Hacer historia… ¡o borrarla!

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No cesan las protestas por el nombramiento de Rodrigo Tovar, el hijo de Jorge 40, como coordinador de Víctimas de Mininterior. Cientos de ONG de Colombia y el mundo expresaron su rechazo y hasta Rafael Nieto masculló, desde las profundidades de la deep web, que el hecho constituye una “provocación innecesaria”.

Como nadie ignora, Jorge 40, un engendro desovado en la camada de la revolución parapolítica, confesó más de 600 crímenes, entre ellos la masacre de El Salado, una orgía de sangre que duró cinco días y dejó más de 60 muertos y decenas de mujeres ultrajadas, y tuvo como escenario principal una cancha de fútbol, un picadito con cabezas humanas, sazonado con trago y amenizado con narcocorridos y con el taque-taque-taque del helicóptero artillado del Ejército que se encargó de repeler el apoyo a la población de una columna de las Farc (nota: no soy fariano, ni trabajo para The New York Times ni creo que las FF. AA. estén conformadas solo por manzanas podridas).

El joven Tovar se defiende: tiene experiencia en trabajo con derechos humanos y repite que en Colombia no existen “los delitos de sangre”, ni siquiera cuando el torrente arrastra gruesos coágulos, pero los críticos le desempolvaron un trino donde aseguró que su padre era un héroe.

Con ese apellido y esa heroica genética, el tierno pichón califica para cualquier oficio, jefe del Esmad, verdugo de Servicios Especiales de Nicacio, primera oreja de la Operación Bastón, pero no para apoyar a las víctimas del conflicto.

Para ser justos, hay que reconocer que la “heroicidad” de los comandantes paramilitares no es un asunto nuevo. Claudia Gurisatti entrevistaba con reverencia al patriota Carlos Castaño en horario triple A, y el establecimiento en pleno le giraba chorros de oro para que lo defendiera de la guerrilla, y los obispos (una debilidad de Castaño) bendecían sus armas. Tampoco es una devoción caduca: el Gobierno aún no encuentra relación entre el accionar de bacrimes y exfarianos contra los líderes sociales, y el que muchos consideramos el Comandante Supremo de los paras conserva, maltrecho y todo, una fuerte influencia sobre la opinión pública.

En lo que respecta a la administración Duque, tampoco es nueva su afición por las decisiones incoherentes, como lo demostró al mantener a un negacionista del conflicto al frente del Centro Nacional de Memoria Histórica; al ratificar a la ministra Orozco luego de su desfase de un billón de pesos en un reclamo contra el Estado y al ministro Carrasquilla luego de sus reiterados torpedos contra la población más desprotegida; o al poner un cuarto sol en las charreteras del general Nicacio después de que The New York Times revelara la irresponsable circular que pudo haber reeditado la pesadilla de los falsos positivos.

Pero no creo que Duque tome estas decisiones para desafiar a la oposición ni para abofetear a las víctimas. No. Un subalterno de Uribe no puede despreciar a Pupo 40, ni a Pupito 30, ni a un paraco con charreteras como Nicacio. Aunque sabe que el modelo neoliberal hace agua, no puede desprenderse de la vicepresidenta, de Carrasquilla ni de Orozco, alfiles de Aval, grupo al que le debe todo. Como el 70 % de los colombianos de principios de siglo, como el 30 % de los de hoy, Duque simpatiza con las soluciones de fuerza y desprecia a las minorías, como buen discípulo del último facho.

Sabemos que un día soñó cambiar la historia del país. Hoy sabe que debe limitarse a borrar ciertos pasajes infames de esa historia por órdenes del genocida beato. En eso anda y pone en la tarea la diligencia que los correveidiles estilan.

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