Por estos días, numerosa tinta ha corrido en los medios del mundo dando cuenta de su partida y de sus innumerables logros. Me quedo con algunos testimonios que recibí de Mijares cuando tuvimos la ocasión de conversar.
Nació en Mérida, Badajoz, en 1942. Cursó ciencias químicas en la Universidad de Madrid y desechó la idea de estudiar productos inertes, como el petróleo o los metales, porque lo suyo eran las cosas vivas.
Pensó inicialmente en convertirse en perfumera, pero fue la enología la que copó sus aspiraciones más profundas. Obtuvo un cupo en la Universidad de Burdeos hasta doctorarse, bajo la batuta de Emile Peynaud, considerado el pontífice de la cata. “Fue mi maestro quien me hizo abrir el corazón para amar el vino, conocerlo, elaborarlo y admirarlo. Y me convencí de que el vino es alimento, cultura, amor, civilización, poesía, arte, comunicación, filosofía y hasta metafísica”.
Cuando Mijares regresó a España en los 70 -puro en mano y encima de una moto- se encontró con que nadie estaba preparado para aceptar que una mujer formara parte de la industria. “Me llamaban análoga (en vez de enóloga). Y no entendía por qué no podía trabajar en bodegas si mi formación era fuerte, incluso superior a la de muchos enólogos”, le confesó una vez a FM Viva, de Buenos Aires.
Compartí por primera vez con Mijares en junio de 2014 en la bodega El Porvenir, de Cafayate, norte de Argentina (donde obraba como consultora), tras una prolongada jornada de cata en el laboratorio de la empresa. Con los dientes negros tras horas de hacer buches, me dijo con una sonrisa: “Catar es un arte de medida y de sentido común. Enseña el buen uso de los sentidos, la introspección, el dominio de las sensaciones y, por último, incita a la sobriedad. Catar es un arte de vivir, ya que se puede catar todo lo que está al alcance de nuestros sentidos: las obras de arte, las cosas, los seres, el amor, el momento presente o el hecho de existir. Para catar hacen falta, entre otras cosas, inteligencia y capacidad. En cambio, para beber, basta el placer físico”.
Luego conversamos sobre El gusto del vino, escrito por Emile Peynaud y Jacques Blouin, y me relató que ella se había ofrecido a traducirlo al español y que Peynaud no lo había dudado, porque Mijares había sido su alumna y comprendía su concepto y su visión de la enología. “Y porque estaba seguro de que sabría leer entre líneas lo que él había escrito y no me limitaría a traducir literalmente sus palabras”. Después ella escribió El vino: de la cepa a la copa, junto con su colega José Antonio Sáez Illobre.
Mi adiós a María Isabel, convencido de que las dos obras antes mencionadas contribuirán a darle significado a cada sorbo de vino que le regalemos al paladar.