“Hay principios que no estoy dispuesto a transar”: Juan Carlos Flórez

El historiador, tal vez el concejal más estudioso, respetado y querido de la ciudad de Bogotá, anunció su retiro definitivo de esa corporación. Deja entrever que podría significar también el retiro de la política nacional, al menos mientras lo reconsidera. Analiza la peligrosa presencia de los extremismos ideológicos en el mundo y en Colombia y habla descarnadamente, no de la corrupción, sino de que “la corrupción es el sistema”.

Juan Carlos Flórez cuenta: “El otro día, en un muy influyente club bogotano, unos señores decían: ‘es que Flórez no ayuda’. Usted comprenderá de qué ayudas se trata”. / Mauricio Alvarado - El Espectador

¿Realmente se cansó o existen motivos para no aspirar de nuevo al Concejo y no los quiere revelar?

La vida es un proceso de búsqueda y maduración. En el Concejo intenté dar lo mejor de mí sustentándome en tres principios: que la política es para servir, que no es para enriquecerse y atiborrarse de privilegios, y que solo el estudio riguroso de los asuntos públicos y su presentación argumentada hacen posible un debate público informado en el que tanto los ciudadanos como los políticos actúen de manera responsable. Hoy, esos tres principios están acorralados, casi en vías de extinción en la vida pública, no solo colombiana sino global. La democracia está siendo dinamitada por graves desaciertos que abrieron las puertas de par en par al regreso del autoritarismo en el mundo.

En el campo del autoritarismo, ¿cuál de los dos, el extremismo de derecha o el extremismo de izquierda, es peor para las libertades y los derechos?

Son igual de peligrosos. El mundo está en una situación similar a la que vivió entre guerras, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. En aquel entonces emergieron, con potente fuerza, dos autoritarismos: el nazismo y el comunismo soviético. Ambos sistemas sometieron las democracias occidentales a una intensa presión. Estas sobrevivieron casi de puro milagro porque los dos extremos tienen la capacidad de socavar la democracia. Pero en el caso nuestro, el principal responsable de esta situación es un régimen corrompido que dejó de resolver las preguntas vitales de sus ciudadanos.

Esa ola autoritaria, ¿cómo y de qué manera está presente en Colombia?

Está completamente presente en el movimiento que acaudilla el expresidente Uribe. Si uno buscara una comparación histórica en la propia Colombia, se podría decir que Uribe es el Laureano Gómez del siglo XXI. Y Laureano Gómez fue, justamente, un admirador de esa extrema derecha europea de entreguerras.

Volviendo a su decisión, ¿la desilusión por el curso de la política colombiana cuenta para su retiro del Concejo? En otras palabras, ¿se da por vencido?

Cuando yo era adolescente, hace ya muchos siglos, leí unos versos que me ayudaron a definir mi actitud frente al mundo. Fue en un ensayo de Neruda, Viaje al corazón de Quevedo, en que el poeta chileno citaba unos versos que Quevedo habría enviado al conde duque de Olivares, un arrogante aristócrata español:

No he de callar por más que con el dedo

Ya tocando la boca o ya la frente

Silencio avises o amenaces miedo.

La lección es que, frente a los poderosos de este mundo y sus atropellos, no hay que darse jamás por vencido. La política es solo una de las formas a través de las cuales uno se realiza como ciudadano.

¿Dejar el Concejo significa el retiro total de la política o buscará otros escenarios públicos?

Cada vez que un ciudadano tiene una opinión frente a los asuntos públicos está haciendo política. La desgracia de Colombia es que un grupo se apoderó del monopolio de la política y lo convirtió en coto exclusivo de caza para sí, sus mujeres, sus amantes, sus sobrinos, sus nietos, sus bisnietos. El peso y costo de la política activa es desmesurado y su eficacia es casi nula. ¿Recuerda el nombre de algún político suizo? En las sociedades que marchan bien, el peso de los políticos es modesto. En las sociedades que funcionan mal, ese peso es desmesurado. ¿Por qué será?

