¡Cómo no quererlo!

Semblanza de Guillermo Cortés Castro, La Chiva Cortés, periodista y dirigente fallecido el viernes en Bogotá.

Guillermo Cortés Castro.  / Archivo - El Espectador
Guillermo Cortés Castro. / Archivo - El Espectador

_¡Acción!_, gritaba La Chiva Cortés por los corredores de la sede de la revista Cambio16 Colombia. _¡No piensen tanto y actúen!_, volvía a gritar ese viejo brillante, gruñón y bonachón que, así, ponía eléctrico a ese gran equipo de periodistas, vendedores de pauta y de suscripciones, auxiliares administrativos y contadores, y expertos en producción y distribución de impresos, que tenían que realizar el milagro semanal de inventarse de la nada, financiar y vender una espléndida revista que debía llegar a los suscriptores, aeropuertos y puntos de venta a una hora determinada.

Así, ayudándonos a empujar ese sueño, traté de cerca a Guillermo La Chiva Cortés, a quien había conocido muchos años antes porque era el mejor amigo de mi entonces gran amigo Daniel Samper.

La Chiva asesoraba a Daniel, quien representaba en la revista los intereses del español Juan Tomás De Salas, dueño en España del 100% de la legendaria Cambio16 y, en Colombia, del 51% de la Cambio16 nuestra, a través de una sociedad de la que también era accionista en un 30% el venezolano Nelson Mezerhane. Yo representaba el 40% de las acciones locales y, el otro 9%, estaba conformado por amigos que iban desde Carlos Vives y Nicanor Restrepo, hasta La Chiva y Daniel.

Cuando las finanzas y los resultados de Cambio16 Colombia se fueron complicando, no sólo por inexperiencia de la gestión local sino porque los españoles nos succionaban hasta el último peso, propuse a La Chiva como gerente, no obstante que era el mejor amigo de Daniel, asesor y representante de mi contraparte. ¡Tal sería la confianza que tenía en la capacidad de La Chiva y en su verticalidad! Y creo que no me equivoqué. En una situación de complicada crisis que se presentó entre los dos grupos, Guillermo siempre defendió los intereses de la empresa por encima de todo, nunca tomó una decisión que beneficiara a una sola parte y manejó a los españoles con una inteligencia, una entereza y un sentido del humor que desactivaba cualquier bomba atómica. Así, por ejemplo, al insoportable auditor español lo llamaba El Oidor, al representante de Juan Tomás en la junta directiva, El Virrey, y a Juan lo bautizó con el inmejorable apodo de El Rey León. A mis hijos menores, entonces de 3 y 5 años, a quienes yo llevaba a diario a la oficina con niñera, biberones y juguetes, les decía Los Palestinos porque, como ellos, tampoco parecían tener su propio lugar.

_¡No te pongas inteligente, mihijita!_, me decía, cuando se me ocurría alguna idea que a él no le parecía.

Sus frases eran memorables. Detrás de ellas siempre había una lección:

_¡No nos puede pasar lo mismo que a los del almacén Caravana, que perdían poquitico en cada venta pero vivían felices porque vendían muchísimo!

O esa otra frase que en las últimas décadas repetía cada vez con mayor frecuencia:

_¡Me llevó La Puve, mihijita!

_¿Y qué es La Puve, Chivita?

_¡La puta vejez! Hoy me duele esto, mañana aquello…

Y así, llevado por La Puve, lo vi la última vez, hace unos meses, cuando fue a almorzar a mi casa con su tanque de oxígeno en compañía de El Filósofo, como llamaba a Henry Moya, quien comenzó a trabajar conmigo cuando era un adolescente, llegó a ser subgerente de Cambio16 Colombia, y hoy es accionista de una importante distribuidora de celulares que gerencia con eficacia.

Ese día, como siempre, hablamos gratamente. La Chiva estuvo feliz, y Henry y yo aún más. Quedamos de repetir pronto el almuerzo.

-¿Qué ha sabido de La Chiva, Henry? Volvamos a almorzar con él-, le dije la semana pasada.

-Sé que ya no sale. Vamos a verlo-, repuso él.

Y en eso quedamos.

Y hoy, cuando lo llamé a contarle que La Chiva se había ido, le dije:

_¿Sabe una cosa, Henry? La Chiva era el representante de mi contraparte. Pero yo nunca pude verlo como a un enemigo.

En cambio, lo quise como a uno de mis grandes y sabios amigos.

-¡Adiós, Chivita, te vamos a extrañar! ¡Descansa en paz! Y ojalá a tu tumba siempre la adornen flores como esas que en El Zancudo, tu finquita de Choachí, donde una vez te secuestraron, cultivaste con tanto amor. ¡Cómo te las mereces!

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