, eficaz y deliberante en varios foros internacionales donde representó a Colombia, como en la primera conferencia de la Unctad, en Ginebra, cuyo secretario general, Raúl Prebisch, amigo de vieja data, pidió siempre su consejo dados su conocimiento y su capacidad de liderazgo. Fue allí donde conoció al Che Guevara, ministro de Economía de Cuba. Yo estaba con ellos y nunca olvidaré la impresión de carácter combinado con dulzura de este importante personaje de la historia de América.

Siempre tendré presente la extraordinaria serenidad del doctor Lleras Restrepo ante situaciones complicadas. Pongo como ejemplo la asonada en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional el 6 de noviembre de 1964, donde nunca perdió la compostura. Había sido invitado para un diálogo con la juventud. A las 6:30 de la tarde fue recibido con gritería y rechiflas. No valieron sus llamados a la tranquilidad, y como los ánimos se fueron caldeando, el decano Abel Naranjo Villegas lo invitó a que pasara a la decanatura. Ante la situación, el rector José Félix Patiño resolvió llamar al ministro de Educación, Pedro Gómez Valderrama, quien llegó hacia las 9 de la noche con algunos soldados. Después de diálogos y amenazas, finalmente pudo salir el doctor Carlos Lleras con el Ministro y el rector.

El 7 de agosto de 1966, Jaime Aponte, nombrado secretario privado de la Presidencia, recogió en mi casa el último trabajo que hice para el doctor Lleras: la transcripción mecanográfica —a partir de su letra menuda y para algunos indescifrable— del discurso de posesión como Presidente de la República. Desde el primer día de los casi seis años que tuve el privilegio de trabajar con él, consideró que yo tenía condiciones de paleógrafa, pues siempre le entendí su letra. ¿Por qué no seguí trabajando con él en el Palacio de Gobierno? Bueno, la palabra secretaria viene de secreto. No, no es lo que se están imaginando.

*Secretaria de Carlos Lleras Restrepo.

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