Desde afuera, el Concejo se ve como un escenario clientelista en el que se prefieren los intereses particulares al general. ¿Esa imagen corresponde a la realidad o es injusta?

El Concejo es solo un engranaje de un sistema más grande. Pensemos en la alianza criminal entre la multinacional de la corrupción Odebrecht y la empresa Coviandes, propiedad del megacontratista Sarmiento Angulo. Mire usted cómo el Gobierno nacional ha pedido —a través de la vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez— las sanciones más duras para Odebrecht mientras, en cambio, guarda vergonzoso silencio frente a Coviandes. Y ni hablar del desastre de la Vía al Llano, en que Sarmiento es el contratista intocable. La relación entre política y negocios, entre grandes negocios y el financiamiento de la política, tiene al borde de la destrucción la poca democracia que habíamos conquistado en Colombia. Hoy, la corrupción es el sistema.

¡¿La corrupción es el sistema?! Tremendo lo que usted dice. ¿Quién o qué puede con este monstruo? ¿O nos ganó el sistema corrupto?

Me ratifico en ese diagnóstico, que es crudo. Lo reconozco, pero es el más realista. Y justamente por eso puede servirnos como instrumento para buscar la solución, que consiste en partirle el espinazo a la relación de los políticos con los contratistas. Toda la vida hemos dicho que hay que desmontar el clientelismo. Y lo que realmente tenemos que desmontar es el tipo de Estado que sirve de instrumento a los contratistas. En el juicio a los Nule, por ejemplo, se reveló que estos tenían poder en el Congreso para hacer aprobar normas de contratación favorables a ellos y sus negocios. Esa es la raíz de este sistema dañino.

Los ciudadanos observamos que en la política nacional cambian rostros, pero nada o casi nada más. Y se puede probar que los “malos” tienen todas las de ganar. ¿Comparte este punto de vista?

Hace unas tres semanas tomé un taxi y el conductor me dijo, con suprema brillantez, algo que me dejó anonadado: que si Pablo Escobar hubiera sido en verdad inteligente, no habría sido narco sino político y que, de haber sido así, hoy sería un hombre temido y respetado, probablemente expresidente. Me quedé sin palabras ante una lógica tan impecable como abrumadora. Hay un cuento en Italo Calvino, en el que Alí Baba y sus 40 ladrones ya no se esconden en las cuevas y, en cambio, la gente buena es la que tiene que ocultarse allí. Así es el mundo que nos tocó vivir. La gracia de la vida es que las cosas siempre pueden cambiar.

¿Ha hablado con algunos de los candidatos actuales a alcaldías y gobernaciones? Algunos de ellos tendrán interés en que los acompañe...

Soy un observador de las elecciones de octubre, perplejo por el vergonzoso nivel del debate a la Alcaldía de Bogotá. Los candidatos se han degradado en una espiral de insultos y chismorreo mutuo. Mientras tanto, millones de bogotanos tenemos la duda de si tienen la enjundia para volver a mover una ciudad ahora en franco retroceso.

¿Se refiere a todos los candidatos que, en los pocos debates que se han visto, se han agarrado unos con los otros, o a alguien en particular?

No. Me refiero a todos, pues asistimos a un proceso de degradación colectiva del que no se salva nadie.

¿Tiene simpatía por alguno de ellos?

Hasta hoy, al igual que muchos bogotanos, no logro distinguir, en medio del agua sucia que se lanzan día a día los candidatos, cuáles son las propuestas que tienen para los abrumadores problemas de la ciudad. ¿Cómo puede uno pretender inspirar a millones si no puede contener sus pasiones?

Recientemente se han comentado los trinos de ida y vuelta entre Claudia López y Petro, a tal punto que ella, que cuenta con notable ventaja en las encuestas, puede desgastarse. ¿Le daría un consejo?

