Íngrid: su muy personal lado francés

En este país creció al lado de una nana, estudió en los mejores colegios y universidades e hizo amigos poderosos. ¶ Ahora tiene mejor imagen que una presidenciable como Segolene Royal. <p>Editores y productores están a la espera de que les venda derechos para libros y películas.</p>

Una joven morena, aindiada, de cabellos negros, esbelta, sencilla y elegante, vestida con un largo abrigo oscuro y una bufanda rosada se despide en los andenes de la estación de trenes del norte de París de una pareja de colombianos, se nota que ellos son de allá pues llevar al hombro mochilas arhuacas.

En ese invierno del año 2000, la senadora Íngrid Betancourt sólo es conocida en Francia por un puñado de periodistas. El semanario Nouvel Observateur había publicado una semblanza suya, presentándola como una ascendente líder colombiana, ex alumna de la Escuela de Ciencias Políticas de París, institución universitaria de rango internacional que la había preparado “en una perspectiva pluridisciplinaria e internacional”. Esto lo hizo tras el asesinato de Luis Carlos Galán.

La muchacha colombiana que me acompañaba ese día mientras despedíamos a Íngrid, quien viajaba a Bruselas para la promoción de su recién publicado libro La rage au coeur (‘Con el alma en furor’), la conocía desde niña, pues su mamá había sido durante un tiempo “la nana” de la futura senadora a fines de la década de los 60, en el distrito XVI de París, cuando Gabriel Betancourt, el padre, debutaba como embajador de Colombia ante la Unesco. La señora nana, también bogotana, acompañaba a las “chinas” cada mañana hasta la puerta de la escuela primaria católica privada Lubeck.

Habían pasado más de 30 años y la “niña bien”, “la hija de diplomáticos”, “producto de la élite colombiana”, se había convertido en senadora. Ese día en la estación de trenes tenía los ojos rojos, estaba delgada, febril, parecía no haber dormido mucho en los últimos tiempos, se veía agotada. Su rostro algo huesudo y preocupado y su abrigo negro me recordaron algunos retratos de Simón Bolívar, en sus palabras se notaba que era muy consciente del papel que estaba comenzando a jugar. Iba a dar batalla. ¡Sí! “Cambiar el mundo mediante la política, hablar de política, pero no meterse en esa política que consiste en cómo hacer que nombren embajador a un primo tuyo”, diría.

Ella había llegado a París para el lanzamiento de su muy novelesca autobiografía, donde cuenta los primeros 40 años de su vida. La entrevisté en las oficinas de la editorial XO, situadas en la torre Montparnasse. Al saber que era para la Agencia France-Presse y sus declaraciones podían llegar a los principales medios de Colombia me dio como primicia “una chiva”: el anuncio de que sería  candidata a la presidencia.

La entrevista se borró ya de la memoria de los computadores, pero tres años después de haber sido secuestrada por las Farc, su hija Mélanie Delloye-Betancourt, de 20 años, estudiante en filosofía y ruso, en una entrevista con la revista de la Asociación de Egresados de Sciences Po, recordó el día en que su madre lanzó su candidatura en Colombia: “Estaba rodeada de fotos de tamaño natural de generales, comandantes de las Farc, del Eln, paramilitares; y les dijo a los periodistas: los invito a un viaje hacia el futuro.


Si soy elegida presidente haré todo lo que sea para que los actores del conflicto colombiano se sienten alrededor de una misma mesa de negociaciones, y que no dejemos de hablar hasta que se haya resuelto ese problema que mata a nuestro país”.

La revista trimestral de la Asociación de Egresados de la Escuela de Ciencias Políticas de París, llamada Rue Saint-Guillaume, el nombre de la calle donde funciona, dedicó la portada de su número de septiembre 2005, con un dossier “Frente al terrorismo”, a “IB”, con las iniciales que firmaba ella los breves correos electrónicos que nos envió desde Bogotá. Sus ojos negros tienen en esa fotografía, que permaneció varios meses en la sala de honor de Sciences Po, una luz serena y confiada.

“Aquí en la Escuela de Ciencias Políticas admiramos mucho a Íngrid; por su combate, su valentía, su inteligencia, ella pudo pasar a la acción al salir de aquí, a la verdadera acción política. Qué suerte poder intentar aplicar lo que aprendimos, ella no se quedó con los brazos cruzados”, me dice Florence Maignan, jefe de redacción de la revista.

Después de estudiar su bachillerato en el Liceo Francés de Bogotá, Íngrid Betancourt volvió a París en 1980 y a los 18 años pasó el difícil concurso para ingresar en Sciences Po, la universidad donde se aprende “a gobernar”, desde el primer ciclo hasta el doctorado, con materias como historia, derecho internacional, ciencias políticas, economía, geografía, sociología.

Optó por las especializaciones Economía internacional y Problemas del tercer mundo. La revista publicó fragmentos de “una tarea” suya de segundo año, un texto en el que debía responder a la pregunta “¿Es razonable creer en un futuro mejor?”.

“Creer en un futuro mejor... habría antes que todo plantearse la pregunta: ¿futuro mejor para quién? Está claro que la respuesta no será la misma si proviene de un miembro de los setenta y siete países en vías de desarrollo o de un francés.

También será  necesario determinar la clase social a la que pertenece: entre la suerte de un campesino colombiano y la de un burgués europeo, la diferencia es bien grande (...)  todos sabemos que un futuro mejor en el mundo sólo es posible con una transformación profunda de las tendencias actuales: pauperización, explosión demográfica en los países más pobres, carrera armamentista... Creer en un futuro mejor sólo es posible con la conciencia de un esfuerzo individual provechoso para la colectividad. Se trata entonces de construir ese futuro mejor y no contentarse con creer sin actuar”. Así pensaba Íngrid a los 19 años.

