El papel de la Primera Dama

Debate en torno a la propuesta de crear un despacho con funciones específicas y más protagonismo para la esposa del Presidente.

Según un concepto jurídico de la Corte Constitucional, expedido el 10 de septiembre de 1994, “la Primera Dama de la Nación ostenta la calidad del ciudadano particular frente a la administración pública”, aunque también tiene una connotación especial, como es que de acuerdo con el artículo 188 de la Constitución, “encarna simbólicamente, junto con el Presidente de la República, la unidad nacional”.

El próximo 7 de agosto, María Clemencia Rodríguez —Tutina, como todos le dicen cariñosamente—, esposa del presidente electo Juan Manuel Santos, se convertirá en la Primera Dama de Colombia. Una figura relegada a lo largo de la historia, con algunas pocas excepciones, a realizar labores sociales y aparecer en las portadas de una que otra revista de farándula. Mujeres preparadas, madres con carreras universitarias, que de un momento a otro adoptan un puesto dentro del Gobierno, el mismo día en que sus esposos se posesionan como jefes del Estado.

Dice la primera dama en el gobierno de César Gaviria, Ana Milena Muñoz, que aunque las esposas de los presidentes no son elegidas, “la gente espera de ellas algo, una actividad o un aporte, que finalmente todas, de una manera u otra, desarrollan, siendo unas más activas que otras e igualmente otras más discretas que protagonistas”. Por eso, plantea la creación del Despacho de la Primera Dama, “de manera que pueda potencializarse una situación privilegiada para transformar realidades estableciendo de igual manera responsabilidades”. En su concepto, irrumpir en la vida pública de la noche a la mañana, sin una estructura de apoyo clara y sin soporte legal alguno, resulta complejo y difícil.

Nydia Quintero, primera dama en la administración de Julio César Turbay y quizás la que más recuerda el país por la Fundación Solidaridad por Colombia, es un claro ejemplo de las inquietudes con que llegan las esposas de los presidentes a la Casa de Nariño: “Yo llegué sin saber qué era lo que había que hacer. Cuando uno está en esa posición, la gente lo busca para solucionar cualquier problema, bien sea de salud, o de que se le cayó la casa, y uno comienza a buscar la manera de colaborarles. En mi caso, lo que más hice fue ayudar a damnificados por los desastres naturales”.

El debate está sobre la mesa. ¿Deben trabajar las primeras damas en programas sociales con discreción o ser protagonistas? Carlos Lleras de la Fuente, hijo del presidente Carlos Lleras Restrepo y Cecilia de la Fuente, creadora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, es de los que piensan que en ellas debe imperar la discreción y deben acompañar y apoyar a su esposo en las decisiones que tome: “De ahí en adelante podría escoger uno o dos programas para darle su apoyo, sin un exceso de figuración o de prensa, sino una cosa discreta”.

Dirigentes políticas como Marta Lucía Ramírez creen que, más allá de hacer parte de la junta directiva de Bienestar Familiar —como lo estipula la ley—, la Primera Dama tiene que aprovechar su capacidad de convocatoria para apoyar la función que cumple el Presidente, mientras que la senadora Cecilia López no está de acuerdo con que los problemas sociales queden en sus manos, porque podría llegar a sustituir las funciones del Estado: “Puede ayudar en determinadas cosas. Si es profesional, en algo específico a su profesión mientras no compita con las políticas del gobierno. Y eso sí, no debe tener sueldo”. apunta la congresista.

A su vez, la ex candidata vicepresidencial del Polo Democrático Clara López está de acuerdo con la existencia del despacho de la Primera Dama: “Creo que, más allá de lo simbólico, debería tener un apoyo estatal para realizar ciertas labores que pueden determinarse dentro de un marco legal de atribuciones. Hoy muchas de ellas tiene que ver con temas sociales, de representación cultural y demás. Todo depende de sus intereses y las proyecciones de cada persona, pero podría ser como las facultades que tiene el Vicepresidente en las funciones que le asigna el Presidente de la República”, explica.

Sin embargo, hay quienes desmitifican el papel de la Primera Dama de la Nación e incluso cuestionan hasta el mismo término, el cual, en su criterio, “está mandado a recoger”. Como la periodista María Jimena Duzán, quien dice: “Ellas deberían continuar con sus vidas. Que se acaben las primeras damas, que las esposas puedan hacer lo que saben hacer: ayudar a su marido en lo que han sido importantes en sus vidas”. O la feminista Florence Thomas, quien es aún más radical: “No debería existir nada, sólo ser y nada más. El término ‘primera dama’ es de la Edad Media. Ellas deberían ser llamadas ciudadanas y evidentemente siendo mujeres tendrían que tener una postura particular frente a los problemas del género”.

Primeras damas y protagonismo político

En la campaña a la Alcaldía de Medellín de 2007, el apoyo que abiertamente le dio Lina Moreno, esposa del presidente Álvaro Uribe, al entonces candidato Alonso Salazar causó escándalo. En la historia han sido pocos los casos de esposas de gobernantes que se han metido de lleno en política.

Soledad Román, esposa de Rafael Núñez, llegó a asumir  algunas de las funciones del Gobierno ante la enfermedad del Presidente y para desvirtuar los rumores sobre su muerte.

Pero quizás el caso más destacado ha sido el de Bertha Hernández de Ospina, quien desde la campaña presidencial de su esposo, Mariano Ospina, en 1946, se vinculó activamente al Partido Conservador y desempeñó un papel protagónico el 9 de abril de 1948 —tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán— cuando los jefes liberales le exigían al Presidente la entrega del mando. A ella también se le llegó a atribuir activa participación en el golpe contra Laureano Gómez en 1953, fue congresista durante 20 años y figura del conservatismo hasta su muerte, en 1993.

La historia del término

El termino ‘primera dama’ fue implementado en Estados Unidos en 1877, cuando la periodista María C. Ames llamó a Lucy Webb Hayes, esposa del presidente Rutherford B. Hayes, como “la Primera Dama de la tierra”. Desde entonces, las esposas de los presidentes estadounidenses son nombradas “primeras damas” y junto con este nombre también se les atribuyen responsabilidades sociales.

Hoy, la Primera Dama de los Estados Unidos es un título no oficial de la anfitriona de la Casa Blanca, rol que tradicionalmente desempeña la esposa del Presidente, aunque ha habido mujeres que sin serlo tuvieron ese papel, cuando el Presidente era viudo o soltero, o su esposa no podía cumplir con los deberes de primera dama por alguna enfermedad. La posición fue ocupada por una familiar femenina o una amiga del Presidente.

En los casos de mujeres gobernadoras de estados estadounidenses, sus esposos son llamados “Primer Caballero”.