El irónico Kim

No fue al bachillerato ni estudió cine, pero a sus 47 años, el coreano tiene hipnotizado a los cinéfilos con su inquietante cinematografía.

Como sus películas, la vida del cineasta Kim Ki-duk se cuenta con paradojas. De la vida rural de su infancia, se hizo artista en una  metrópolis como Montpellier. Por querer ser pintor, terminó dirigiendo películas, y sin haber estudiado una gota de cine (a duras penas terminó la primaria), Kim Ki-duk tiene hoy a Occidente hipnotizado, ante las intrigantes películas que en los últimos diez años lo han convertido en el coreano más visto en Europa y América.

Nació en 1960 en Bonghwa, una lejana y montañosa zona rural de Corea del Sur. Su padre fue militar, peleó en la guerra de Corea y regresó  a casa herido; hecho que obligó a Kim y a su madre a trabajar para sostenerse. Muy joven abandonó el colegio para nunca volver, y su juventud la pasó entre maquilas de microelectrónica, fábricas de hacer botones y, pese a ser cristiano protestante,  las peregrinaciones de su madre a monasterios budistas.

Kim Ki-duk vivió desde su niñez el mismo tipo de contradicciones que luego proyectaría con insistencia en películas como Las estaciones de la vida y Hierro-3. El choque entre lo tradicional y lo moderno, el capitalismo y el precapitalismo, el budismo y el cristianismo, y la manera en que esta dialéctica global se materializa en la vida silenciosa y mística de los habitantes de la  Corea capitalista  del siglo XXI.

Pero a los 30 años, el cine todavía no estaba en su horizonte. Escasamente había visto tres películas en su vida. Quería, por el contrario, ser pintor. Viajó entonces a Francia, puerto de llegada de muchos coreanos que anhelaban  abrir sus ojos al mundo. En Montpellier pintó durante dos años, y sus jornadas se convirtieron en lo más cercano que alguna vez tuvo a una formación profesional.

Su dedicación a la pintura duró poco, y en 1992 se propuso escribir un guión, que le llevaría tres años. Con él ganaría  un premio a mejor guión otorgado por el Instituto de Educación en Escritura Audioviusal, y marcaría el inicio de una vertiginosa carrera que le ha dejado 20 estatuillas en festivales internacionales, y un sinnúmero de nominaciones. Entre sus ya clásicas obras, que siguen cautivando al mundo, se encuentran Las estaciones de la vida, la historia de un monje budista y su pequeño  pupilo, y Hierro-3, donde un hombre que suele habitar casas de extraños aparece en la vida de una abnegada mujer con la que establece un  profundo vínculo.

A Colombia llega esta semana su última producción, Time (ver columna Cine para Leer de Hugo Chaparro), donde con la cirugía plástica elabora  una parábola sobre la identidad, el amor y el tiempo.

Time habla del cambio. El tiempo cambia, pero permanece inmutable. Avanza, pero regresa al mismo punto. Parece como si viviéramos 24 horas repetidamente, pero siempre deseamos un cambio”, dijo el director a El Espectador.

Así, Kim Ki-duk realiza con Time una puesta en escena de lo mundano y lo trascendental, con una propuesta audiovisual que él califica de irónica, y donde prima siempre una sutil estrategia visual: “Me gustan los espacios donde el pasado y el presente coexisten. Eso es lo que busco, espacios imperfectos e irónicos”´, concluye,  con la inquietante sencillez que lo caracteriza a él  y a sus historias.

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