La dura vida del turista

Hoy se cumple un año de la muerte de Gabriel García Márquez y El Espectador, el diario donde se formó como periodista y escritor, le rinde homenaje con la publicación de algunos de sus mejores textos internacionales. La pluma del nobel de literatura nos transporta en un viaje inolvidable.

García Márquez cuando vivió en Barcelona, España. / EFE
Tan pronto como subimos a bordo, una voz untuosa de mujer bien servida ordenó en cuatro idiomas por los altavoces que los visitantes bajaran a tierra porque el barco se disponía a partir, y no había acabado de decirlo cuando el barco partió sin ningún otro anuncio. Al cabo de tantos años sin navegaciones ni regresos sentí revivir una emoción casi olvidada viendo borrarse en las brumas de junio las casas apelotonadas y descoloridas del Pireo, y permanecí allí con el ánimo dispuesto para no pensar en nada durante varios días. Aquellos fueron los únicos cinco minutos de descanso a fondo en todo el viaje. Apenas habíamos salido del puerto cuando la misma voz de mujer, con un énfasis más perentorio que el anterior, ordenó a todos los pasajeros reunirnos en cubierta para una maniobra simulada de salvamento. De modo que acudimos en masa con los chalecos salvavidas colgados del cuello y mirándonos unos a otros con nuestras caras de imbéciles, mientras la sirena del barco lanzaba bramidos de naufragio y el primer oficial impartía instrucciones precisas y alarmantes que ninguno de los quinientos turistas de aquella catástrofe de mentira escuchaba con la atención debida. Cinco minutos después todo había terminado. Pero sólo por breves minutos, pues no bien nos habíamos quitado los salvavidas cuando ya nos estaban convocando al salón principal para una conferencia sobre las incontables islas del mar Egeo que íbamos a conocer en los próximos días. Así empezó una semana frenética, que si nos sirvió para algo fue para darnos cuenta en carne propia de que no hay oficio más ingrato y agotador que el de turista de cuerpo entero. Esto es más grave en Grecia que en ninguna otra parte.
 
En efecto, no sé por qué tuve siempre la idea de que los griegos tenían algo del carácter desordenado y expansivo de los italianos. Y no es así: son locos para el lado contrario. Desde el capitán del barco hasta el muchacho que carga las maletas tienen un sentido de la autoridad que se parece mucho al autoritarismo, y son rigurosos y puntuales, pero de un modo distinto del de los ingleses, por fortuna, hasta el extremo de que uno tiene la impresión de ser prisionero de un organismo de relojería. Estas virtudes son ideales para el turista cuadrado, al cual hay que indicarle todo. Pero quienes tenemos la pretensión de hacer las cosas de un modo distinto, tropezamos sin remedio con las talanqueras del orden. Eso fue lo que nos sucedió cuando dos matrimonios amigos resolvimos salirnos del programa y nos quedamos tres días en la isla de Mikonos. Bajamos con ocho maletas en un lugar donde los viajeros sensatos no llevan sino un traje de baile y un cepillo de dientes. Los guardias de la aduana local, que tal vez no habían visto nunca un equipaje semejante, se empecinaron en hacernos una requisa a fondo. En vano les explicamos que ya la requisa había sido hecha en el Pireo, cuando entramos al país. La hicieron otra vez. Una semana más tarde, en el puerto de Heraklion, en la isla de Creta, estuvieron a punto de repetirla por tercera vez. “Ya nos la han hecho dos veces”, le dije al guardia, un griego de ojos soñadores y barba tupida. “¿Y cómo sé que es cierto?”, me preguntó él. “Porque yo le doy mi palabra”, le dije. El hombre me dio una palmada en la espalda y nos dejó pasar con una sonrisa de las grandes.
 
