Documental: "Lo que no les quitaron a los Torres"

hace 14 horas
Por: Ricardo Bada
Yo soy como el picaflor

Galdós y Camus

El sábado anterior se cumplieron cien años de la muerte de Galdós y sesenta de la muerte de Camus. En su honor, pasé el fin de semana releyendo muchas páginas de ambos.

Recordé cómo es que tanto Luis Cernuda como Vicente Aleixandre, a los poetas jóvenes que les consultaban qué autores debían leer, les respondían: «Lean a Galdós». Cernuda le dedicó un preciso y precioso ensayo reivindicativo, mientras que Aleixandre lo rememoró en una estampa autobiográfica entrañable. Y ambos coincidían en creer y afirmar que fue el mayor novelista español después de Cervantes.

En su discurso de recepción en la Real Academia de la Lengua, “La sociedad presente como materia novelable”, el 7.2.1897, Galdós concluyó diciendo: «La literatura narrativa no ha de perderse porque mueran o se transformen los antiguos organismos sociales. Quizás aparezcan formas nuevas, obras de extrardinario poder y belleza, que sirvan de anuncio a los ideales futuros o de despedida a los pasados, como el Quijote es el adiós del mundo caballeresco. Sea lo que quiera, el ingenio humano vive en todos los ambientes, y lo mismo da sus flores en los pórticos alegres de flamante arquitectura, que en las tristes y desoladas ruinas».

Cuarenta años después de la muerte de Galdós, el 4.1.1960, en la carretera nacional francesa n.° 5, en una recta sin obstáculos, cerca de Le Petit–Villeblevin, en un accidente provocado según parece por el exceso de velocidad a que conducía su Facel Vega el editor Michel Gallimard, murió y nos dejó huérfanos Albert Camus. Su muerte encaja en un repertorio tristérrimo y casi desconocido: aquel que nos recuerda que además del suicidio hay más de un problema filosófico auténticamente serio. La muerte absurda, por ejemplo. El día antes de la suya, y refiriéndose a la muy reciente de Fausto Coppi, el campeonísimo del ciclismo, Camus había dicho: «No conozco nada más idiota que morir en un accidente de auto».

Camus, en su discurso en el Ayuntamiento de Estocolmo a los postres del banquete que sigue a la entrega de los premios Nobel, el 10.12.1967, también concluyó dejándonos un mensaje y una tarea: «Cada generación, sin duda, se cree predestinada para rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero quizás su tarea es mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Es esta generación la que merece ser saludada y animada en cualquier parte en que se encuentre, y, sobre todo, allí donde está sacrificándose. Sobre ella, en todo caso, contando con la seguridad de vuestro acuerdo profundo, es sobre la que quisiera hacer recaer el honor que acabáis de hacerme».

Modestia ejemplar la de ambos genios. ¡Qué poco ha cundido su ejemplo!

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