La primera persona que me enseñó a dibujar fue mi mamá. Todavía recuerdo cuando me sentaba en una mesa de madera con patas amarillas al lado de mi prima Adriana para entretenernos. Las hojas blancas con marcadores fueron sus mejores herramientas pedagógicas para “que soltáramos la mano” y no nos saliéramos de las líneas que ella dibujaba.
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Así fue como empezamos a pintar racimos de uvas, bananos, manzanas y hasta espaguetis, ese es el primer acercamiento a mi memoria gustativa, el de la asociación a través de formas y colores. Esos trazos prosperaron con el tiempo y fueron uno de los motivos por los que estudié Arquitectura. Algo similar le pasó al ilustrador australiano Eddie White. Para él, el dibujo ha sido parte de su vida desde siempre.
“He dibujado desde que tengo memoria”, cuenta en entrevista para El Espectador. En su infancia escribía e ilustraba sus propios libros, soñando con contar historias en las que las imágenes y las palabras fueran inseparables. Más adelante se interesó por la animación creando con solo 13 años junto a dos amigos del colegio su primer estudio de animación, con ella, llegó a su vida la certeza de que el arte no era solo una afición, sino el lenguaje a través del cual quería expresarse profesionalmente.
Su proceso creativo es la mezcla de varias elementos que ha logrado dejar inmersos en sus trabajos gráficos, en los que la experiencia directa, la investigación y la memoria cautivan a una audiencia curiosa. Esa metodología se refleja en su “diccionario visual”, un proyecto que vive en las redes sociales y que mezcla palabras, comida y costumbres, resultado de una forma personal de aprender y explorar Colombia a través del dibujo. Con el tiempo, muchos lo han interpretado como un tributo fresco y vibrante a la cultura nacional.
Con el ojo puesto en Colombia
Su llegada a Colombia fue casi accidental. Todo comenzó en 2006, en un festival de cine de animación en Zagreb, donde conoció al cineasta colombiano Andrés Barrientos. Once años después, en 2017, viajó por primera vez a Argentina y Colombia. Ese viaje transformó su vida. Hoy, Barrientos es su mejor amigo y, como él mismo dice, su “alma gemela”. Gracias a esa amistad, Colombia se convirtió en su hogar y en una fuente central de inspiración.
El primer dibujo que hizo inspirado en el país nació del asombro, fueron las hormigas cargando frutas tropicales hermosas y extrañas que nunca había visto, las que plasmó tras su primera visita a Bogotá y Cartagena. Desde entonces, su estilo ha estado en evolución constante. “Antes trabajaba principalmente en papel, con bolígrafo y marcadores; ahora utilizo el iPad, eso me permite crear ilustraciones con más capas y acabados, sin perder la energía y espontaneidad que lo caracterizan”. Él mismo define su trabajo como dibujos con “sabor y personalidad”, simples a primera vista, pero complejos en los detalles.
White está convencido de que la comida puede ser una forma de identidad visual, igual que la música o el lenguaje, manifestando que países como Japón, México, Italia o China lo han logrado a través de su gastronomía. Además, sostiene que Colombia, aunque aún es un territorio poco explorado a nivel global, tiene “un enorme potencial para construir una identidad visual reconocible en el mundo”.
Colombia, un país que se dibuja con sabor
Por eso su primer recuerdo de Colombia no es visual, sino gustativo. Una mojarra frita, patacones, arroz con coco y un jugo de mango en Cartagena marcaron el inicio de una relación profunda con el país. “El jugo sabía como la bebida más perfecta que había probado en mi vida. Nada se parecía a lo que había comido antes”, recuerda. Esas sensaciones fueron el punto de partida de una conexión que hoy atraviesa su obra, su vida cotidiana y su forma de entender la cultura.
