La diplomacia no ha muerto

Después del papel jugado por Unasur en el reciente restablecimiento de las relaciones colombo-venezolanas, muchos señalan el fracaso de la OEA. Pero no hay que apresurarse.

El debate sobre la pertinencia, relevancia y efectividad de las organizaciones internacionales a las que pertenece Colombia ha estado plagado de confusiones y ha ignorado sistemáticamente premisas básicas sobre el funcionamiento de las mismas. Preguntas sobre la tensión entre Unasur y la OEA, su viabilidad y el papel que juega Colombia dentro de éstas, han asumido un margen de acción, por parte de estados y organizaciones, mucho más amplio del que realmente existe.

Para empezar, el supuesto conflicto entre la OEA y Unasur no tiene implicaciones en términos de la futura existencia de las mismas y, por tanto, tampoco las tiene en cuanto a la membresía de Colombia. La experiencia internacional señala que, aun en los peores casos de competencia entre organizaciones e incluso cuando sus funciones primordiales desaparecen (como en el caso de la OTAN en tanto sistema occidental de seguridad colectiva después de la desaparición del bloque oriental), raras veces las instituciones desaparecen.

 La inercia burocrática de la OEA (y para este efecto, de cualquier organización) y su obvio interés en sobrevivir como tal, al igual que la ausencia de experiencia en el proceso de desmantelamiento de una organización internacional, seguramente resultarán en una prolongación significativa de su existencia. De esta forma, la idea de que Unasur debilitará y llevará a la OEA a su extinción, desconoce esta tendencia.

Tampoco un balance positivo u optimista en materia de gestión de Unasur producirá necesaria e inevitablemente un debilitamiento de la OEA. Entre otras razones, porque éstas no son organizaciones comparables desde ningún punto de vista. En primer lugar, mientras la OEA cuenta con un período de gestión de más de sesenta años, cualquier conclusión sobre la utilidad de Unasur sería muy apresurada, dados sus escasos tres años de vida. Se equivocan desde ya quienes le atribuyen a Unasur una gestión positiva o negativa con tanta rapidez.

Las organizaciones internacionales tienen el potencial de convertirse en lugares que generen convergencia, acción conjunta o cooperación, pero también pueden ser escenarios en donde las divergencias se potencialicen y los discursos se polaricen. A pesar del papel que ha asumido Unasur en el conflicto colombo-venezolano, todavía es demasiado pronto para afirmar con seguridad qué dirección seguirá la joven institución: si la de generar convergencias o la de atizar y magnificar disputas.

No aciertan tampoco quienes sugieren que la OEA ha sido un dinosaurio burocrático que poco ha contribuido al desarrollo de las relaciones interamericanas. Si bien la OEA ha pasado por aproximadamente una década de inactividad —marcada más recientemente por un papel muy modesto en la crisis de Honduras—, es crucial retroceder en la historia para incluir también en el análisis la gestión importante de la institución en los procesos de democratización del continente durante los años 80, en el proceso de diseño de las reglas del juego para la región en materia de la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, y su utilidad como foro para la interacción entre Estados Unidos y América Latina (interacción que, seguramente, ni los peores detractores de la potencia en la región están interesados en abandonar).

En el campo más específico de la membresía de Colombia en ambas organizaciones, se equivocan quienes piensan que es necesario elegir entre ambos escenarios y que, además, la opción de retirarse de alguno de estos espacios es estratégica, útil o posible desde cualquier punto de vista.

La literatura sobre este tema sugiere constantemente que los costos de retirarse de una organización (cualquiera que ésta sea) siempre serán más altos que los de permanecer en la misma. Si bien aún es temprano para llegar a conclusiones acerca de las futuras ventajas de pertenecer a Unasur, los costos de retirarse en este momento son relativamente claros: una salida de Colombia implicaría una afrenta a Brasil como gestor y principal propulsor de esta organización; perderíamos la posibilidad de interactuar e intercambiar ideas con la región sin la presencia de Estados Unidos (factor que cambia sustancialmente la dinámica de las conversaciones y otros ritos regionales); y finalmente, no contaríamos con el escenario que muchos de los países vecinos han escogido y privilegiado para ventilar sus insatisfacciones frente al gobierno colombiano.

Como si esto fuera poco, el retiro de Colombia de Unasur sería rendirse frente al desafío de construir una organización que represente la diversidad de la región —por ejemplo, en términos ideológicos— y la convertiría en un foco de la a veces improductiva oposición de algunos países del área frente a Estados Unidos. El costo de la salida de Colombia de este organismo entonces no sólo sería muy alto sino que, además, sería absolutamente innecesario asumirlo.

En síntesis, la política colombiana frente a este asunto debería partir de una posición más pragmática y menos ideologizada. La presencia del país en Unasur es un asunto que hoy no es conveniente discutir, haciendo necesario un compás de espera. Tampoco es productivo, por parte de nuestro vecinos, hacerle zancadilla a la OEA y dejar la región sin un escenario obligado y tradicional para la discusión de los múltiples temas que tienen en común América Latina y Estados Unidos.

Todavía es posible que ambas organizaciones puedan generar formas de trabajo que sean complementarias y no necesariamente excluyentes; entender esto y jugar en ambos bandos puede constituirse para Colombia en una herramienta de inserción positiva en la región y en el hemisferio.

Como lo sugirió el Informe de la Misión de Política Exterior, parte del proceso de construir una política exterior colombiana más pragmática y efectiva depende de la consolidación y reformulación de nuestra relación con Estados Unidos mediante los foros multilaterales, así como de la sincronización de este esfuerzo con un mayor y más informado acercamiento al vecindario. Ambos, tanto la OEA como Unasur, son esenciales para lograr este objetivo.

 * PhD. Profesora de Ciencia Política de la Universidad de los Andes.

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