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Como agua para chocolate: el sabor de la pasión y el peso de la tradición

A propósito del libro Como agua para chocolate, exploramos cómo las recetas pueden entenderse como crónicas capaces de transmitir emociones, conflictos familiares y estructuras de poder dentro del hogar.

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Mariana Álvarez Barrero
19 de febrero de 2026 - 01:00 p. m.
Los procesos químicos de la cocina pueden funcionar como reflejo de las sensaciones humanas.
Los procesos químicos de la cocina pueden funcionar como reflejo de las sensaciones humanas.
Foto: Cortesía
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En la literatura latinoamericana, pocas obras han logrado analizar la configuración del hogar con la precisión de Como agua para chocolate. La novela de Laura Esquivel, ambientada durante el estallido de la Revolución Mexicana, no utiliza la cocina como un escenario decorativo, sino como el eje central de una narrativa en la que el fogón funciona como una bitácora que registra la historia.

Para Tita de la Garza, la protagonista, el acto de cocinar no constituye una simple tarea doméstica, sino la manifestación física de su propia existencia. Condenada por una tradición matriarcal asfixiante a permanecer soltera para cuidar a su madre, Mamá Elena, Tita encuentra en los ingredientes la voz que el autoritarismo le ha arrebatado.

Como sugiere la obra, los olores poseen la capacidad de evocar tiempos pasados, rescatando sonidos y fragancias que parecen inalcanzables en el presente. Esta premisa transforma cada receta en un archivo histórico donde se deposita la memoria familiar.

En el rancho de los De la Garza, la cocina funciona como el verdadero centro de gestión del poder. Mientras Mamá Elena utiliza el orden y la disciplina como herramientas de represión, Tita emplea el sabor como un instrumento de subversión. En este espacio, la cocina deja de ser un simple recetario para convertirse en una parábola de la vida; o, quizás, como sugiere la novela, es la vida la que puede entenderse como una metáfora del misterio del cocinar.

Bajo esta lógica, los trucos y secretos entre ollas se convierten en un sistema de comunicación. Cuando Tita cruza su mirada con la de Pedro, su amor prohibido por decreto materno, Esquivel no recurre a descripciones románticas tradicionales, en su lugar, construye una sensación física universal: aquello que podría experimentar la masa de un buñuelo al entrar en contacto con el aceite hirviendo.

Esta imagen sugiere que los procesos químicos de la cocina pueden funcionar como reflejo de las sensaciones humanas, estableciendo un reflejo entre la transformación de los alimentos y la intensidad emocional de los personajes.

El sabor de la amargura

Uno de los momentos más reveladores de la historia ocurre durante el banquete de bodas de Rosaura y Pedro. Tita, obligada por su madre a preparar el Pastel Chabela para el hombre que ama y la hermana que se lo arrebata, se ve forzada a canalizar todo su dolor en los fogones.

Se trata de una de las ironías más crueles del libro, pues en su época de mayor sufrimiento nacen sus mejores recetas. La perfección técnica del plato sirve como máscara para un corazón roto; sin embargo, la comida parece poseer una honestidad que las personas no siempre alcanzan. Al ingerir el pastel de bodas, los invitados son invadidos por una melancolía inexplicable y ataques de vómito, lo que sugiere que el ingrediente invisible, la tristeza de Tita, resulta ser el más potente.

La fuerza de los sentimientos se manifiesta de forma inversa cuando Tita logra abandonar el rancho y desafiar el destino impuesto. Su partida no solo rompe la estructura de servicio, sino que altera la percepción sensorial de Mamá Elena.

Más adelante, cuando la matriarca enferma, comienza a rechazar toda preparación de su hija, quien ha regresado para asistirla, asegurando con desprecio que cada bocado posee un sabor amargo. Este fenómeno revela que el gusto no reside únicamente en el paladar, sino también en los vínculos afectivos.

Para Mamá Elena, la comida se vuelve amarga porque ha perdido el control absoluto sobre quien la prepara. No se trata de un error en la receta, sino del rechazo instintivo a una libertad que ya no puede reprimir.

En este punto, la ficción dialoga con la realidad profesional del chef cartagenero Charlie Otero, quien sostiene que una receta es, en esencia, una crónica personal. Para Otero, cocinar constituye un acto movido por la nostalgia, los recuerdos y la memoria, no solo de la familia, sino también de un territorio y su cultura.

Al igual que Tita, el cocinero entiende que lo que se prepara en la intimidad de una cocina remite siempre a historias de vida. La alacena se convierte entonces en un mapa de viajes y recorridos, donde los ingredientes marcan el camino.

Archivo vivo

Escribir sobre cocina puede entenderse como un ejercicio de justicia social. Para Laura Esquivel, rescatar la narrativa de Tita implica devolverle la autoridad simbólica a un colectivo de mujeres cuyas vidas quedaron históricamente confinadas entre delantales.

La necesidad de plasmar este conocimiento en un libro, como menciona Charlie Otero, responde a la importancia de dejar un registro para las nuevas generaciones. Lo que no se documenta corre el riesgo de desaparecer, y la gastronomía familiar puede perderse si no queda consignada en la memoria escrita.

En este sentido, un libro de cocina, o incluso la carta de un restaurante, funciona como un acto democrático y generoso que busca llegar a todos: desde el niño que sueña con su futuro hasta la persona mayor que intenta recuperar un recuerdo a través del gusto.

Otero destaca que la cocina es el espacio donde las diferencias tienden a diluirse, un lugar que preserva la tradición de congregarse alrededor de la mesa. En Como agua para chocolate, este ideal aparece inicialmente distorsionado por la represión de Mamá Elena, pero se restablece mediante la fuerza emocional de los platillos de Tita, que obligan a los comensales a enfrentar su verdad interior.

Incluso convenciones sociales aparentemente menores, como evitar comer el último bocado de un plato para no demostrar gula, funcionan como metáforas de las apariencias que rigen la conducta social. Para el chef, cada carta que diseña equivale a escribir un libro en el que narra historias de lugares y tradiciones, convirtiendo los platos en capítulos de una narrativa mayor.

De esta manera, la historia de Tita de la Garza recuerda que la cocina puede entenderse como el gran teatro de la resistencia. Los platos no son objetos inanimados, sino recipientes de emoción y herramientas de comunicación.

Como un libro que se lee con los sentidos, la cocina permite acceder a dimensiones de la realidad que el lenguaje convencional suele ignorar. Finalmente, se presenta como el espacio simbólico donde se preserva la memoria, transformando el acto de comer en un vínculo profundo entre el pasado y el presente.

Si te gusta la cocina y eres de los que crea recetas en busca de nuevos sabores, escríbenos al correo de Tatiana Gómez Fuentes (tgomez@elespectador.com) o al de Edwin Bohórquez Aya (ebohorquez@elespectador.com) para conocer tu propuesta gastronómica. 😊🥦🥩🥧

Mariana Álvarez Barrero

Por Mariana Álvarez Barrero

Periodista de la Universidad del Rosario. Apasionada por la agenda global, la literatura y la economía. Además, presentadora de Moneygamia, formato audiovisual de finanzas fáciles de El Espectador.malvarez@elespectador.com

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