Los primeros años

El 12 de abril de 1908, en una pequeña casa del tradicional barrio Las
Nieves, en el hogar constituido por el científico Federico Lleras
Acosta y su esposa Amalia Restrepo Briceño, nació Carlos Lleras
Restrepo. A los pocos meses, la familia se trasladó al barrio La
Candelaria, a una vivienda que era propiedad de don Joaquín París y
que, años después, Lleras evocó en sus memorias con su patio “con
surcos de pensamientos, violetas y claveles, separados por pequeños
senderos de rugosos guijarros”.

A los cinco años ingresó a la escuela de sus parientas, las Triana, ubicada en la carrera 2a., donde aprendió a leer y a escribir. Luego emprendió la obligada ruta del colegio, que así dejó reseñado el propio Lleras Restrepo en sus escritos: “Cuando ya sabía la cartilla de Baquero, sumar, restar y dibujar malamente el alfabeto, amén del catecismo del padre Astete, me matricularon en el Instituto de La Salle. Entré a segundo elemental y cursé nueve años hasta que me dieron el grado de bachiller”.

Entre las aulas y la familia  hizo su tránsito de la niñez a la adolescencia. Cuando concluían las faenas escolares y llegaban las vacaciones, con sus padres, sus tíos José María e Inés Restrepo y sus 13 hermanos, ataviados de colchones, frazadas, mercado y botiquín, emprendían camino hacia las haciendas El Cedro, Contador o Los Cerezos, propiedades de don Pacho Fernández, ubicadas adelante de Usaquén. Entre el galopar de los caballos o la compra de bizcochos en el hotel de Las Ospinas, pasaban los días de descanso en el campo.

Los libros fueron  su otra fuente de conocimiento. De la biblioteca de su padre, las obras del sabio ruso Ylya Mentchnikov; de la Academia Literaria, los clásicos castellanos, El jardín de Epicuro de Anatole France, el Cantar del Mío Cid o el Libro del Buen Amor de Archipestre de Hita; y, para asumir muy en serio el arte de la declamación, los versos de Diego Uribe, Julio Flórez, Espronceda, Núñez de Arce o Zorrilla. Obviamente, tampoco faltaron los suyos, escritos en su cuaderno de pastas de hule negro sobre la mesa de la máquina Singer de su tía Inés.

A sus 16 años, con premio como Primer Bachiller en Filosofía, obtuvo su grado del Instituto de La Salle y, al año siguiente, ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional, que funcionaba junto a la iglesia Santa Clara. Como debía ayudarse económicamente, primero dictó clases de literatura española en el bachillerato de la Universidad Libre y después, en las tardes, entró a trabajar al periódico El Tiempo revisando canjes, escribiendo pequeñas notas y, como él mismo lo recordó siempre, “haciendo una que otra traducción con la mirada burlona de Calibán”.

El último año de estudiante, con el beneplácito del juez Roberto Hernández Ortega y para ganar experiencia judicial, asumió como sustanciador en el Juzgado Tercero Civil del Circuito. Cuando concluyó sus estudios, y mientras sacaba adelante sus exámenes preparatorios, por la vía del periodismo ya se había involucrado en la política partidista. En 1930, cuando recibió su título de abogado tras sustentar la tesis “El juicio de quiebra”, abrió oficina en la Avenida Jiménez con carrera 8a., No obstante, para la época, ya llevaba un año animando a las juventudes liberales a sumarse a la empresa de reconquistar el poder presidencial.

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