¿Será que oye? (risa). Me sorprende, eso sí, que con una mente tan brillante esté empeñada en arruinar sus posibilidades de ser la alcaldesa de Bogotá.

Me han dicho que se ha reunido con Sergio Fajardo después de que este anunció su decisión de aspirar a la candidatura presidencial en 2022. ¿Han sido reuniones políticas o personales?

Sergio Fajardo es un amigo de tiempos inmemoriales, cuando ninguno de los dos se imaginaba que estaría algún día en la política. Para mí, siempre es muy placentero conversar con él, algo que hemos hecho ininterrumpidamente durante años. Él, que era un matemático consagrado y un profesor muy respetado en la Universidad de los Andes, se convirtió en un exitoso hombre público sin dejar de ser profesor. De forma independiente de la política, que divide a las personas de manera tan dañina, con Sergio siempre nos reencontramos como personas que, por fortuna y aunque podamos tener posiciones distintas en política, disfrutamos de la amistad que nos une.

¿Eso qué significa? ¿Va a estar en la futura campaña presidencial de Fajardo o no?

El panorama es aún muy confuso frente a la contienda de 2022. La pregunta central es si el país le apostará a una visión que pretende regresarnos al pasado o no. Estaré atento a lo que propongan los pretendientes presidenciales, entre ellos Sergio Fajardo. Yo, ¿creer, creer?, en Dios. En los seres humanos confío. Pero, como santo Tomás, soy por naturaleza incrédulo. Así que esperaré a ver qué proponen los diversos candidatos.

Un paréntesis: me sorprende, entre otras razones porque usted se formó en Rusia, su fe cristiana. ¿De dónde o cómo surge, siendo, como dice usted, un incrédulo?

De mi hogar. Mis padres, a los que perdí muy temprano, hicieron una magnífica combinación: nos enseñaron a cultivar la libertad de pensamiento y a la vez, teniendo ambos una fe íntimamente profesada y sin aspavientos públicos, nos la transmitieron. En cuanto a mí, hará unos diez años me reencontré con esa fe cuando nuestra familia vivió un momento muy doloroso debido a la muerte de una de nuestras hermanas menores, Beatriz, una mujer inteligente, bella y de gran corazón que se nos fue en la flor de la vida.

Usted es historiador y en su ejercicio público se ha caracterizado por mantenerse alejado de castas y partidos tradicionales. Pero en esa tarea se le ve muy solo.

Frente a los grandes intereses que hoy mangonean en la política, es verdad, estoy solo. El otro día, en un muy influyente club bogotano, unos señores decían: “Es que Flórez no ayuda”. Usted comprenderá de qué ayudas se trata. Hace muchos años se realizó una película mexicana, La ley de Herodes, y dicha ley reza: “el que no transa, no avanza”. En Colombia, los gobiernos han sido los principales corruptores. Al sobornar para comprar apoyos destruyeron el control político y generaron una casta política a la que le interesa un pepino lo que piensan los ciudadanos, porque se elige con el poder corruptor del voto comprado. Y su ley es que el que transa, avanza.

Hace unos veinte años, siendo muy joven, usted se presentó para ser elegido alcalde de Bogotá. ¿Aspiraría de nuevo a ese cargo?

Esa fue una experiencia magnífica. Aprendí muchísimo. Una buena campaña, realizada con profesionalismo, es un gran entrenamiento para gobernar bien. Pero, insisto, hay principios que no estoy dispuesto a transar y las campañas valen unas platas tan inmensas que termina uno hipotecado a algún poderoso interés, bien sea innombrable o nombrable, pero cuyos efectos muchas veces son igual de dañinos.

¿No hay forma de ganar elecciones sin los poderosos o los ricos?