Fue nuestra única victoria en diez días. De resto, nos costaba trabajo comer porque no estábamos incorporados a ningún grupo, porque llegábamos al desayuno cuando faltaba media hora para cerrar el comedor o porque queríamos el pescado al horno y no asado a la plancha como estaba previsto. Teníamos la impresión de que había una sola manera de hacer las cosas, cualesquiera que fueran, y que hacerlas de un modo distinto era como romper el orden del universo. No recuerdo una mirada de mayor asombro que la del oficial de guardia del barco que me encontró escrutando el mar a las doce de la noche cuando ya todas las actividades estaban terminadas y todos los viajeros en sus camarotes, como se les había recomendado, porque al día siguiente había que levantarse a las seis de la mañana para la primera excursión en la isla de Rodas. Pero cuando hicimos el esfuerzo por marcar el paso de todos, nos encontramos en un mundo ajeno, un mundo feroz y vertiginoso, del cual no nos será fácil reponernos con otras dos semanas de vacaciones en quién sabe qué playa olvidada. Las excursiones desde Mikonos a la isla de Delos salen todos los días a las nueve de la mañana y regresan a la una de la tarde. Es decir, que en tres horas hay que reconstruir con la imaginación casi la cuarta parte de la historia de la humanidad. El resultado final es que lo único que se recuerda a ciencia cierta no es la forma y el lugar en que nació Apolo, ni la decisión de que los nacimientos y las muertes sólo podían ocurrir en la isla de enfrente porque nadie podía nacer ni morir en Delos. No: lo único que se recuerda es la hilera de excusados públicos y colectivos, donde los ciudadanos notables se sentaban a dar del cuerpo mientras dilucidaban asuntos de la más grande importancia. Sólo por casualidad cae uno en la cuenta, varios meses después, de que aquellos excusados de visita no eran en Delos, sino en Efesos, donde habíamos estado con la misma prisa cinco días más tarde. El espacio y el tiempo terminan por unificarse en la memoria, sometida a una prueba excesiva. ¿Quién fue primero, Píndaro o Cleopatra?
 
Lo peor para mí es que por andar corriendo detrás de tantas piedras viejas uno termina por no conocer la vida real de los lugares que visita. Grecia está tan viva como en los tiempos de Pericles, pero las agencias de viajes sólo siguen mostrando aquéllos y no los fascinantes tiempos de hoy. En todas las islas hay calles enteras de almacenes donde sólo se venden pieles de animales finos en pleno verano y joyas magníficas, muchas de las cuales son reproducciones excelentes de las muy antiguas que están en los museos. Eso fue algo que me sorprendió también en Nueva Delhi, la capital de India, donde las únicas colas interminables que se ven en las calles son las de las matronas frente a las joyerías. Mujeres impasibles, asediadas por hordas de mendigos leprosos. Recuerdo que entré en un hotel de lujo muerto de hambre al cabo de un largo viaje desde Tailandia. Y el alma se me instaló en su almario cuando sentí el exquisito olor de carne asada que flotaba en el aire. Sólo después descubrí que aquella fragancia apetitosa era la de los muertos incinerados al aire libre en el río cercano. En las islas griegas, por el contrario, uno se pregunta dónde han escondido la miseria: no hay un mendigo ni un perro en la calle. Rodas sigue siendo una ciudad hermosa. Es difícil entender que san Juan Evangelista haya podido concebir los horrores del Apocalipsis en la isla de Patmos, cuyas colinas tibias y cuyos mares internos no se pueden parecer a nada más que al paraíso perdido. En un bar de Mikonos, donde tal vez no lleguen los productores de cine, está el ser humano más bello del mundo sirviéndoles cerveza helada y pulpos fritos a los turistas. Pero no es fácil descubrir estas cosas, porque en los programas de los turistas no está incluida la vida de hoy. La que nuestros remotos descendientes conocerán dentro de 3.000 años, cuando los barcos de la América Latina colosal los lleven a conocer las ruinas de Nueva York y los guías les describan un lugar de Manhattan donde no habrá nada, pero donde les dirán que estuvo en otro tiempo el Empire State o la estación de gasolina de la calle Cuarenta y Cinco.
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