El miedo y las sombras

El torero colombiano cuenta apasionantes anécdotas de su vida en este arte. Aunque lo intentó, nunca ha trabajado. “yo no sé ser sino torero”, dice.

Ricardo Rivera, torero colombiano. / www.puertagrande.net

¿Y cómo llegaste a donde estás?


Como dice la canción, yo quería ser torero. No sé dónde saltó esa chispa. Y me fui para España, a Salamanca. No me fue bien. Regresé a Colombia. Aquí sí fue peor: ni torero ni nada. Entré a estudiar arquitectura, pero no me hallaba. Un día en un tentadero me vio un mexicano. Le gustó como toreaba y me dijo: “Ven a México y ensaya allá”. Mi abuelo me regaló el pasaje, me dio 100 dólares y me dijo: “Se quita las cosas del corazón y hace su vida”.


Llegué a Guadalajara, me miraron, les gusté. Me dieron 33 novilladas, orejas, puerta grande y a la Monumental. Le pedí a César que me diera la alternativa y me la concedió. Y ya.

 


Y ya, ¿qué?


Pues nada, a ponerme frente a toros de verdad, con público de verdad y rivales de verdad. Como novillero, los mexicanos me ayudaron y me apoyaron. Pero como matador, la cosa fue a otro precio. Allá son figuras cinco mexicanos y contratan dos de ellos y un español. Colombia no existe en ese mapa. Tenía que jugármela toda.

 


¿Qué es jugártela toda?
Exponerme. Se pasa mucho miedo. No tanto frente al toro sino en la noche antes de la corrida. Se ven sombras por todas partes, amenazan. No es la cornada lo que se teme. Me han abierto la piel en los muslos, en la cadera, en los brazos. Un toro en Guadalajara metió el cuerno en el triángulo: 30 centímetros para arriba y otros para abajo. Ocho meses de cama. Glúteos, costillas, cabeza y conciencia. Pero cuando me pongo el de luces, sé a lo que voy, sin cuentos. En México o en Gachetá. Allá, un poco deprimido, salió el toro y me sentí feliz; lo toreé. El toro salió y le tiró a su sombra porque no había buena luz y lo toreé así entre sombras. Ambos entre sombras. Solos.

 


¿Los miedos son sombras?


Son demonios, son mi otro yo. A veces nos separamos y a veces somos uno solo. Si se va, yo la paso muy mal: no me hallo ni vestido de torero ni con la muleta en la mano. Miedo a que mi cuerpo me defraude, que me deje tirado y no me deje expresar lo que yo quiero expresar. Las cornadas me tienen sin cuidado. No me quiero morir, para poder seguir toreando, pero puede suceder. Suele suceder. Yo soy consciente de lo que puede pasar. Pero no lo tengo presente frente al toro. Si me levanta y me echa para el cielo, son cosas de Dios.

 


¿Has tenido la muerte al frente?


La he tenido ahí, pero cuando uno está entregado no hay muerte. No hay nada. Estoy solo. No hay el peligro que se haga valer hasta que viene un toro y te dice: “Yo no soy un perro, soy un toro”. Uno se olvida de uno, uno está entregado.

 


¿Entregado a quién?


Uno se abandona, no hay cuerpo. Uno está sobre sus pies y con sus riñones, pero no hay más. Nada. Hay otro que viene y entra como si viniera de otro lado; quizás del más allá. Ya no es mi cuerpo; ahí está otro. La sensación del sitio que uno ocupa frente al toro es la vida. El muletazo que uno da es para uno; no para la gente, ni para nadie. Sólo para mí, porque estoy solo frente a la muerte. Torear es todo lo que soy, todo lo que quiero ser.

 


Pero también hay broncas, como la que te levantaron el sábado en Medellín.


Allá unos me querían, otros me nombraban la madre. Yo no entendía, porque yo lo que quería era torear. No me entendieron. Con bronca y todo, el toro embistió, me emocioné y a la mierda el respetable. Toreo para mí. Que chiflen, que yo estoy pasándola bien. No me entendí con la plaza, pero sí con el toro. Nos entendimos. Yo le hablé al toro. Siempre les hablo, les doy consejos. A veces me oyen. Me mira, lo miro, nos miramos y nos entendemos. Los toros no engañan. Ellos saben que el torero los va a matar. Ellos sienten, le huelen a uno la muerte en la mano. Yo no entendí la bronca, yo no me estaba metiendo con la gente. La plaza estaba en desorden, la gente estaba dispersa y se voló contra mí. Yo estaba brindándole una muerte y no me hizo ni puto caso; pues a la mierda. Yo no brindo, lo hice por compromiso; si la gente no sentía, no era culpa mía.

 


Pero le diste la vuelta a la arepa. Hubo un momento en que la rechifla se fue convirtiendo en ovación.
Yo no sé decir las cosas sino con la espada y la muleta en la mano. Toreé despacio, apretado, con la sangre arriba. A mí me gana el corazón. En un instante todo se vuelve tan natural, tan líquido. Todo se alinea: toro, torero, público, luz, viento. Hasta los demonios se ponen en su sitio. Ellos, que no dejan la cabeza en paz...

 


¿Buscan aplausos?


Quieren ponerte todo más difícil. El demonio quiere llevarlo a uno para la casa a que uno vea televisión tomando cerveza: “¿Qué haces ahí, güevón? ¡Vete a tu casa!”. La única manera de que lo dejen en paz a uno es toreando de cerca, metido, sintiendo, entregándose. Hay que dar ese pasito hacia adelante, echándosele al toro. Diciéndole con la pierna: ese es mi sitio y no el tuyo. Entonces el toro rompe, se da, le deja el sitio al torero. De otra manera no respeta, tira a matar. Si no se arriesgan esos milímetros, no hay mando.

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