Para el ilustrador radicado en Colombia desde hace seis años, la gastronomía es una de las herramientas más poderosas para contar la historia de un país. “Todos comemos y todos tenemos recuerdos, momentos, emociones e historias ligadas a la comida y la bebida. Colombia es una cultura profundamente nostálgica, y esa nostalgia se expresa, sobre todo, a través de la comida y la música”, asegura, por eso siente que encaja tan bien aquí, definiéndose a sí mimo como “una persona intensamente nostálgica, incluso más de lo que la cultura australiana le suele permitir”.
Lo que más lo sorprendió desde el inicio no fue un solo plato, sino las combinaciones inesperadas que forman parte de la vida cotidiana colombiana, combinaciones como el queso con chocolate caliente, el plátano o banano con sopa, el queso con ensalada de frutas, la Pony Malta con leche o incluso la Coca-Cola con arroz, abrieron su mente. “Estas mezclas me parecieron tan inusuales y fascinantes que se convirtieron en una fuente constante de inspiración visual”. Para muchos extranjeros pueden parecer extremas; para White, son una declaración de identidad.
Entre los sabores que más impactaron su paladar está el lulo, describiendo su acidez como sorprendente, el mango biche con limón y sal, son un claro ejemplo de cómo se celebran los contrastes intensos en Colombia. “Para los australianos estas mezclas pueden parecer extremas, pero aquí son absolutamente normales y muy apreciadas”, explica.
Cuando ilustra comida, no se limita únicamente a la apariencia. Le atraen el color y la forma, pero también las historias que hay detrás de cada plato. El queso con chocolate caliente, por ejemplo, representa para él una fusión cultural profunda donde se pueden “saborear” tradiciones indígenas ligadas al cacao y herencias europeas asociadas al queso. “En Colombia todo parece ser una hermosa mezcla de culturas indígenas, europeas, afrocolombianas e incluso de Oriente Medio”.
Explicar el país a través sus preparaciones
Si el también artista dramático pudiera elegir solo tres recetas de las que ha descubierto en Colombia para mostrar al mundo, serían “el queso con chocolate caliente por su carga cultural; la arepa, por la enorme diversidad de versiones que existen en todo el territorio; y el jugo de lulo, ácido, popular y profundamente amado”, para él son reflejos del equilibrio del país entre sabores contrastantes.
Hoy su obra está estrechamente ligada a Colombia. Cuando puede, prueba la comida, la observa, la huele y entabla conversaciones con la gente local alrededor de los sabores. Investiga en libros, música, recursos en línea o a través de sus seguidores, “luego dejo que la intuición haga su parte, sin perder el anclaje cultural que quiero mostrar”.
Con todo y esto, todavía siente que le falta mucho por descubrir, regiones como La Guajira, Cesar, Vichada o Guainía, serán los próximos destinos que quiere explorar, sabiendo que lo esperan ingredientes, platos y tradiciones desconocidas.
Entre risas, el australiano resume su vida en Colombia en un solo plato, sería un almuerzo completo: sopa y seco, corrientazo con carne, tajadas, arroz con fideos, papas criollas, aguacate, ensalada y un jugo fresco. Un plato que habla de abundancia, color, sabor y hogar.
Para quienes quieren contar historias de culturas que no son la suya, su consejo es claro. “Hay que sumergirse de verdad, preguntar, observar, escuchar y acercarse siempre con respeto y amor”, porque, como él mismo ha aprendido en Colombia, la cultura también se prueba, se comparte y se recuerda a través del sabor.
Ese argumento se ve respaldado por su libro Caldo de ojo, 100 dichos y palabras colombianas y los más de 320.000 seguidores que lo acompañan en Instagram, a quienes invita a descubrir la gastronomía colombiana y con quienes evoca recuerdos que conectan tanto a extranjeros como a quienes habitan la tierra colombiana.
Si Colombia pudiera representarse en un dibujo que expresara su sabor, ¿Cuál sería para usted y por qué?
Si te gusta la cocina y eres de los que crea recetas en busca de nuevos sabores, escríbenos al correo de Tatiana Gómez Fuentes (tgomez@elespectador.com) para conocer tu propuesta gastronómica. 😊🥦🥩🥧