Un tipo raro

La trayectoria política de Carlos Lleras Restrepo está llena de cosas raras. Una de las principales es que, siendo un hombre de centro —se formó en la corriente santista de la primera mitad del siglo XX, nunca tuvo buenas relaciones con Jorge Eliécer Gaitán—, fue quien planteó la hoja de ruta de las reformas fundamentales que necesitaba Colombia para salir del subdesarrollo.

La transformación de las estructuras agrarias, la formulación de una política industrial, la construcción de una burocracia digna de ese nombre, el impulso a políticas sociales vigorosas, el fortalecimiento de grandes partidos nacionales vinculados a centros de reflexión dotados de las herramientas más avanzadas de la técnica y el pensamiento. Quizás esa plantilla no sea posible, o deseable en su totalidad, hoy; pero lo fue durante la vida de Carlos Lleras. Era el programa, y quienes cumplieron la tarea a tiempo (Corea del Sur, por ejemplo), están casi sin excepción mucho mejor que nosotros.

Como fuere, a aquellas causas se entregó Lleras con pasión desaforada, imbuido por un espíritu que podría llamarse el romanticismo de la aridez. Si algún intelectual liberal —creo que Tomás Rueda Vargas— dijo que apenas llegaba a la palabra “bono” suspendía la lectura, era a partir de ese momento que Lleras realmente empezaba a entusiasmarse. Lleras odiaba ese muelle desdén por el detalle, con la consiguiente proclividad a la dejadez y la chambonería que caracteriza la labor de gobierno en el subdesarrollo.

Pero más allá de eso lo que lo impulsaba era la obsesión por la construcción del Estado. De todos los presidentes que hemos tenido, Carlos Lleras ha sido, por mucho, el que más se ha concentrado en la necesidad de construir más y mejor Estado. Alfonso López Pumarejo concibió a grandes rasgos la reforma agraria, pero no sabía qué era un agrimensor; Alberto Lleras Camargo predicó la tolerancia, pero no se metió en la letra menuda de las implicaciones que tenía construir una carrera administrativa; la oposición, en muchos de sus matices, entendió la necesidad de propiciar grandes inclusiones sociales, pero no pudo o no quiso (por lo menos hasta hace poco) meter las manos en la tubería del Estado para proponer de qué manera hacerlo.

Sólo Lleras Restrepo acumuló —a través de un esfuerzo titánico— tanto el conocimiento panorámico como el de detalle que le permitieron ir, desde distintas posiciones, tratando de hacer avanzar el programa que sintetizaba mucho las necesidades de su tiempo. Por eso su estatura —no, esto no es un mal chiste para iniciados— no hace sino crecer con el tiempo.

Sí: es cierto que Lleras adelantó su actividad en medio de enormes limitaciones y prejuicios, suyos y de su entorno. Por eso, aquellos que buscan en la historia política no actores de carne y hueso, sino santos y bandidos (lo que simplemente revela una profunda infantilización), se desanimarán ante el panorama complejo que revela su trayectoria. El panorama general que presenta ésta, es una casi maniática persistencia tanto en su centrismo como en su apego al programa de reformas como un camino, quizás el único, para fortalecer al Estado en Colombia y así salir del subdesarrollo.

Pero eso me lleva a otra de las rarezas de Lleras Restrepo: planteó las apuestas básicas de su tiempo y las perdió casi todas. La reforma agraria abortó (estamos de hecho en el otro extremo, rifando Carimaguas), la administración nunca se volvió genuinamente pública, a casi todos los muñones de Estado regulatorio creados entre 1966 y 1970 se los llevó el viento sin que nada razonable llenara el vacío. Lleras no sólo es interesante por ser un político de gran calibre —¿se lo imaginan frecuentando o madreando a La Mechuda? ¿No? ¡Lo sabía!—, sino porque el estudio de sus fracasos tiene que darnos pistas sobre las fortalezas, pero también acerca de las limitaciones y bloqueos de nuestro sistema político.

Pues cuando planteó desde la Presidencia los grandes ejes sobre los que venía insistiendo desde hacía décadas, actuaba en prácticamente las mejores condiciones políticas imaginables: la situación más cercana a la paz que ha vivido el país en más de 60 años; apoyo a las reformas, o por lo menos indiferencia benévola, de parte de Estados Unidos; división de sus adversarios; otros apoyos sustanciosos tanto desde arriba como desde abajo. Y, sin embargo, no pudo.


De las muchas cosas que todavía nos puede enseñar Carlos Lleras es a mirar este desenlace en su significado amplio, pero también en todos sus detalles reveladores. Por ahí deben encontrarse claves de explicación que nos permitan entender por qué, pese a tener crecimiento sostenido e instituciones representativas durante un período larguísimo, no hemos podido salir a buen puerto.

Testimonios


‘‘’’

Carlos Lleras Restrepo fue símbolo de la autoridad presidencial, arquitecto de nuestra Administración Pública, gestor de la reforma constitucional de 1968, guardián de la majestad del Estado e impulsor decidido de una política económica vigorosa a favor del crecimiento con justicia social.

Homenaje del Congreso de la República

‘‘’’

Nunca envejecieron sus ideas ni se marchitaron las ilusiones que siempre mantuvo sobre los colombianos, a quienes enseñó infatigablemente la manera de enfrentar con realismo las dificultades y de asimilar constantemente las lecciones de la historia.

Antonio Panesso,columnista

‘‘’’

Una anécdota ilustra la formación de su carácter. Invitado su padre, el profesor Federico Lleras Acosta, a matricularlo en el Gimnasio Moderno, se negó a hacerlo por el temor de que lo volvieran ecuánime. Ni quiso serlo ni lo fue nunca. Los privilegiados dones de su inteligencia eran los encargados de frenar o de acompasar los ímpetus de su temperamento.

Homenaje del Partido Liberal

* Profesor Investigador del IEPRI.

Temas relacionados
últimas noticias