Manual para desenterrar la memoria

Identificar los restos de desaparecidos es el oficio de Luis Fondebrider, miembro del Equipo Argentino de Antropología Forense. 24 años de trabajo y 35 países dan cuenta de su esfuerzo.

Durante 24 años, Luis Fondebrider ha buscado señales que le ayuden a ponerle nombre y rostro a los muertos. Es parte del Equipo Argentino de Antropología Forense, y va por la vida encontrando las respuestas a ese tipo de preguntas que por lo general aparecen cuando en la  noche se apaga el televisor y  se escucha hasta el rozar de la cabeza contra la almohada: ¿Cómo lo mataron? ¿A qué horas? ¿Cuánto sufrió durante la tortura?

Llega esta semana a Colombia a participar en el Seminario Internacional sobre Desaparición Forzada, luego de pasar tres semanas en España, recolectando muestras de ADN, como parte de la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas: una campaña de recolección de 4.000 muestras de sangre para identificar a 600 esqueletos anónimos, exhumados en los últimos años, algunos de los cuales podrían ser españoles, o haber tenido familiares  en la península.

Fondebrider es un particular  narrador, recompone historias, fragmento a fragmento, recuperando desaparecidos; sólo en Argentina hay diez mil en total, se calcula que se  desvanecieron durante la dictadura militar, entre 1976 y 1983. Tiempo remoto, dirían algunos, ¿para qué molestarse? Pero para Fondebrider, la angustia de la espera no es correlativa con afán del político, y afirma que “seguramente es difícil resolver todos los casos, pero nadie tiene derecho de decirle a un familiar: su caso no se va a resolver”.

Cuando se trata de su trabajo, a Luis no le gusta aparecer como protagonista. “Las estrellas de esta película son las víctimas y los familiares, no son ni los jueces, ni los políticos, ni los antropólogos”, reza enfático. Tampoco se trata de una acción individual, es un gran esfuerzo colectivo, de 40 antropólogos –39 argentinos y una española–, que ha trabajado en 35 países, y hoy sigue alerta: en Chipre y Sudáfrica, Timor Oriental y Chile, Bolivia y México.

Allí donde la guerra o la tiranía se llevaron al hermano, o a la novia, al tío o al abuelo, y dejaron  tras de sí una estela de silencio;  allí llega el EAAF, con un juicioso guión: excavar una tumba olvidada; recomponer los fragmentos del cadáver; contar, con esto, su historia. Y luego entregársela a los familiares y a las autoridades; entregas urgentes ambas, para invocar a la verdad y a la justicia.

Con paciencia, Luis y el Equipo han logrado identificar 300 muertos de la dictadura argentina. O lo que es lo mismo: le han permitido a 300 familias por fin decir: “¿Vieron que no era mentira? No se había ido de paseo, no se había escapado…”.

¿Y cuántos han logrado identificar en el resto del mundo? “No sé, no llevamos la cuenta”. Porque la cuenta no es importante, porque falta tanto por desenterrar, que cada rostro es una victoria.

Importa más el papel que juegan los familiares en el proceso. Deben estar al tanto, tener información de primera mano. Cada exhumación es una oportunidad única, ritual, en la que los familiares se reencuentran por fin con el cuerpo perdido. Muchas veces, incluso, se convierten en miembros ad hoc del Equipo: “En lugares campesinos o indígenas, la gente del pueblo nos ayuda con el trabajo más pesado (las palas, las picas). Y en algunos casos, participan incluso en la limpieza de los restos. Como alguna vez en Irán, donde un señor pidió con mucho respeto que nos quería ayudar, porque era lo mínimo que podía hacer por su hijo desaparecido”. Delicadamente, el anciano kurdo limpió con una escobita el cráneo de quien sospechaba era


su hijo, mientras una antropóloga del Equipo lo sostenía en sus manos. “Para la familia este es un momento importantísimo, porque muchas veces no saben quién está enterrado… y es la única posibilidad que tienen de ver por primera vez un cuerpo que puede llegar a ser el de sus hijos…”.

