Por: Pedro Viveros

Gaviria, tenga el coraje de unirlos

César Gaviria siempre supo ubicarse del lado correcto de la historia. Como líder dentro del oficialismo liberal buscó estar conectado con las dos orillas que hacen de un político una figura con incidencia: la opinión y la manzanilla. Digno alumno del expresidente Virgilio Barco, sabía cómo ser dúctil en el manejo de las ideas acogedoras por la tribuna política, y en su región conoció siempre los hilos para mantener la estructura de sus respaldos. Cuando tuvo que consolidar la gesta del inmolado Luis Carlos Galán y potenciar su discurso de lucha contra la criminalidad que acechaba a Colombia en los años 80, tuvo templanza y el coraje de desmentirse cada vez que los hechos superaban su mandato. Por algo dicen que, al momento de tomar una decisión, Gaviria no tiene sangre en las venas.

Con el paso del tiempo, a Gaviria se le nota perdido, confuso. Su jefatura provocó la desbandada del sector socialdemócrata. Algunos de los antiguos liberales refugiados en Cambio Radical o el Partido de la U lo respetan, pero no lo siguen y sus órdenes parecen tener más eco entre los párvulos liberales que llegan a la Cámara de Representantes, mientras que entre los senadores se habla de poca energía para liderar la agenda del expresidente. A veces parece como si sus “oidores” en los mentideros no estuvieran llevando el mensaje que entre marchas y reclamaciones está buscando el colombiano común. ¿Será por eso que casi nunca habla? Otra de sus características primigenias.

Algunos mandatarios en las democracias modernas fueron buenos presidentes y más bien regulares expresidentes, léase Álvaro Uribe. Otros fueron desacertados en el ejercicio del poder, pero en su retiro cumplieron un papel que los reivindicó, por ejemplo Belisario Betancur. Gaviria está a tiempo de pertenecer a esa línea de políticos que pueden alcanzar buenas calificaciones en ambos tiempos en el manejo de lo público. Como presidente 111 de Colombia logró sacar adelante la Constitución. Antepuso el Estado frente a la máquina criminal de Pablo Escobar y en lo económico adecuó al país a un innegable avance internacional en esta materia. Para unos fue bueno, para otros no, pero ejerció con la percepción de ser un jefe al mando de los colombianos y cuando se retiró cumplió un gran papel en la OEA.

Lo curioso es que un “animal político” de su talla no haya podido leer el destino actual de su rol: ¡unir al liberalismo de una vez por todas! Los tiempos para lograr una gobernabilidad con la actual administración cada día se estrechan, mientras que poder unificar los reductos liberales se ensanchan. Si Cambio Radical, la U, Colombia Renaciente, Movimiento “En Marcha”, Avancemos Bogotá y el Partido Liberal, que él lidera, se miraran frente a frente, encontrarían que no se avecina un mejor camino para ser otra vez una opción real de poder que la unión de una fragmentación de grupos donde ninguno es más poderoso que el otro. Cuando todos son pares, la negociación es menos compleja. Si hubiera un partido hegemónico, eso sería una adhesión.   

Los guiños a Alex Char, el manejo y experiencia política de Aurelio Iragorri Valencia y el reciente fenómeno que produjo Carlos Fernando Galán son hechos que le permiten a Gaviria oficiar de “pater familias” y lograr apuntalar un proyecto con nuevas ideas y liderazgos, que por medio de una sana emulación garantice un poderío en las próximas elecciones parlamentarias y, por qué no, con una consulta entre varios aspirantes, acariciar una esquiva presidencia desde 1994.

En esta nación legalista algunos propugnarán por la inviabilidad de esta unidad. Sin embargo, vale la pena recordar que esto es una decisión política y como tal puede tener instancias de este nivel que permitan tramitar su conveniencia y potenciar el debate político entre los colombianos y a César Gaviria salir a sus cuarteles de invierno con una victoria que hace rato no saborea ningún expresidente liberal. Ojalá no sea tarde.   

@pedroviverost

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