Burralgata en el Caribe

El XXI Festival del Burro que reunió a escritores, periodistas, músicos, beisbolistas y maestros internacionales de ajedrez en un evento inverosímil del Caribe colombiano. Este particular encuentro se realizó del 17 al 23 de marzo.

Siguiendo el rastro de Alcides Anaya, un personaje sobre el que todos hablaban pero al que no pude ver, recorrí de un lado a otro el pueblo de San Antero (Córdoba), donde hervía el entusiasmo por el Festival del Burro sin admitir ningún límite. Mi interés por conocer al hombre que prefiere el burro a cualquier otro transporte, me llevó de arriba abajo por calles que festejaban y honraban la descripción que dio un profesor del pueblo: “En San Antero, una gallina pone un huevo y le hacen una fiesta”.

Quizás en cada paisano que iba sobre su burro, en los días que precedieron la reunión tumultuosa de una inmensa burralgata que en San Antero juntó cerca de 600 burros, estuvo, sin que apenas lo supiera, el jinete legendario.

El azar guió la búsqueda en casas de puertas abiertas, con el calor en sus muros y los amigos sentados en sillas y mecedoras viendo pasar a la gente. En el colegio donde ensayaba la banda de gaitas, flautas de millo y tambores más grandes del mundo, compuesta por 350 músicos bajo la dirección del maestro Arlington Pardo. En cada lugar donde un “picotero” encendiera sus parlantes para soplar el ciclón de una música incansable que calentó más el aire; en el coliseo del barrio Petare, con su forma de cangrejo, donde se presentaron cantadoras deslumbrantes, de nombres tan literarios que podrían servir para una novela: Etelvina Maldonado, Lina Babilonia, Yenis Rúa Vengoechea. En el barrio Los Placeres, donde empezó el festival en la alborada del 17 de marzo, del que salió una parada folclórica, alargándose como una serpiente encantada por las puyas, los chandés y las cumbias que le imprimieron su ritmo a un desfile que duró cerca de tres horas –y algo más, pues el jolgorio acabó una semana después.

El origen del festival es religioso: a principios del siglo XX se decidió ajusticiar, durante el Sábado Santo, una representación de Judas que se paseaba en el pueblo montado sobre un burro. El escarnio concluía en una hoguera, donde era quemado por la infinita vergüenza de haber traicionado a Cristo. Con el tiempo, el ritual se transformó en la toma cultural que desde hace dos décadas se desborda en San Antero.

Aparte de ser un emblema del Caribe colombiano, que le sirve al campesino sin chistar, aunque de vez en cuando rebuzne, el burro marca el humor y la cultura del pueblo. Según la profesora Maribel Leguízamo, no es extraño descubrir que algunos burros respondan al nombre de un vecino o de un amigo. De hecho, si alguien “bautiza” a un burro con el nombre de su novio, es para acordarse de él cada vez que llame al burro.

Durante una caminata por la playa que se extiende junto a la bahía de Cispatá, la profesora Leguízamo y el profesor Jesús España me hablaron de Alcides Anaya. Fue cuando empezó el misterio que me hizo suponerlo en todos los que montaban un burro. Un misterio semejante al de Juanita, la burra a la que todos consienten sin permitir que trabaje. Si Anaya se multiplicaba en cualquier jinete que veía en San Antero, con Juanita sucedía lo mismo cada vez que en el tumulto veía pasar una burra. Me pregunté si tendría parientes lejanos en Córdoba (Argentina), donde una canción advierte: “No lo apures / Total no tiene apuro / Mi burrito cordobés”.


Los versos fueron cantados por Andrea López, librera cordobesa que estuvo en San Antero durante el ‘Segundo Encuentro Literario Las letras se toman al Festival de Burro’, donde compartió con el público su experiencia como directora de la librería del Centro Cultural Gabriel García Márquez de Bogotá.

