‘La pasión de Policarpa’

Demostró su talento para el cuento, después pasó a la novela y esta semana lanza la cuarta. Explorando los tiempos de la independencia, Pedro Badrán rinde homenaje a la historia.

Eran personajes con suficientes oscuridades para iluminar que parecían reclamarle una secuencia de vida y muerte. Los fue configurando en su escritura y cuando flaqueaba en su propósito, como un aliento mágico, recordaba el consejo del fallecido maestro Germán Espinosa que lo indujo a explorar en los abismos de la historia. Después de cuatro años, Policarpa Zalabarrieta y Alejo Zabaraín, junto a un conocido reparto de próceres o alguaciles reinventados, quedaron inmersos en una cautivante novela que recobra sus pasos.

La pasión de Policarpa, del escritor Pedro Badrán Padauí, un regreso a los cruentos días de la guerra de Independencia en la Nueva Granada, donde el heroísmo y el cadalso, como lazos de una violencia insaciable, dejaron huellas dispersas de hombres y mujeres que forjaron un destino. La saga de una blanca de orilla, costurera de oficio, hija de un alquilador de mulas con tienda y casa en Santa Fe y la villa de Guaduas, que por convicción patriótica terminó envuelta en el torbellino de una libertad con olor a pólvora y sangre.

Con las licencias que permite la literatura para crear encuentros paralelos con los artífices de la leyenda viva, y la investigación rigurosa para no desentonar con las minuciosidades de la época. Varios viajes al municipio de Guaduas para percibir su brisa, escuchar los rumores del río San Francisco o atisbar los secretos del convento de Nuestra Señora de Los Ángeles; y la revisión de testamentos, objetos, escrituras notariales o versiones apócrifas, para confrontar el legado histórico con las biografías, las crónicas y hasta las novelas napoleónicas.

La esencia colonial, el espíritu de confrontación y la mentalidad guerrera de la primera década del siglo XIX, impresos en los seres imaginados de un escritor de oficio. El aire temerario, “casi desequilibrado”, con ascendente vasco, de Alejo Zabaraín, sobreviviente de un patíbulo para caer en otro. La hermosa Barbarita Cuervo, actriz de comedia, humorista plena, intérprete de La Pola en la gallera vieja. Andrea Ricaurte de Lozano, protectora y amiga más allá de la muerte. Y, por supuesto, Policarpa, el triángulo amoroso y su pasión republicana.

“No es exagerado decir que al leer estas hermosas —pero a veces escalofriantes— páginas, todo colombiano entenderá mejor la realidad de hoy”, escribió su primer lector, Walter Joe Broderick. Y no es comentario de solapa o elogio amistoso. Basta avanzar unos cuantos párrafos o imaginar a los interlocutores de sus cinematográficos diálogos, para admitir el esfuerzo creativo de Pedro Badrán. Al fin y al cabo es su cuarta novela y lleva tres libros de cuentos y el relato juvenil Todos los futbolistas van al cielo, con casi 40.000 copias vendidas.

Con ascendencia palestina y siria, nacido en Magangué (Bolívar) pero criado en Cartagena, Pedro Badrán es un narrador raizal. Desde su niñez deleitado en los planchones con ganado o la tarulla invasora en el río Magdalena, hasta el aprendizaje del cine desde la terraza de su vivienda con la pantalla al aire libre del único teatro de su pueblo. Probó dos semestres de Derecho, pero lo suyo fue la palabra y antes de cualquier oficio, junto a Jorge García Usta y Alfonso Múnera, soltó amarras con la revista y tertulia En tono menor.

Leyendo a Capote, Hemingway o Talese, pero sin olvidar lo asumido en la biblioteca de su padre con toda la picaresca y romancero del Siglo de Oro español, Pedro Badrán entró en serio en el universo literario. A los 19 años ya se había ganado su primer concurso de cuento, a los 20 andaba por Bogotá, antes de los 25 publicó su primer libro de cuentos mientras ejercía como profesor de colegio, pasó por el periódico La Prensa y la revista Cromos, luego vino la cátedra universitaria y en el plazo de los últimos 20 años sus ocho libros de narrativa pura.

Se lo debe a las películas de vaqueros y clásicos que vio desde su terraza en Magangué; a sus amigos de En tono menor que lo metieron en el frenesí del cuento; a sus colegas de La Prensa que hicieron un periódico distinto con dos señores editores, Fernando Garavito y Gonzalo Guillén; y a los amores que le han dado cuerda para seguir en la brega. Obsesivo por el ritmo literario, él resalta una gratitud mayor: la cadencia que dejaron en su memoria los relatos de Napoleón Perea y Melanio Porto Ariza narrando béisbol, fútbol o boxeo en Cartagena.

Con ese “susurro en la cabeza”, la disciplina del lector voraz y los ojos atentos al detalle y el vértigo, ahora regresa con una novela enfrascada en la historia. La pasión de Policarpa, una obra de 402 páginas donde la guerra es la señal y entre espías, ejércitos, altruismos y amores, transcurre la vida de su maravillosa protagonista. Una valiente costurera calentana que vivió por la libertad, hasta el viernes 14 de noviembre de 1817 en que murió fusilada. Pedro Badrán asegura que ella alcanzó a ver “la pólvora que salía de la boca de los fusiles y el fuego en el aire que avanzaba hacia su pecho”.

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