Tarde de orejas

Con la plaza de Cañaveralejo totalmente llena, Luis Bolívar, Iván Fandiño y Pablo Hermoso lidiaron toros de Ernesto Gutiérrez.

El rejoneador español Pablo Hermoso de Mendoza es una de las figuras de la temporada taurina en Cali. / AFP

Nunca había visto un grupo antitaurino tan agresivo a la entrada de una corrida. Muchachos y muchachas en un estado febril gritaban consignas contra los aficionados, tratándolos de asesinos, torturadores, sádicos. Creo que la afición podría interponer una demanda penal por injuria y calumnia contra los grupos financiadores de tales manifestaciones. Son violentos, agresivos, provocadores y buscan una reacción de la misma clase para crear un enfrentamiento sangriento, que gracias al carácter manso de los que vamos a los toros no han logrado crear. Esos niños y niñas que jamás han ido a una corrida son organizados por empleados de las organizaciones antitaurinas pagados al efecto con dólares o euros para crear un movimiento político, tal como sucede hoy en Bogotá con Petro. El antitaurinismo es una corriente política; más claro: electoral.

Pero la tarde estaba llena de sol, el cartel era inmejorable —Bolívar, Fandiño, Pablo Hermoso— y los toros de Ernesto Gutiérrez prometían lo que saben ser: bravos y encastados. Hacía por lo menos 15 años que en las taquillas no se colgaba el merecido “No hay boletas”, que demostró con largueza que la afición de Cali —y del Valle— está viva y dispuesta a defender su derecho a mirar la vida con otros ojos, que es lo que está de verdad en juego. Nos quieren meter a la fuerza en el enorme engranaje de la cultura anglosajona, blanca, rica y protestante. No había un solo lugar libre cuando la plaza amenazaba con volar al ritmo de los abanicos.

Bolívar tuvo con su primero —Trompetillo, 486 kilos— el gran toro de la tarde: dulce, bravo, encastado y noble. Lo recibió a puerta de gayola. El torero vive ahí, arrodillado, el éxtasis que puede preceder a la agonía. Fija la mirada, casi alucinada, espera a que salga el toro para hacerle el quite que lo devuelve a la realidad y a la vida. Con el capote, Bolívar sólo logró probar al bicho con una verónica, lo demás se le fue buscando dónde para los pies. Era un toro fuerte que metía la cabeza y humillaba con la nobleza de los de Don Miguel. Chiricuto, Jeringa y Santana clavaron en la moneda del peligro banderillas blancas. Y Bolívar salió a la mitad del ruedo a volver a mostrar valor: tres cambiados por la espalda de esos que hacen recordar al público que tiene cadera y columna vertebral. Derechas impecables, aunque —hay que anotarlo— distantes; pero con la izquierda hace romper a la banda su silencio. Citó de lejos y también de cerca. Al final de la faena se desarregló un poco, lo que quizá le perturbó la necesaria serenidad a la hora de la verdad. Tres pinchazos que borraron lo que había hecho, que de haber acertado habría sido una de las tardes más gloriosas de Bolívar. El público le reconoce lo que la espada le negó.

En el segundo le sacó cuatro lances a un toro frenado. Con la muleta y en medio de la polvareda de las 5 de la tarde logró, sin mucho mérito, sacarle música a la banda, pero pocos aplausos a la galería y remató de mala gana con un metisaque de mal pronóstico y por fin un espadazo casi a regañadientes. Silencio para todos.

Iván Fandiño se ha ido ganando a fuerza a la afición de Cali. Toreó a Fiestero —484 kilos— por delantales, buscando saber dónde parar los pies y entender un toro bello pero complicado. Rafael Torres le puso un puyazo en lo alto, al ritmo justo, que ayudó mucho a Fandiño a saber con quién trataba. Las banderillas completaron la tarea y Fiestero sacó una suavidad que nadie había visto y que le permitió al torero series con la derecha, rematadas por lo alto y por lo bajo con pases de pecho. Fandiño da el pecho cuando torea al natural —lo que ya casi no se hace— y clava los pies como si le nacieran de la arena. Liga y liga y liga. ¡Liga! Dominio de valiente. El doctor Rico, presidente de la plaza, le niega la oreja — que hasta podía ser el par—, se ganó una bronca que, si hubiera tenido dignidad, habría renunciado a su cargo y se habría ido a hacer negocios a otra parte. Con dos vueltas al ruedo la gente le reconoció a Fandiño lo que el señor Rico le negó.

Su segundo toro —Rampunzel, 494 kilos— mostró el encaste al pisar la arena. Un torito buen mozo que transmitía emoción y que Fandiño recibió con verónicas. Se quedó en banderillas. Se la cantó a Chiricuto y lo puso a dudar, duda que en su segundo par terminó en un achuchón que hizo temer lo peor: pero el hombre, medio ido, se paró solo a recibir un aplauso sostenido. Era un toro que esperaba para salir, para cazar. Con derechazos por lo bajo, le enseña al toro a ser toreado. Lo hormó con paciencia, con ciencia y conciencia. Con la izquierda volvió a dar pecho y cara y a desnudarse con ayudados. Pases ceñidísimos, pases de verdad. Manoletinas al tendido y dos orejas a ley. Ovación. Cuando un periodista lo trató de maestro, respondió con un lacónico: “Hay mucho que aprender para ser maestro”.

Qué decir ya de Pablo Hermoso. Sobre sus caballos, sus rejones, sus banderillas, sus trajes, su valor, todo se ha dicho y se seguirá diciendo lo que es: torea con sus caballos y sus caballos torean con él. ¿Nada nuevo? Todo, siempre, y por eso a los que tratamos de decir lo que vemos nos deja mudos. Yo, por ejemplo, no sé por fin qué mirar: si el toro —que le salieron bravos, sobre todo el segundo—, si sus caballos —todos como hechos a mano—, o las suertes —que hace por las dos bandas—, o la manera como para, templa y alegra sus faenas. Y como uno no sabe qué mirar, no tiene nada que decir, salvo que Pablo Hermoso torea como si lo hiciera en un sueño. Dos orejas en su primero. Falló en el rejón de muerte de su segundo y nos hizo saber que es un torero de carne y hueso.

Hubo séptimo, regalado por Bolívar. Uno de esos buenos reservados de Don Miguel, toros hechos a conciencia, aplaudido al saltar al ruedo. Verónicas de rodillas, tres, cuatro y en la quinta de pie, Aplausos. Pero Fumador, de 512 kilos, un toro de poco humor, lo desarmó y le golpeó donde a los toreros más les duele: el amor propio. Con la muleta vuelve a las rodillas, pero Fumador le rompe el ritmo porque quizá —digo quizá— el viento no le permitía templar. Con la izquierda, Bolívar no pudo. Trató y se rindió a la evidencia. Volvió a sacar aplausos con derechazos y manoletinas a un toro que se aculaba. Una gran estocada: dos orejas.

Una gran tarde de toros, toreros y banderilleros.

ESPECIAL DE LA FERIA DE CALI