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Hay viajes que uno hace para conocer lugares y hay otros que uno hace porque siente que tiene que estar.
Mi viaje a Pereira y Risaralda fue de esos, éramos un equipo de creadores de contenido y más de 20 voluntarios que llegamos hasta allá, pero esta vez no íbamos buscando paisajes, restaurantes ni fotografías bonitas, íbamos buscando algo mucho más importante; demostrarles a esas familias colombianas afectadas por el terremoto que no estaban solas.
Llegamos cargados de ayuda humanitaria donada por personas de Bogotá, al principio la intención era llenar un solo camión, pero la unión fue tan grande que terminó convirtiéndose en una caravana de 10 camiones, con más de 45 toneladas de ayudas.
Y aunque eso por sí solo ya era enorme, creo que lo que realmente llevábamos no cabía en ningún camión, íbamos cargados de solidaridad, de esperanza y de esas ganas genuinas de tender una mano sin esperar nada a cambio.
Cada bulto que cargamos, cada camino que recorrimos y cada familia que encontramos nos recordó algo que a veces olvidamos, detrás de una tragedia siempre hay personas, personas que tienen miedo, que han perdido cosas, que necesitan ayuda, pero que también necesitan sentir que no están solas, y eso fue quizá lo más poderoso de este viaje.
Debo confesar que, aunque conocía la magnitud de la tragedia porque la había visto en los titulares, en las redes sociales y escuchado en la radio, creo que nadie logra dimensionarla realmente hasta que está allí, frente a ella, viéndola y viviéndola.
Cuando el camión en el que yo iba empezó a entrar a Pereira, chocarme con esa realidad me golpeó el alma, ver casas completamente destruidas, calles marcadas por la devastación y a tantas personas en la calle, durmiendo en carpas, viendo sus sueños caer, muchos ni siquiera sabían dónde estaba su familia y además, ahí, en la calle, tenían que soportar la inclemencia de las lluvias que empezaron a precipitarse, mojando lo poco que quedaba.
Yo quería pedirle a Dios una tregua, quería hacer que esas familias pudieran sentir un poco menos de estrés, tristeza, desolación y miedo. No lograba entender el olor de las calles, era un olor demasiado fuerte, no quiero compararlo con nada, solo sé que era una ola tibia de descomposición de cuerpos que yacían bajo los escombros y que me recordaban lo frágil que es la vida, fue aterrador, pero sobre todo fue muy triste.
Para destacar: Mientras la olla siga puesta
Nunca antes había visto algo así, me sentía caminando en medio de una película del fin del mundo, el olor, los escombros, los llantos, la tensión de todo el mundo, la incertidumbre… todo era demasiado.
El equipo se dividió en brigadas, unos fueron a levantar escombros, otros a llevar alimento a los refugios de animales, algunos repartieron agua a los voluntarios, otros llevaron medicamentos al hospital y alimentos a los centros de acopio, a diversas comunidades e incluso a muchas de las veredas a las que aún no habían llegado.
También hubo quienes se quedaron organizando mercados y alistando donaciones junto a la comunidad de Santa Rosa de Cabal, que se sumó con una generosidad que todavía me cuesta explicar con palabras.
Varias personas del equipo y yo hicimos una olla comunitaria, ese día cociné más de 200 platos de comida y mientras cocinaba, entendí algo que quizá siempre había sabido, pero que nunca había sentido de esta manera, cocinar también es una forma de abrazar, de decir sin muchas palabras: “aquí estoy contigo”.
Ese día sentí que Dios había bendecido mis manos con algo tan sencillo y tan poderoso como el amor por la cocina y confirmé que ese dicho que dice “donde comen dos, comen tres” se queda corto cuando lo que sobra no es comida, sino ganas de ayudar, porque en la mesa de un buen colombiano siempre hay espacio para uno más.
Además, mi esposo, un voluntario y yo nos le medimos a cargar bultos por las montañas, queríamos llegar a las zonas de difícil acceso y alivianar un poco sus cargas.
Nadie se imagina lo duro que fue llegar y encontrar abuelos solos, que ni siquiera sabían la magnitud de lo ocurrido, que su techo se había caído parcial o totalmente; que eran jornaleros que vivían del día a día y que ya no había trabajo, que todo empezaba a escasear y que aun así, nos recibían con un:
“Buenos días, mijo, buenos días, mija, aquí nosotros vivos y felices, ¿y ustedes cómo están?”
¿Qué se le responde a alguien que le dice a uno eso después de perderlo todo?Sentía un nudo en la garganta que solo me permitía decirle:
“¡Sumercé, vinimos hasta aquí para traerle esto que miles de bogotanos enviaron con mucho amor para usted y su familia!”
“¿Desde Bogotá? ¡Ay, que mi Dios y la Santísima Virgen me los bendiga y les multiplique! ¿Ustedes cargaron eso al hombro pa’ subir acá? ¡Ay! ¿cómo así? Sigan, siéntense, ¿les provoca un tintico?”.
Aún puedo escuchar esas palabras en mi cabeza “¿les provoca un tintico?” La generosidad del colombiano incluso cuando todo parece estar en contra, cuando nada sobra, es realmente impresionante.
Ese fue para nosotros el motor que nos impulsó a continuar, esas palabras nos las repitieron una y otra vez, a donde quiera que íbamos, y era todo lo que nuestro corazón deseaba.
Valía la pena caminar 10 o 15 minutos por una pendiente para llegar a lugares de tan difícil acceso, entre el cansancio, la lluvia, los caminos difíciles y las historias que encontramos, también apareció algo hermoso, la certeza de que cuando un colombiano ve a otro colombiano en dificultades, algo dentro de nosotros se mueve, nos volvemos familia.
Este viaje me dejó la certeza de que Colombia puede estar herida, pero no desunida, porque mientras existan manos dispuestas a ayudar, personas capaces de compartir y corazones que todavía sienten como propio el dolor del otro, siempre habrá una manera de volver a levantarnos.
Si te gusta la cocina y eres de los que crea recetas en busca de nuevos sabores, escríbenos al correo de Tatiana Gómez Fuentes (tgomez@elespectador.com) para conocer tu propuesta gastronómica. 😊🥦🥩🥧