Hice un experimento: mi pasada campaña para el Concejo fue de costo cero. Logré obtener más de 34.000 votos y no le reclamé ni un solo peso al Estado. Pero la Alcaldía de Bogotá está conectada con intereses inmensos. Un ejemplo: ¿cuánto vale el cambio de uso de suelo para construir Lagos de Torca, en el norte de la ciudad? Los alquimistas pretendían convertir cualquier cosa en oro. En el caso de Lagos de Torca, la tierra se vuelve oro. Comprenderá que, bien sea que los intereses sean legítimos o ilegítimos, con el tipo de política que se practica actualmente, que es muy cara, usted tiene también que buscar plata legítima o ilegítima. Y esas platicas aportadas no son gratuitas.

Sinceramente, y después de dos décadas dedicadas al servicio público, ¿cree que valió la pena, que el país y Bogotá avanzaron, que el presente es mejor que el pasado?

La ciudad y el país no se hunden, porque millones de personas salen todos los días a trabajar, a hacer empresa, a educarse, a crear cultura. Y ese proceso es imparable. Hoy el principal freno para el desarrollo de la ciudad y el país es una clase política anacrónica y un grupo dirigente que usa a esa clase política para agenciar sus estrechos intereses. Pero no hay que perder la fe: el momento más oscuro de la noche se da justo antes del amanecer. Está en nuestras manos que ese amanecer llegue más temprano.

Buscando nuevos caminos

Usted anunció, en su cuenta de Twitter, que no regresa al Concejo de Bogotá ¿Por qué decirlo, vía digital? ¿No  era mejor informarlo de otro modo?

En diversos eventos ya había adelantado que no pensaba perpetuarme en mi trabajo de concejal. El foro más grande que existe, hoy, es el electrónico y para no dejar lugar a dudas, les confirmé a los ciudadanos mi determinación, en un corto video. Como me muevo exclusivamente a pie y en transporte público, el contacto diario con la ciudadanía es otra   manera de comunicarme con ella. Como sabe, relacionarse en las calles y plazas fue el origen de los sistemas democráticos antes de que se inventaran las camionetas blindadas con vidrios polarizados (je, je).

¿A qué dedicará su vida ahora? La universidad ha sido un espacio ligado a usted…

Dios me concedió el don de la curiosidad y cierta disciplina para cultivarlo. No tengo aún la ruta precisa de lo que haré, pero creo que esta es una época de transición y que, por tal razón, nuevas ocupaciones antes impensadas, se abren ante uno. Hay un libro reciente,  Range, de David Epstein, que plantea que hay dos caminos, el de una temprana especialización y el de una especialización tardía. Sospecho que me ubico en esta segunda categoría (sonrisa). El autor dice: The most important learning looks inefficient. Y eso me pasa, hoy, a mí, afortunadamente.

Empatías y antipatías con los alcaldes Mockus y Peñalosa

Recuerdo su cercanía con algunos personajes políticos de Bogotá de quienes luego se alejó. Por ejemplo, Antanas Mockus y Enrique Peñalosa ¿Qué piensa ahora de ellos y de sus gestiones públicas?

Mockus me impacta, hoy, por su denodada lucha contra una enfermedad que requiere de una gran entereza de espíritu para no ser avasallado por ella. Peñalosa se quedó en el pasado y tiene como objetivo supremo  inundar de buses la ciudad que debía gobernar para todos y no para sus obsesiones. Él no comprendió el desafío inmenso de una catástrofe climática, en ciernes, sobre las ciudades. 

¿Qué pasó con la empatía que parecía haber entre Peñalosa y usted?

Cuando Peñalosa apareció en el escenario bogotano, se presentó como modernizador. Pero en las dos últimas décadas se destapó como un político muy tradicional y de extremo conservadurismo en su visión del mundo. Creo que si uno no se adapta al cambio, se convierte en un obstáculo para ese cambio. Eso le ha ocurrido al alcalde Peñalosa.

 

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2019-08-17T21:00:00-05:00

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2019-08-17T21:00:02-05:00

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Cecilia Orozco Tascón / Especial para El Espectador

Política

“Hay principios que no estoy dispuesto a transar”: Juan Carlos Flórez

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