La vida es sueño, las culebras en la política

Ahora, en 2008, ha pasado más de una semana desde su espectacular reaparición. Está agotada de dar entrevistas, se va pronto al santuario de Lourdes a dar gracias a la Virgen, tiene una agenda de jefe de Estado, pero sin los medios que acompañan esas funciones. Este domingo se reune con el secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, y el 20 de julio presidirá una marcha en París a la que asistirán quizá Juanes y Manu Chao por los otros rehenes que aún siguen enterrados en “el ataúd vegetal” de las prehistóricas selvas colombianas, como dijo en una entrevista este viernes para el diario Libération.

“Poder oír la radio en el monte la ayudó a soportar. Ella se estaba pudriendo en la selva, pero sabía también que era la mujer que el mundo entero echaba de menos, la mujer que el mundo añoraba”, comenta en una entrevista el psicoanalista Jacques Alain Miller, yerno del gran Lacan, quien dicho sea de paso tiene la bella teoría de que “todos deliramos a veces”.


“En el momento en que fue secuestrada aspiraba a la presidencia de Colombia, y sólo obtuvo el 1% de los votos. Seis años de calvario la convirtieron en una superestrella, en alguien  igual a todos los presidentes, el ídolo de las muchedumbres, el Papa espera su visita. Lo que ella buscaba en vano por fin lo ha encontrado. ¡Bingo! “Ella coincide maravillosamente con su ‘yo ideal’, lo que explica su extraordinario aplomo”, añade el psicoanalista.

“Íngrid, usted conmovió el alma de todos los franceses”, le dijo el ex presidente Jacques Chirac al recibirla el jueves.

El semanario satírico Le canard enchaîné le dedica también su portada, aunque lo hace para burlarse del ex primer ministro Dominique de Villepin y del presidente Sarkozy.

“Si supieras todo lo que he tenido que aguantarme en esos siete años”, dice en una caricatura Villepin a Íngrid Betancourt. El ex primer ministro, que tenía ambiciones presidenciales para las elecciones que finalmente ganó Sarkozy en 2006, cayó en desgracia entre las filas de la derecha francesa al verse envuelto en un escándalo que pretendía desprestigiar a su rival, el hoy Primer Mandatario.

Por esta bronca entre ellos, Villepin por supuesto no se apareció el día del fastuoso recibimiento a Íngrid, pero los reporteros de Le Figaro se enteraron del lugar donde la alumna y el profesor estaban almorzando el domingo y captaron sus sonrisas y el destello de la primera copa de vino para sus labios en siete años.

“Sarkozy carbura con la heroína colombiana”, dice el semanario en su titular a ocho columnas jugando con el doble sentido de la palabra, sosteniendo que el presidente cuenta con la presencia de Íngrid Betancourt la ha invitado a la tribuna de honor del desfile militar del 14 de julio en los Campos Elíseos para subir unos puntos en los sondeos sobre su popularidad.

Las alusiones “al polvo colombiano” aparecieron hace días por donde menos se esperaba, en una canción de Carla Bruni, la artista esposa de Sarkozy, quien en una de las letras del disco que acaba de lanzar compara a un amante, en forma velada, con los efectos perjudiciales de la cocaína.


Íngrid ha anunciado en París que escribirá una obra de teatro sobre su terrible experiencia de cautiva en las junglas colombianas, y algunos literatos colombianos residentes acá creen que la ex senadora, amante de la literatura griega antigua, podría inspirarse en Las traquinias, de Sófocles, donde se relata el desastre que fue para Hércules el haber secuestrado durante varios años a Lolé.

La popular revista París Match que trae siempre grandes reportajes estilo Life y crónicas y chismes sobre la gente del jet set internacional publica un número especial sobre su caso, dedicándole 40 páginas con numerosas fotos de su juventud dorada en París y en Colombia, de compras o montando a caballo.

Íngrid pasó “del cambuche” un habitáculo informal y precario en la selva al palacio presidencial francés, el Elíseo. La foto de su rostro sonriente está por todas partes, en los miles de kioscos de periódicos de las calles y las estaciones de trenes de Francia

“La toma de rehenes se inscribe en la gran gesta trágica de nuestra época (...) Súbitamente, porque uno a su pesar representa un valor de cambio y de regateo, puede ser cosificado, transformado en botín negociable.

Y la desgraciada víctima pasa sin transición, como el héroe de La vida es sueño de Calderón, del palacio a la mazmorra, sin comprender por qué (...) Íngrid Betancourt nos da el ejemplo reconfortante por su resistencia durante esos largos años de cautiverio del rehén que por su fuerza de carácter domina a la adversidad y a sus verdugos”, escribe uno de los editorialistas de París Match, el académico Jean-Marie Rouart.

Algunos analistas han destacado que el interés sincero de millones de franceses por la suerte de Íngrid ha servido para conocer más a Colombia, planteándose de manera tácita la posibilidad de que la ciencia política francesa moderna pueda exportarse, así como viajan hoy en día los conceptos médicos más allá de las fronteras.

Lo que sí está más o menos claro es que desde la época de Montaigne, en el siglo XVI, que describió la vida inaudita en las selvas amazónicas de Brasil, en la Francia poscolonial, se cree que en los Estados cuyo territorio aún hay muchas junglas conviven las eras humanas con sus dolorosas contradicciones: la modernidad y la prehistoria (comedores de culebras sí, de hormigas culonas, sí, de micos, sí) donde impera el miedo a las arcaicas y modernísimas armas, mientras la mayoría civil busca el confort y la protección de las ciudades... desea respeto a su vida, leyes justas para todos y oportunidades de gozar.

 

 

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