La promesa de un encuentro literario en el festival, organizado simultáneamente con el II Torneo Internacional de Ajedrez y el II Torneo Nacional de Béisbol, se cumplió con una amplia convocatoria de participantes que dictaron conferencias sobre la relación entre literatura y periodismo, la presencia del Caribe en la literatura colombiana, el legado de autores como Manuel Zapata Olivella o el género de la crónica y el canto sabanero, ilustrada por la música y el virtuosismo de los maestros Mario y Felipe Paternina.

Las sorpresas se multiplicaban tanto como el misterio de Anaya. Después de que el filósofo Numas Armando Gil entrevistó en público al compositor Adolfo Pacheco, que ha conmovido a generaciones con temas como La hamaca grande, El mochuelo o Mercedes, la sesión continuó en la noche guiada por el maestro y los músicos que pudieron evocar el ritmo y las historias de otras canciones surgidas al vaivén de la memoria.

¿A quién podría interesarle darse la más breve pausa cuando el meneo abundaba? No sólo como una fiesta. También como una opción de convivencia en el pueblo.

San Antero no está ausente de contar con familias descompuestas. Una situación que no es exclusiva de ninguna geografía. Sin embargo está resuelta de manera excepcional por el maestro Arlington Pardo. A su programa de músicas tradicionales del Caribe colombiano, considerado como un semillero que apuesta por el futuro a través de la educación, lo integran cerca de 4.000 jóvenes tanto de San Antero como de las veredas cercanas. El colegio en el que ensayan se escucha pleno de música. Repartidos entre el grupo de danzas, los coros y los intérpretes de flauta de millo, gaitas, llamadores, alegres y tamboras, el testimonio que dieron los jóvenes acerca de la presentación que habían tenido en la tarima del coliseo un par de noches atrás, demostraba su esperanza en contra de la violencia. Cuando el profesor Pardo les preguntó cómo se habían sentido, las respuestas, dichas con una sonrisa, enfatizaban en el orgullo de conocer su región a través de la música, en el hecho de disfrutar tocando para el público de San Antero, en el agradecimiento al maestro por el programa y por su continuidad.

Un dilema resuelto con otra forma de la convivencia y la tolerancia cuando el Concurso de Burros Disfrazados sirvió como recreación del país en clave tragicómica, pero no menos efectiva para burlar un tanto a la realidad. Dieciséis burros disfrazados y una cantidad de burros “al natural”, atraídos por la promesa de que sus dueños recibieran, a cambio de la inscripción en la burralgata, un descuento considerable en el impuesto predial, hicieron de la antigua terminal de transportes de San Antero un establo donde los burros fueron los reyes.

La creatividad, la fantasía y la coherencia entre el mensaje y el disfraz del burro fueron las características que calificó el jurado. En medio de los colores, la algarabía y los brincos de burritos enardecidos por una burra cercana, se destacó la imagen, tan sobria como sombría, que representaba a Íngrid Betancourt y a todos los secuestrados que continúan en Colombia viviendo la pesadilla de un país condenado. Ni el humor ni la ironía eran posibles. Tampoco la caricatura. El dueño de la burra disfrazada apareció vestido de negro. Tenía sobre sus hombros y argollándole las manos una larga cadena. Su postura era solemne. Registraba la desolación de la víctima. Un primer puesto que contrastó con los burros ganadores del segundo premio, “Hugo Chávez y Piedad Córdoba”, seguidos en tercer lugar por “El Negro Amaya”, con el que una comparsa se burló de la manipulación política y de sus protagonistas, no menos disfrazados en el circo cotidiano como algunos de los burros que asistieron al concurso.

Después de la premiación se inició el último viaje de Judas. Una procesión que recorrió San Antero, confundiendo entre sus 27.000 habitantes la sombra de Alcides Anaya, el personaje con el que acaso me tropecé en algún lugar del pueblo, sin que supiera quién era.

Al día siguiente, Domingo de Resurrección, el festival terminó con un fandango monumental. Una frase, escuchada al azar, describió al burro como “un amigo y un compañero de trabajo, un animal que transporta el desarrollo en su lomo” –el desarrollo y la cultura representados con la plenitud de lo auténtico durante un evento con el que se demostró, como afirmara un autor, que la virtud, la sabiduría y la sandunga no son incompatibles.

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