Veintisiete mujeres ya identificadas en Ciudad Juárez, México, tras la misteriosa matanza de hace un par de años; el cuerpo del Che Guevara, abaleado en las montañas de Bolivia; Azucena Villaflor, fundadora de las Madres de Plaza de Mayo, y el hijo del poeta argentino Juan Gelman, son algunos de los muchos cuerpos rescatados del anonimato por los miembros del Equipo Argentino de Antropología Forense.

De tumba en tumba

En 1983 eran sólo un grupo de amigos estudiantes de Antropología, que se costeaban su carrera con oficios de medio tiempo. Luis tomaba fotocopias y mataba cucarachas en una empresa de fumigación. En el salón de clases,  aprendían técnicas arqueológicas de exhumación, y fuera de éste hacían parte del movimiento de Derechos Humanos que emergía con ímpetu en la Argentina democrática. En los cafés de buenos Aires se reunían a arreglar al país, “como solemos hacer los argentinos”; era lo más cerca que se encontraban de lo que después sería su misión: “ayudar a los familiares de desaparecidos a cerrar un círculo de dolor”.

La cotidianidad cambió con la llegada a Buenos Aires de un Equipo de siete médicos, entre ellos un antropólogo forense, que venían a acompañar a las organizaciones sociales durante los primeros años de posdictadura. El antropólogo se llamaba Winter Snow, no hablaba español, y su traductor, Morris Tidball, parte del grupo de estudiantes, serviría de puente para que los jóvenes  universitarios participaran en su primera exhumación.

“El doctor Snow les pidió ayuda a los antropólogos argentinos, pero ellos le dijeron que no. Por eso, a través del traductor, nos enteramos que había un gringo que hacía exhumaciones”, recuerda. “Varios nos acercamos, lo pensamos un día, y con mucho temor, realizamos la primera exhumación en un cementerio a las afueras de Buenos Aires”.

Desenterraron los restos y salieron hacia la morgue. Allí aprenderían a la fuerza que trabajar con forenses oficiales no siempre es fácil, mucho menos cuando están comprometidos con estamentos del poder; y que no todas las veces el cuerpo que exhumas resulta ser el de la persona que buscas. “Terminamos muy conmovidos, muy cansados. Y dijimos, ‘esto no lo hacemos más’ ”.

Snow se fue. Pasaron seis meses. Y a su regreso, lo hicieron de nuevo. Durante ese período, después de la frustración inicial, se acercaron más al movimiento de derechos humanos. Intimaron con familiares de desaparecidos, y descubrieron el mundo desordenado de las exhumaciones estatales: “Vimos que las hacían masivamente, sin ningún control, pocas veces se identificaba a alguien”. Eran restos arrumados en bolsas plásticas: “Los familiares estaban desesperados. Fueron ellos los que nos motivaron a volver a hacerlo”.

Otros se unieron. Dos años después tendría nombre y personería jurídica: una organización sin ánimo de lucro, cuyos fondos y salarios eran comunes, y que en poco tiempo fue conocido en los más distantes territorios. Ya en 1991, habían ido a Chile, Bolivia y Centroamérica, adonde llegaron durante un conflicto que no dejaba de escupir fosas; y luego a Colombia, donde


trabajaron con la organización de familiares desaparecidos, Asfaddes, y la Universidad Nacional. Hoy, 24 años después, el Equipo tiene un inventario de 35 operaciones realizadas en el mundo.

Lo mismo y lo diferente

El libreto del Equipo tiene tres actos: una recolección previa de historias e información, que reconstruyen de antemano para acercarse lo más posible a las circunstancias que rodearon la desaparición. Una vez se identifica la fosa, la arqueología hace su aparición para recuperar. Éstos van al laboratorio, donde comienzan a aparecer las respuestas, que  son entregadas finalmente a los organismos oficiales.

