Imperdonable

“El teatro es uno de los más expresivos y útiles instrumentos para la edificación de un país y el barómetro que marca su grandeza o su descenso. Un teatro sensible y bien orientado en todas sus ramas, desde la tragedia al vodevil, puede cambiar en pocos años la sensibilidad del pueblo; y un teatro destrozado, donde las pezuñas sustituyen a las alas, puede achabacanar y adormecer a una nación entera”. Vale la pena recordar estas palabras de Federico García Lorca ahora que los grupos de teatro colombianos se están viendo abocados, en razón de la pandemia y por falta de ayudas oportunas del Estado, a cerrar sus salas y a que mueran por inanición compañías con trayectorias de casi 50 años, como La Candelaria o el Teatro Libre, u otras más jóvenes pero igualmente meritorias.

Como director de Colcultura, Ramiro Osorio lideró la iniciativa de Salas Concertadas, que se proponía garantizar el funcionamiento permanente de las salas, dado que las entradas por taquilla del teatro de repertorio o de autor —a diferencia del puramente comercial— no alcanzan para cubrir sino una parte de los gastos requeridos. Los auxilios que se otorgaron en ese momento incluían gastos de administración, aseo, seguridad. Desafortunadamente, problemas con la implementación de estas políticas llevaron al Ministerio de Cultura a cambiar el sentido inicial de esa iniciativa, y los recursos se destinaron sólo a convocatorias para producción de obras. Si un grupo no gana la convocatoria, no hay auxilios.

El hecho es que mientras dure la pandemia los teatros no podrán abrir. Y que los grupos sólo pueden acceder a la ayuda del Ministerio para producir obras, una tarea absurda mientras el grupo de actores no pueda reunirse a ensayar, y una quijotada si se piensa que, una vez se presenten las obras, el público no podrá exceder las 50 o 70 personas, algo que no resultaría ni siquiera sostenible. Mientras tanto, como las casas abandonadas, los teatros se deterioran, se debe prescindir del personal administrativo y no hay con qué pagar servicios. ¿Que se “reinventen”, como dicen ahora? Pues eso es, en esencia, imposible, porque si bien se puede recurrir a lo audiovisual mientras pasa la emergencia, la naturaleza del teatro reside en ser un arte “en vivo”, que garantiza que no hay dos funciones idénticas y cuyo aliento nace de la interacción entre público y actores.

¿Tendremos que ver a los actores convertidos en rebuscadores, en taxistas o en repartidores a domicilio? ¿Y que las hermosas salas, sostenidas a pulso, se conviertan en iglesias pentecostales o en bares? En momentos de crisis la flexibilidad y la imaginación tienen que ser los recursos salvadores. Imposible que el Ministerio de Cultura —que ya ha dado ayuda a los museos— no pueda modificar transitoriamente una norma interna para evitar la desaparición de muchas salas. “Un pueblo que no ayuda y no fomenta su teatro, si no está muerto, está moribundo”, dice Lorca. Y un Estado que se desentiende de él no sólo evidencia falta de voluntad política, sino una insensibilidad y una incomprensión imperdonables.

Adenda. ¿Cómo se justifica, en tiempos de austeridad, que cinco o seis soldados custodien permanentemente la vivienda de un exministro que dejó su cargo hace ya muchos meses?

 

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