El fantasma de los escritores

En Colombia acaban de condenar a la literata Luz Mary Giraldo, en España reabrieron el caso contra Camilo José Cela y en Chile aparecen nuevas denuncias contra Alfredo Bryce Echenique. Ni García Márquez se ha salvado de la controversia.

Quién copió a quién? Esta gran pregunta de la historia de la literatura nunca se ha podido responder de manera definitiva. Ya desde antes de Cristo el poeta romano Ovidio fue acusado de haberse apropiado de versos de su colega veronés Catulo.

La eterna discusión preocupa por estos días al mundo literario colombiano porque acaba de ser condenada a dos años de prisión Luz Mary Giraldo, reconocida catedrática de literatura, por utilizar sin crédito una tesis de una estudiante de la Universidad Javeriana (ver recuadro). El fallo del Juzgado 50 Penal del Circuito de Bogotá resulta histórico, teniendo en cuenta que en la Dirección Nacional de Derechos de Autor del Ministerio del Interior y de Justicia no se tenía registro de ninguna condena. Fernando Zapata, jefe de esta oficina y una de las autoridades en el tema a nivel latinoamericano, explica: “No es que los jueces no trabajen el tema, sino que si hay una defraudación difícil de probar es el plagio. En eso yo otorgo siempre el beneficio de la duda porque se trata de presentar como propia, en forma total o parcial, una obra de otra persona”.

La Fiscalía General de la Nación creó una Unidad Nacional de Propiedad Intelectual, en la que se pueden consultar unos pocos expedientes sobre el tema literario. Un ciudadano reclamó como suyo El gallo de oro, el famoso relato del escritor mexicano Juan Rulfo, y acudió a la justicia para que lo indemnizaran. Los investigadores le recordaron que los únicos dueños son los herederos del creador de Pedro Páramo.

La familia del poeta antioqueño Jorge Robledo Ortiz demandó a Panamericana por no darle los debidos créditos en sus Cuadernillos de Poesía. La editorial reconoció el error y conciliaron. Los derechos morales están protegidos de por vida (la forma en que fue escrito, mas no las ideas) y los patrimoniales hasta 50 años después de su muerte.


“Lo más difícil en los casos de plagio es probar el dolo”, dice el coordinador de la Unidad Nacional de Propiedad Intelectual de la Fiscalía, Rubiel Nivia. La mayoría de los casos tienen que ver con piratería. En Bogotá hacen un promedio de dos operativos diarios de decomiso de textos ilegales. La última reforma al Código Penal, del año 2006, incrementó las penas y las multas por estos delitos a entre 4 y 8 años de cárcel y entre 26 y mil salarios mínimos legales vigentes. Fabio Humar, fiscal de la unidad, destaca que aparte de lo represivo se trabaja en campañas para “generar una cultura de respeto al conocimiento y a la invención humana”.

En los últimos diez años el registro de obras literarias inéditas se triplicó, pasando de 3.284 en 1997 a 9.947 en 2007. En cuanto a obras editadas, aumentó de 843 a 1.273.

El escritor antioqueño Manuel Mejía Vallejo fue uno de los pioneros a la hora de registrar libros como El día señalado y La casa de las dos palmas. Lo siguió Pedro Gómez Valderrama con La otra raya del tigre. Desde los años 80 son las editoriales las que se ocupan del registro. Aún así, hay autores que van personalmente a la oficina nacional de Derechos de Autor, en el Centro Internacional de Bogotá. Los últimos en hacerlo fueron el asesor presidencial José Obdulio Gaviria y el subintendente de la Policía John Frank Pinchao.

En la era del copyright y del copiar y pegar de internet, autores y autoridades están más prevenidos que nunca y a pesar de eso hay provocadores, como la española Escuela de Escritores, que ha convocado concursos internacionales de plagio creativo de Don Quijote y de Cien años de soledad, bajo la premisa de que para establecer quién copió a quién habría que revisar desde el Poema de Gilgamesh, del año 2000 antes de Cristo, y probablemente todos terminarían en el paredón porque ninguno tuvo una idea ciento por ciento original. El tema queda en  manos de Clío, la musa de la historia.

