Hombre de crucigramas

Por décadas, Mario Arbeláez Ceballos deslumbró a los lectores de este periódico con la dificultad y agudeza de sus crucigramas. Murió la semana pasada entre los suyos, para pesar de sus seguidores, quienes lo echarán de menos los domingos.

Todas las semanas, como un delicioso y juicioso ritual, Mario Fidel Arbeláez Ceballos se sentaba frente a un par de pilas de diccionarios. Con papel y lápiz, le tomaba dos días ingeniarse el Crucimac, que circulaba cada domingo en la sección Arte y Gente, de El Espectador.

Sus crucigramas  circularon a comienzos de los 80 en las páginas del periódico El Mundo, en Medellín, y luego inauguraron las páginas del primer número del Magazín Dominical de El Espectador, en marzo de 1983. Desde entonces, sus crucigramas fueron una piedra en el zapato de expertos en la materia.

Su cuñada solía llamarlo tras días de infructuosos intentos con su pasatiempo: “Te odio, Mario, no sé cómo resolver este crucigrama...”, le decía desesperada.

Fascinación y frustración, fueron los ingredientes fundamentales que tejieron un lazo intangible entre Mario y los lectores. Cuando tuvo que retirarse del periódico, dos meses atrás, por cuenta de una penosa y larga enfermedad, sus seguidores no demoraron en protestar. Fueron muchos los lectores que llamaron furiosos a El Espectador  poniendo la queja por la ausencia de su siempre leal  MAC.

Pero Mario trabajó para ellos hasta el último minuto. Incluso cuando la enfermedad lo consumía, sus parientes le subían el ánimo con la esperanza de idear un crucigrama más. “Cuando no podía hacer sus crucigramas, eso como que lo enloquecía. El día en que no pudo hacerlo más, eso como que lo terminó de matar”, recuerda su esposa Lucila Londoño.

Mario era infatigable. Desde su juventud, cuando dejó la carrera de periodismo y se dedicó a viajar, consumido por la voracidad de su curiosidad.  En el Chocó vivió como un negro pescador; en el Amazonas fue uno más entre sus pobladores, y así fue recorriendo por años el país entero como si fuera la más preciada de las enciclopedias.

Obsesionado por la botánica y la ornitología, cuando volvió a Medellín, a sus cuarenta, su expedición botánica personal lo hizo acreedor a un espacio en el programa “Pase la tarde” de Caracol. Con el sobrenombre de José Dolores, recibió por años las llamadas de los oyentes que le pedán consejos para el cuidado de su jardín.

“Mario fue un hombre honesto, claro, comprometido con el otro y con el medio ambiente”, cuenta su sobrina Lina Arbeláez. Nunca tuvo hijos, pero toda su energía se la entregó a su esposa, su familia y sus seguidores.  

Quienes tuvieron la suerte de saber que tras la voz de José Dolores y los crucigramas de MAC, se encontraba el conversador y bonachón Mario Arbeláez, acompañaron a su familia en sus exequias el pasado miércoles.

Algunos, incluso, quisieron llevarse un último recuerdo. Como una anciana centenaria, que se acercó el miércoles al osario, y con una camarita desvencijada quiso tomarle una foto a ese que alguna vez la acompañó durantes tantas tardes irreemplazables de radio. “Permiso”, dijo, “déjenme tomarle una foto a José Dolores”.