Vienen los mejores nueve días del año

La novena de aguinaldos es una tradición de 200 años exclusiva de Colombia. El pesebre, la familia y la vivencia de tres personajes anónimos.

Hace unas semanas, Ricardo Velásquez logró que el río Nilo descendiera desde Belén e irrigara las planicies ocres de Egipto y las praderas de África. El primer establo con San José y María lo armó el mismo día que su hijo nació, hace 44 años. Desde entonces, hacer un pesebre fuera de lo común, que reflejara a cada uno de sus seres queridos, se volvió una curiosa misión navideña.

En esta labor participan desde su chofer (que, hoy retirado, oficia de ingeniero), amigos, hijos y nietos, quienes durante un mes ponen su grano de arena para la construcción de este pedazo de Oriente, dirigido por Ricardo con una flexible fidelidad evangélica.

Se dio la licencia de poner una casona paisa con vista a la tumba de Tutankamon, un teleférico de hojalata que sobrevuela la escena y conduce a un castillo medieval, un tapete de musgo artificial donde una manada de jirafas naranja y verde fosforescente se alimentan de palmas, e incluso dos figuritas que los representan a él y a su esposa mientras sus nietos juegan en un parque europeo cubierto de nieve.

Como muchos colombianos, Ricardo empieza esta semana una de las más importantes del año. Su apartamento se llena de gente. Los amigos de sus hijos, que crecieron con el particular pesebre, ahora llevan a sus pequeños, y entre todos recrean una vez más ese eterno ritual que es estar con los que se quiere.

“El pesebre es la mejor manera de lograr la alegría hogareña y la unión familiar”, dice este profesor de derecho laboral, mientras recorre con la mirada su pequeño mundo navideño, ese mismo que ideara San Francisco en su natal Asís, en el siglo XIII, y que es en Colombia una suerte de hoguera que se prende cada año.

Benignísimos días


Fue también un franciscano, el sacerdote neogranadino Fray Fernando de Jesús Larrea, a mediados del siglo XVII, quien escribió el primer texto de la novena de aguinaldos que se reza aún hoy en el país.

Publicada en Quito, su novena de aguinaldos llegó a Santa Fe a modo de regalo para doña Clemencia Gertrudis de Jesús, fundadora del Colegio La Enseñanza. Cien años más tarde, una monja de esta institución, la madre María Ignacia, hija de los ilustres liberales José María Samper y Soledad Acosta, reinventaría parte de los textos originales.

La novena es hoy una de las tradiciones neogranadinas más afincadas en la cultura colombiana. Muchos la siguen al pie de la letra, pese a su naturaleza un tanto críptica. Tuvo que sentar protesta el periodista Daniel Samper, en los setenta, y contradecir públicamente los mandatos semánticos de su antepasada, la madre María Ignacia, para que muchos comprendieran que era hora de redactar los textos de manera más sencilla.

Actualmente hay seguidores ortodoxos y liberales. Cristina Jacobsen pertenece a los segundos. Creció entre los talleres de villancicos que organizaba cada noviembre su mamá, María Isabel Aparicio, junto a otros 50 niños. Lejos de plegarse a la lectura fría de los textos tradicionales, Cristina aprendió de su mamá que el mensaje de la Navidad debe llegar con la sencillez de los relatos y las canciones. Así que, cuando ya grande tuvo en sus manos un libro ilustrado que narra las venturas y desventuras de la pareja de Nazareth, imprimió en acetatos los dibujos y con un proyector de diapositivas se convirtió durante las novenas familiares en una empírica narradora del cuento de Navidad.

“Uno ve que la gente reza a toda mecha para chulear el tema de la novena y entonces pasar a repartir los regalos y comer buñuelos”, afirma. “Pero con la explicación del mensaje de la novena vi que en los niños el relato adquiría sentido. Que no tenían que leer el ‘Benignísimo Dios de infinita caridad...’, sino invitarlos a participar y entender, a diferencia de cuando nos sentamos en el pesebre a rezar una retahíla sin sentido”.

Así, mientras Cristina explica a los niños cómo es posible que la Virgen María se haya casado embarazada con José, sin caer en reproches moralista de épocas posteriores, reflexiona acerca de lo que ella considera el más importante mensaje de las novenas: “pensar cómo puedo ser una mejor persona y ser mejor para otros; cómo disfrutar más la vida y hacerla más alegre a los demás”.

Y es con este espíritu que muchos saldrán esta semana a las calles, hospitales y cárceles, todos esos lugares donde habitan seres por muchos olvidados, para empezar a compartir esta tregua de la vida.

Navidad callejeando

Es el caso de Jorge Arango, director de la Fundación Pocalana. Después de 15 años de darle la vuelta a Bogotá todos los sábados, y de compartir con indigentes, recicladores y desplazados comida, ropa y algo de su tiempo libre, los miembros de Pocalana sostienen que pasar la Navidad con la gente de la calle implica mucho más que darles regalos.

“Realmente la comida, la ropa y los regalos no son indispensables. Lo único indispensable, que ellos no pueden robar, ni conseguir, es el amor, la compañía y el consejo”, comenta Arango. “Por eso, hace muchos años descubrimos que nuestro objetivo es llevar amor a la gente de las calles. En forma de comida, de abrazos, de un partido de fútbol...”.

Esta semana de novenas, alrededor de 200 personas empezarán a recibir donaciones, envolver regalos, preparar comida, para luego salir en caravana el 23 de diciembre desde la calle 134, al norte de Bogotá, y darle la vuelta a la ciudad rezando la novena y departiendo con un poco más de 2.000 indigentes que por años siguen viniendo a los ya tradicionales encuentros.

Son días de preparación para seis horas de Navidad. Excusa para compartir un momento, ese regalo que muchas veces escasea y que, como el mundo sin tiempo de Jorge Velásquez, las novenas interactivas de Cristina Jacobsen o la escuela de villancicos de su mamá María Isabel, hacen de esta época los mejores nueve días del año. “Eso es lo importante en la Navidad —dice Jorge—, llenarnos de regalos del corazón”.

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