Los 27 de Bryce

Alfredo Bryce Echenique es el escritor más acusado: 27 casos. Este mes por cuenta de la investigadora chilena María Soledad de la Cerda, quien ya había hecho denuncias sobre 18 más. Es por los artículos periodísticos “La correspondencia entre Pound y Joyce”, de Odile Baron, en La Nación el 7 de octubre de 1988; “La nueva amenaza nuclear”, del diplomático peruano Oswaldo de Rivero, en la revista Quehacer en mayo de 2005; “Segonele, de corazón”, del reportero Francesc-Marc Álvaro, del diario La Vanguardia del 20 de noviembre de 2006; “Cómo combatir el terrorismo”, de Joseph María Puigjaner, de La Vanguardia del 29 de julio de 2005, y “Cuerpos Distorsionados y desfigurados: lo grotesco y lo freak en la cultura actual”, del médico Cristóbal Perea, de la revista española Jano de 2001. Las versiones de Bryce que la profesora contrastó son: “La amistad de dos grandes de la literatura”, en El Universal de Caracas el 18 de enero de 2003; “Una amenaza sin fin”, de Jano, 18 de mayo de 2007; “Un latido llamado Segonele”, en la revista Nexos de México de abril de 2007; “¿Cómo combatir el terrorismo?”, también en Nexos de diciembre de 2006, y “Lo grotesco y la moda freak”, de La Nación del 11 de julio de 2001. La dirección de derechos de autor de Perú lo investiga por seis artículos que publicó en el diario El Comercio de Lima. A finales del año pasado el escritor le dijo al diario Clarín de Argentina: “Soy admirador de los más grandes plagiarios: Borges, Cervantes, Rabelais... eso es literatura y en estos casos, gran literatura”, e insistió: “lo negaré cuantas veces sea necesario”.

Por una tesis


Rosa María Londoño fue la estudiante de literatura de la Universidad Javeriana que denunció a Luz Mary Giraldo por haber plagiado su tesis de grado “El mundo poético de Giovanni Quessep”, de 1996. La profesora de la Facultad de Ciencias Sociales y Educación fue condenada a 24 meses de prisión y una multa de cinco salarios mínimos, según el fallo del Juzgado 50 Penal del Circuito de Bogotá, por “violación a los derechos morales de autor”. Publicó en la revista mexicana La Casa Grande, en 1997, el escrito “Giovanni Quessep: El encanto de la poesía”, “tomando apartes de la tesis de la denunciante sin darle el crédito que le correspondía”. Su abogada, Ximena Castilla, apeló la decisión porque “primero, no hubo plagio; segundo, la acusación es por reproducir, la reproducción ya desapareció del Código Penal como conducta delictiva, y la condena por publicar; tercero, la obra en cuestión no es inédita porque ya había sido sustentada; cuarto, lo que se tiene como prueba es la opinión de un profesor que hace afirmaciones temerarias; quinto, la universidad investigó el asunto y no le dio relevancia, y sexto, resulta curioso que una experta en el tema, que ha escrito diez o doce ensayos sobre Quessep, plagie a la alumna y la alumna no cite a la profesora en su tesis. Me parece sumamente grave para los escritores porque si usted se refiere a un autor con una obra tan escasa como la de Quessep tiende a hablar sobre los mismos tópicos, que fue lo que ocurrió aquí”. Luz Mary Giraldo, poetisa, ensayista e historiadora de la literatura, autora de cinco libros de poesía, cuatro libros de ensayo y seleccionada por Colombia para varias antologías de poesía del país y del exterior, habló por primera vez sobre su caso y le dijo a El Espectador   desde Europa que “el caso fallado pasó a apelación, luego no está en firme. Acusar de plagio es muy fácil, y no hay conocimiento claro en Colombia sobre este tema. Son muchos los que han sido acusados: Cervantes, Cela, Shakespeare...”. Según ella, “en el espacio académico se corren muchos riesgos al respecto”.


