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Con el mejor aire del planeta

La Amazonia no es sólo millones de kilómetros de selva que le dan un respiro a la Tierra, también es cultura, costumbres y naturaleza que merecen ser visitadas.

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Redacción Cromos
09 de octubre de 2010 - 03:00 a. m.
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Kápax, el legendario Kápax, aquél que hace 34 años recorrió el río Magdalena a nado y luego llegó hasta la selva colombiana para hacerse símbolo de la región, es ahora el anfitrión de un reconocido hotel en Leticia. Su recibimiento a los turistas resultó una perfecta introducción al ‘pulmón del mundo’, después de recorrer una ciudad a la que no se le notaba el aspecto de jungla que todo visitante espera encontrar cuando aterriza en este territorio. El conocido nadador y amigo de animales salvajes fue la mejor manera de entrar a la Amazonia y descubrir que todo es una realidad: no son un mito las hazañas en tan privilegiada naturaleza.

La réplica de una maloca indígena es el escenario donde Kápax continúa su intervención como anfitrión, contándole a un grupo de huéspedes qué es el Amazonas y qué se puede hacer allí, aclarando que el mayor riesgo en este lugar no es la selva ni son los animales salvajes. El calor ataca, pero la curiosidad se impone.

En Leticia, el punto de llegada al departamento del Amazonas, después de una hora y media de viaje desde Bogotá, empieza un recorrido lleno de fauna, flora y cultura. La primera parada es el Museo Etnográfico El Hombre Amazónico. En este lugar, el jaguar, rey de esta selva, da la bienvenida a los visitantes, que se encontrarán con rituales, vestidos, instrumentos musicales, máscaras, armas y elementos claves en la idiosincrasia de las etnias uitoto, ticuna y yucuna. Cada cosa impresiona por su significado y en ocasiones la barbarie se vuelve conocimiento, como el ritual de la pelazón, una antigua práctica ticuna en la que se declaraba el paso de una niña a mujer quitándole su cabellera con las manos mientras estaba en un estado de adormecimiento provocado por diferentes plantas. Luego de esto le ponían una corona y la arrojaban al río, en espera de que un hombre de la tribu la rescatara con el fin de hacerla su esposa. La práctica se sigue haciendo, pero ahora se usan las tijeras para fortuna de las jóvenes.

Un canto multitudinario llamaba la atención en el ambiente al salir del museo. Y siguiendo el camino del ruido llegamos hasta el Parque Santander, donde miles de loros aliblancos (los nativos hablan de por lo menos 200.000) volaban por encima de los árboles buscando un refugio para descansar. Es un espectáculo único que se presenta todos los días a las 5:00 p.m. y finaliza una hora después, cuando cada ave encuentra su lugar y el silencio invade a Leticia, tras 60 minutos de un sonido que demuestra por qué allí gana la naturaleza.

El río y la selva amazónica los comparten Colombia, Brasil y Perú, tres países que se pueden recorrer en sus ciudades fronterizas sin necesidad de presentar un pasaporte. Por el lado peruano, la población de Santa Rosa es el punto más cercano al que se puede llegar por vía fluvial; en el caso brasilero, la llegada es a Tabatinga, que sólo se encuentra a menos de un kilómetro desde Leticia en un camino en carro o bicicleta, siendo este último el medio de transporte más entretenido para cruzar la línea fronteriza y así disfrutar de un buen chocolate, un trago de cachaza o una deliciosa caipiriña.

Por el inmenso caudal

El cuerpo de agua más caudaloso y profundo del planeta es el medio de transporte más usado en esta región: por el río Amazonas se descubre gran parte de la riqueza ecológica mundial. Pero no sólo eso. En sus laderas se encuentran comunidades que reciben a los turistas para ofrecerles actividades en las que su naturaleza y cultura componen su mejor atractivo. En Marasha, Macedonia, Zaragoza, Santa Sofía, entre otras más, se pueden realizar caminatas, observar algunos rituales, adquirir artesanías, degustar su gastronomía y compartir experiencias con las creencias de etnias que habitan el Amazonas.

Después de atravesar estas comunidades, en un recorrido por el río de una hora y media, se llega al Parque Nacional Natural Amacayacu, una inmensa reserva natural de 293.500 hectáreas que en una de sus partes tiene habilitados servicios turísticos de alta comodidad, diversión y respeto por el medio ambiente.

El gran río en su frente y la imponente selva a su espalda le dan al parque dos escenarios únicos en tierra y agua para explorar un verdadero turismo de naturaleza, invadido por sonidos, aire puro, árboles de inmensas proporciones y un apacible ambiente dispuesto para disfrutar de una verdadera tranquilidad, que se combina con actividades turísticas en las que se descubre por qué este lugar debe ser visitado por todo el mundo.

Empezar por descubrir parte de la selva a pie, en un sendero definido (Nainekumaw) como el que ofrece el parque, es atravesar caminos en los que es posible encontrarse con micos silvestres y ceibas de 500 años con 50 metros de altura, que por creencia indígena guardan dentro buenas energías y se dice que al abrazarlas proporcionan a los seres humanos una sensación de tranquilidad.

Estos gigantescos árboles tienen tanta importancia en la jungla que se consideraba un telégrafo en tan espesa vegetación, pues al golpear su tallo emite un sonido capaz de expandirse a varios kilómetros, razón por la cual se usaba para llamar a otras tribus o avisarle a la comunicarse cuando se estaba perdido.

En estos árboles se realizan varias actividades, como el dosel, que consiste en subir a sus copas por medio de cuerdas o escaleras para visualizar ese impactante paisaje selvático que le dio a este territorio el nombre de ‘pulmón del mundo’. La vista desde allí es una real fascinación de lo que significa naturaleza.

El descenso en rápel le pone más aventura al viaje, pues son varios metros sostenidos por una cuerda que comunica a un puente estrecho de madera, el cual permite pasar de una ceiba a otra para encontrarse con otro ángulo de la Amazonia. Ahora bien, si quiere ser más profundo, la concesión del parque le ofrece plataformas de avistamiento en un lugar más adentro de la selva.

Desde Amacayacu se puede tomar una embarcación para llegar a las aguas donde en todas las épocas del año se encuentran delfines rosados y grises, un espectáculo que se encuentra en muy pocos escenarios.

Y una visita que no se puede obviar en este recorrido es a la Isla de los Micos, donde los visitantes pueden interactuar con cientos de estos mamíferos y diferentes especies que allí habitan.

El Amazonas es un destino diferente. Disfrutarlo como se merece es regalarle un poco de admiración al rincón del mundo cuya biodiversidad le da un respiro. Con seguridad sus habitantes le permitirán maravillarse.

Por Redacción Cromos

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