Un milagro en el paisaje literario

El escritor mexicano será uno de los protagonistas de la próxima Feria del Libro de Bogotá, y en ella hará el lanzamiento de su libro de relatos Los culpables, de la editorial Anagrama.

Aquella cena en la casa de Mónica Sarmiento, la viuda de su amigo RH. Moreno Durán, dos años atrás, cuando entre bocado y bocado recordó a una amiga que más que celosa llevaba una obstinación de celos metida en la piel. “Se llegó a aprender de memoria todos los menús de los restaurantes de Ciudad de México para preguntarme dónde había almorzado y qué”. Un día cualquiera él, Juan Villoro, le respondió que había pedido el plato del día, una carne a la tampiqueña con arroz y cosas así. Ella esperó un poco. Entonces, molesta, le dijo que en el restaurante que él acababa de mencionarle no existía la modalidad de “plato del día”.

Aquella conferencia a la tarde siguiente en la Feria del Libro de Bogotá, cuando entre la lluvia y el frío se desplegó en un asiento para relatar en algo más de dos cuartillas cómo eran las risas y los gestos de Moreno Durán, y cómo, luego de un envenenado dardo genial, se reclinaba hacia atrás, llevaba su regordeta mano derecha a la boca y estallaba en una apagada carcajada que parecía no terminar nunca. “Rafael Humberto fue uno de los mejores conversadores que conocí en mi vida. Agudo, culto, cáustico, se inventaba un relato de la nada, con dos copas de aguardiente, simplemente por el placer de una charla”, decía Villoro, él, que supo tener entre tantos otros conversadores a Roberto Bolaño.

Aquella primera crónica que tuvo que escribir casi a la fuerza, porque en medio de una clase de guitarra le informaron que un edificio en la avenida Insurgentes, Aristos, se incendiaba. Tenía por aquellos tiempos 13 ó 14 años, y escribía en un periódico de barrio, ‘La tropa loca’, una columna de chismes. “Mi especialidad de gossip writer se vio interrumpida con las llamas que devoraron varios pisos del Aristos. Me encandiló ver las lenguas amarillas que salían de las ventanas, pero sobre todo, el eficiente caos con que reaccionó la multitud”. Luego sabría que algunos cronistas descubrieron su vocación, como él, ante el fuego: Angel Fernández, quizás el más trascendente narrador de fútbol mexicano, quien tuvo que reseñar un incendio en el Parque Asturias, y Elías Canetti, testigo de excepción de las llamas que consumieron el Palacio de Justicia de Viena.

Juan Villoro. Fútbol, literatura, ensayo y error. “El pelo largo es una forma de medir el tiempo, hay que esperar a que crezca para hacer ciertas jugadas”, escribió alguna vez, a comienzos de 2006, en su libro Dios es redondo.  Jamás ha ocultado su pasión por la pelota. Incluso, siempre se ufanó de haber jugado en las divisiones inferiores de los Pumas de la Unam. “Será tan futbolero, que ante sus amigos, a mí me presenta como su interlocutor en cuestiones literarias, pero aclara que no sé ni una coma de fútbol, que para hablar de fútbol cuenta con otros personajes”. Hugo Chaparro lo conoció una noche de hace muchos años, en una fiesta cualquiera, pero no pudo hablarle pues de una u otra forma, alguien terminaba por secuestrarlo. “Y lo quería conocer, claro, deseaba hablar con él porque lo había leído y ya sabía, por ejemplo, que Juan Herralde había dicho algo como que era imposible no ser amigo de Juan Villoro”.

Tiempo después, por fin, Chaparro pudo cruzar algunas palabras con Villoro. Le comentó sobre una novela que estaba escribiendo. Villoro le dijo que ese tema, la Cristiada, un período de la guerra revolucionaria de México, si mal no recordaba, había sido fuente de inspiración para un español. Luego conversaron sobre mil asuntos más. Pasados tres años, Chaparro le envió el borrador de su obra a México con Mónica Sarmiento. “Juan le llevó el manuscrito al  editor de Mondadori en México y la novela salió. Si hay alguien solidario de género es Juan Villoro. Para mí, más allá de esa solidaridad, es un motivo de inspiración. Se me aclara lo que estoy escribiendo al leerlo o al hablar con él, ya que hay muy pocos como Juan, que hablan como escriben y escriben como hablan”.

 En su último libro, Los culpables, de Anagrama, Villoro relató historias de historias sobre personajes fracasados pese al triunfo, de ilusos, gente del común llena de sueños, como un mariachi hastiado de su éxito (ya una vez escribió que la selección Colombia de fútbol de los 90 jugaba sin rebajarse al éxito), o, de nuevo con la pelota, un futbolista a punto de decir ya no más. “Villoro —como lo definió Héctor Abad— es culto y rápido, de una lucidez asombrosa para enlazar un tema con otro, para hacer asociaciones de los temas más disímiles, para verle el lado humorísitco a cualquier situación. Es de una


simpatía arrasadora, y al mismo tiempo pícaro, sensible. Además, rasgo que pocos conocen, es un gran traductor del alemán; tradujo, por ejemplo, los aforismos de Lichtenberg, que son una obra maestra. Creo que es un ensayista muy agudo y también, un gran espectador del presente”. O, más llanamente, tomando a Chaparro, un sencillo milagro en el paisaje de la vida.

Entre la crónica y la literatura*

La vida está hecha de malentendidos: los solteros y los casados se envidian por razones tristemente imaginarias. Lo mismo ocurre con escritores y periodistas. El fabulador “puro” suele envidiar las energías que el reportero absorbe de la realidad, la forma en que es reconocido por meseros y azafatas, incluso su chaleco de corresponsal de guerra (lleno de bolsas para rollos fotográficos y papeles de emergencia). Por su parte, el curtido periodista suele admirar el lento calvario de los narradores, entre otras cosas porque nunca se sometería a él. Además, está el asunto del prestigio. Dueño del presente, el “líder de opinión” sabe que la posteridad, siempre dramática, preferirá al misántropo que perdió la salud y los nervios al servicio de sus voces interiores.

Aunque el whisky sabe igual en las redacciones que en la casa, quien reparte su escritura entre la verdad y la fantasía suele vivir la experiencia como un conflicto. “Una felicidad es toda la felicidad: dos felicidades no son ninguna felicidad”, dice el protagonista de ‘Historia del soldado’, la trama de Ramuz que musicalizó Stravinski. El lema se refiere a la imposibilidad de ser leal a dos reinos, pero se aplica a otras tentadoras dualidades, comenzando por las rubias y las morenas y concluyendo por los oficios de reportero y fabulador.

La mayoría de las veces, el escritor de crónicas es un cuentista o un novelista en apuros económicos, alguien que preferiría estar haciendo otra cosa, pero necesita un cheque a fin de mes. Son pocos los escritores que, desde un principio, deciden jugar todas sus cartas a la crónica.

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