Cela no descansa en paz

Antes de su muerte, en 2002, Camilo José Cela, Premio Nobel 1989, tuvo que responder por una acusación de plagio que todavía pesa sobre su novela “La Cruz de San Andrés”, ganadora del Premio Planeta en España en 1994.  Ahora, este año  el Tribunal Constitucional de Barcelona reabrió la causa interpuesta por la también escritora gallega Carmen Formoso. Ella postuló al Premio Planeta de Novela 1994 la obra “Carmen, Carmela, Carmiña”, pero quien resultó ganador fue Cela y lo demandó porque varios apartes de su historia los usó casi textuales. También acusó a la editorial por haberle entregado su escrito para que lo adaptara y le pudieran otorgar el galardón, que incluyó 50 millones de pesetas. El caso fue abierto en 1998 y Cela tuvo que presentarse al segundo Juzgado de Instrucción  el 16 de mayo de 2001. Sin embargo, se escudó en su derecho a no declarar, a pesar de que la defensa de la acusadora le hizo una docena de preguntas sobre los originales, las fechas de escritura, los personajes y el papel de la editorial. Cela entró y salió por la puerta trasera y declaró   que era una “falacia absoluta”. “A estas alturas no me voy a plantear un plagio”, dijo. Cela murió el 17 de enero de 2002 y tanto este despacho como la Audiencia Provincial de Barcelona archivaron el caso al considerar que no se configuró el delito de “apropiación indebida” de una obra. Sin embargo, peritos literarios consideraron que sí hay muchas coincidencias de texto entre las dos obras, pero que en ese caso Formoso debe acudir a la justicia civil. En febrero pasado la Sala Primera del Tribunal Constitucional de España anunció la reapertura de la investigación otorgándole un recurso de amparo a la escritora para que se establezca por qué no se realizaron las pruebas que ella solicitó, como comparar una “larga lista” de citas textuales de ambas novelas, interrogar al presidente de la Fundación Camilo José Cela, y saber por qué los otros dos tribunales emitieron decisiones contradictorias que ni siquiera fueron notificadas a la demandante. A Cela ya se le había acusado de “autoplagiarse”  porque repitió el mismo discurso, en defensa del español, tres veces: una en la Exposición Universal de Sevilla, en 1992; otra en el Congreso de la Lengua de Zacatecas (México 1997), y la tercera en el II Congreso Internacional de la Lengua Española en Valladolid, en 2001.

¿Gabo también?

Fue el también Premio Nobel, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, quien acusó a Gabriel García Márquez de haber plagiado para “Cien años de soledad” ideas y personajes de la obra “La búsqueda de lo absoluto”, de Honorato de Balzac, versión defendida por el escritor colombiano Fernando Vallejo. Igual ocurrió con la novela “Memoria de mis putas tristes”, según el escritor Gregorio Morán, adaptación de “La casa de las bellas durmientes”, del japonés Yasunari Kawabata, a quien dio crédito en la edición, según Morán, para protegerse de cualquier demanda. Luis Fernando Velasco, el náufrago del “Relato de un náufrago”, pretendió ser declarado coautor de la novela, pero el Tribunal Superior de Bogotá se lo negó porque el Nobel ya le había pagado derechos.

Otros célebres

En septiembre de 2000, Mario Vargas Llosa rechazó una acusación que le hizo, en el periódico The Miami Herald, Bernard Diederich, ex corresponsal de la revista Time que aseguró que “La fiesta del chivo” “contiene frases y párrafos similares y repite un error histórico” del libro “La muerte del dictador”, escrito por él en 1978. El peruano sólo admitió que “fue una excelente materia prima para mí”. En el libro “Anatomía de El proceso”, el profesor Sánchez Trujillo analiza la coincidencia de textos de Franz Kafka con originales de Fiodor Dostoievski. Por ejemplo, el inicio de “La metamorfosis” estaría contenido en el tercer capítulo de “Crimen y castigo”. La columnista colombiana Gloria H. , del diario caleño El País, denunció al escritor brasileño Paulo Coelho por copiar expresiones, párrafos y estructuras de su artículo “Cerrando círculos”.

Opiniones

Héctor Abad Faciolince / Escritor

“Hay que distinguir entre las influencias, que uno busca o teme, y los plagios, que son hurtos, simplemente. No deben confundirse tampoco con las citas ocultas, que son solamente un juego literario. Pero un juego literario no puede ser escribir toda una página o un artículo con una idea ajena o con palabras ajenas”.

Azriel Bibliowicz / Director de la maestría en escrituras creativas de la Universidad Nacional.

“Shakespeare tomaba de Ovidio, Cervantes se basó en El entremés de los romances (Anónimo). El problema no radica en las similitudes sino en las diferencias, si las diferencias son más grandes que las similitudes no se puede hablar de plagio por más que haya partes iguales que se puedan considerar tomadas de... No estoy justificando, pero no hay nada nuevo bajo la luz del sol”.

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