“La parte final es la más frustrante del trabajo. Muchas veces podemos encontrar una persona, saber cómo murió, probar que fue ejecutada, pero después, por diversas razones judiciales y políticas, no se hace nada”. Esa, dice Luis convencido, “es la asignatura pendiente de muchos de nuestros países”.

Aunque no ha hecho parte de todas las misiones del Equipo, Fondebrider ha observado, como pocos, las maneras como los Estados, las naciones, buscan la verdad sobre aquellos a los que desaparecieron. Sostiene que el dolor, la angustia y la incertidumbre son las mismas en todos los rincones, y recurrentemente se encuentra con que el Estado y las familias, viven en dos tiempos disociados: “Las Comisiones de la Verdad muchas veces asumen dos o tres años de investigación y luego eso termina. Pero todos los familiares del mundo, más allá del paso del tiempo, quieren saber qué pasó con sus seres queridos”.

Hay en todo esto, una profunda convicción por parte del Equipo: cada cuerpo debe contar una historia; los restos no pueden ser tratados como arrumes colectivos. Así van poco a poco, propiciando paradójicos encuentros: donde el dolor y el alivio, se funden en la recuperación de un nuevo cuerpo. Ecuación donde la verdad reemplaza a la incertidumbre, y en la que queda siempre pendiente una última espera: la lenta e  incierta llegada de la justicia.

En busca del rastro

Luis Fondebrider es uno de los invitados a hacer parte del Seminario Internacional Sobre Desaparición Forzada, Sin Rastro, que arranca el próximo miércoles en el auditorio Félix Restrepo de la Universidad Javeriana, en Bogotá. Al evento también asistirán el juez español Baltasar Garzón, Martha Ocampo, de la organización Madres de la Plaza de Mayo y Viviana Díaz Castro, de la Agrupación de Familiares de Desaparecidos de Chile.

Los desaparecidos en Colombia

En 1991, Luis Fondebrider y el Equipo Argentino de Antropología Forense llegaron a Colombia como talleristas, invitados por la  Universidad Nacional y  la Asociación de Familiares de  Detenidos Desaparecidos os (ASFADDES), que   desde 1977 le pide a el Estado respuestas por  25 mil desapariciones forzadas.


Regresaron varias veces: como observadores de la exhumación de víctimas del Palacio de Justicia, en 1998; como asesores  del CTI y del Instituto de Antropología Forense de Medicina Legal, y como parte de  la comisión de  búsqueda de los restos de la masacre de  Las Palmeras, perpetrada en 1991  en el Putumayo. Fondebrider, además,  hizo parte  de la comisión que el año pasado  realizó las autopsias de los  11 diputados asesinados por las Farc.

Los  argentinos  no han hecho parte, sin embargo, del proceso iniciado hace dos años por la Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía, que ha exhumado 1.022 fosas en el país, encontrado 1.213 cadáveres e identificado 454 de ellos, víctimas  del terror paramilitar.

Otros Casos

Las mujeres de Juárez

Desde 1993, 400 mujeres fueron víctimas de misteriosas desapariciones y asesinatos en Ciudad de Juárez, México. El EAAF acompaña a las autoridades locales a hacer exhumaciones adecuadas, en las que han logrado la identificación de 27 mujeres.

La búsqueda en Chipre

En los sesenta y setenta,  1493 greco-chipriotas y 502 turco- chipriotas, fueron desaparecidos. El EAAF trabaja en la búsqueda hace dos años: 350 restos han sido recuperados y 57 identificados.

El hallazgo del Che

En 1997, científicos cubanos se lanzaron a la búsqueda de los restos del Che y de otros 17 guerrilleros que fallecieron en las montañas de Bolivia. Tres miembros del EAAF ayudaron a identificar al guerrillero cubano. Sin embargo, no cesan de repetir que en las exhumaciones el nombre es lo de menos.

En cifras

35

países han invitado a los antropólogos forenses argentinos para asesorarlos y acompañarlos en la exhumación de fosas.

4.000

muestras de sangre tomará el EAAF para identificar los restos de desaparecidos argentinos, peruanos y guatemaltecos.

Temas relacionados