El profesor Mauricio Bermúdez Rodríguez, ex catedrático de enología en la Facultad de Administración de Empresas Turísticas y Hoteleras de la Universidad Externado de Colombia, acaba de publicar Yo, el vino. La apasionante historia de los dioses y de cómo llegó a América (525 p.). En este trabajo cubre, con gran juicio y maestría, temas como historia, variedades, zonas vitivinícolas, salud, cambio climático y lo esencial para “sacarle gusto al vino”. Su foco principal, sin embargo, es América y su inserción en esta milenaria cultura.
Sobre Colombia, anota: “La ubicación geográfica de nuestro país…no lo es para la vid y menos para la industria vinícola, pues las condiciones climatológicas de la zona tórrida no facilitan el desarrollo de la Vitis vinífera”.
La desventaja es endémica. En 1545, Según Bermúdez, el máximo impulsor de la enología en América, el capuchino Francisco de Caravantes, intentó desarrollar la planta en Castilla de Oro –donde se ubicaba la actual Colombia– y no encontró “ubicación, ni clima y menos terrenos aptos”. Caravantes se marchó a la Nueva España (México, California) y allí acertó. También lo hizo en Perú y Chile.
En Colombia, la lista de “quijotes y soñadores”, como los describe Bermúdez, no es corta: ninguno, con excepción de un empeñado estudioso de Sogamoso, consiguió elevar el estado de la viticultura colombiana a un nivel superior. Lo intentaron Inocencio Franco (1920), en Valle del Cauca; sacerdotes jesuitas (antes de su expulsión, en 1850) en Buga y Norte de Santander; un francés de apellido Charton, en Apulo, Cundinamarca (1930); los hermanos David y Eduardo Puyana (hacia mediados del siglo XX), en Guamo, Tolima; la familia Grajales, inspirada por el español Seferino González, y otros. A lo sumo, mezclaban sus mostos con extractos de Chile y Argentina. Y tenían en su contra altas temperaturas, enfermedades, insectos, hongos, bajos volúmenes y desadaptación de las vides.
En los ochenta, los primeros asomos positivos se vislumbraron en finca Guamaní, de Villa de Leyva, en Boyacá, a cargo del alemán Sebastián Asenkerschbaumer. Lo favorable allí ha sido un microclima con 19ºC de temperatura promedio y una especie de mini invierno, en diciembre. Aquí, finalmente, las vides reaccionaron.
El más alto exponente de la zona ha sido el profesor Marco Quijano, en Puntalarga, cerca de Sogamoso, a quien Bermúdez ha estudiado en profundidad. Se educó en Alemania y estableció equipos de trabajo a nivel de tesis con estudiantes de la región Se concentró en vides alemanas como Riesling Silvaner, Riesling Becker, y una francesa adaptada: la Pinot Noir Rubí. Las zonas de altura de Puntalarga (2.600 msnm) presentan condiciones térmicas similares a las de Alsacia y Borgoña, en Francia. Y es así como ha surgido una vitivinicultura de clima frío tropical. El autor valora a Quijano por sus “valiosos aportes a la vitivinicultura de la región y del país” y por “aclimatar varias cepas en las condiciones tan adversas de la zona tórrida”. Hoy Puntalarga se reconoce aquí y en el exterior.