El drama está en los vivos

Acaba de publicarse 'Retomo la palabra. Relatos de violencia y reconciliación', segundo tomo que reúne las historias de quienes formaron parte de los grupos armados ilegales e intentan reconstruir un futuro lejos del conflicto.

“Un lancero apodado Ban-Ban que tenía la habilidad de dibujar hizo en un cartón una pareja besándose en forma de corazón y un comandante de escuadra se enamoró del dibujo, se lo pidió y me dijo que le hiciera un mensaje. Así pasé la mayor parte del tiempo en esa base, escribía cartas para todo el mundo; pero luego me desilusioné porque todos se quedaban con las chicas y a mí, ni siquiera el crédito. Me daban celos que mis escritos fueran la causa de adoración de otros a los que trataban como poetas y yo sin recibir nada a cambio. Yo dije que nunca me enamoraría en las filas y me mantuve siempre al margen del amor con este dicho: ‘Patrullero enamorao, muere amarrao’”.

Este texto forma parte del libro Retomo la palabra. Relatos de violencia y reconciliación y es el resultado de un proyecto de la Alta Consejería para la Reintegración, ACR, y el Cerlalc (Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina), que intentó expresar a través de la palabra escrita la experiencia de los participantes en este proceso de abandonar las armas y regresar a la vida civil.

El primer paso en estos talleres de escritura creativa adelantados con los participantes de las regiones de Magdalena, Magdalena Medio y Bogotá fue superar esa morbosa perplejidad hacia lo macabro. La clave nos la dio Gabriel García Márquez, quien afirmaba en octubre de 1959, en un artículo titulado Dos o tres cosas sobre “la novela de la violencia”, que el mayor error que habían cometido los novelistas al intentar abordar literariamente esa época de violencia política, había sido el de sucumbir a la tentación de narrar en detalle aquellas masacres y crímenes sin preguntarse siquiera qué era lo más importante: ¿narrar sobre los muertos o narrar sobre los vivos? Los novelistas de entonces no lograron trascender un catálogo de muertes atroces, eso sí, bastante exhaustivo y minucioso con descripciones de mujeres violadas, hombres decapitados, castrados, con los sexos esparcidos y las tripas sacadas, y habían perdido de vista lo más importante: dónde se ubicaba la fuerza dramática de aquellos acontecimientos tan crueles y sangrientos.

Escribió Gabriel García Márquez hace más de cincuenta años: “El drama era el ambiente de terror que provocaron esos crímenes. La novela no estaba en los muertos de tripas sacadas, sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite, sabiendo que a cada latido del corazón corrían el riesgo de que les sacaran las tripas. Así, quienes vieron la violencia y tuvieron vida para contarla, no se dieron cuenta en la carrera de que la novela no quedaba atrás, en la placita arrasada, sino que la llevaban dentro de ellos mismos. El resto —los pobrecitos muertos que ya no servían sino para ser enterrados— no eran más que la justificación documental”.

Guardando sus justas proporciones, la intuición del nobel colombiano —el drama no estaba en los muertos sino en los vivos— sirvió de premisa para focalizar los testimonios escritos de los participantes a partir de las cotidianidades que vivieron mientras formaron parte de estos grupos armados ilegales.

De esta forma se fueron agrupando relatos en torno a temáticas específicas en “Nuestra violencia cotidiana”, un participante escribió: “Bueno, una vez me llegó el turno del rancho. Ese día había recibido mi primer sueldo y por estar pendiente de mandar la plata para la tierra mía, cuando volví a ver el arroz estaba ahumado. Así se lo serví al señor y él me dijo: ‘Estás castigado con un mes de rancho’. Le alegué y me dijo: ‘Ahora son dos meses de rancho’. Así estuve mes y medio. Una vez tuve que hacer un almuerzo para una visita y ellos les dijeron al señor: ‘Ese muchacho cocina bien’. Cuando se fueron, el señor me llamó y me dijo: ‘Le quito el castigo por ese almuerzo tan bueno’”.

“Relatos de amor, locura y muerte” aluden a estos temas en el contexto del conflicto: “Tenía 17 años y llevaba un año en el bloque Héroes del Prodigio de las autodefensas del Magdalena Medio, cuando llegamos a un pequeño caserío llamado La Unión. Como soy lanzado, me le acerqué a una muchacha y empecé a hablar con ella. Se veía muy aburrida y entonces le dije: ‘¿Muñeca, qué te pasa, por qué estás tan triste?’. Me contestó que los papás la habían echado y que no tenía adónde ir. Le dije: ‘Únete a las filas que allí tienes todo gratis, comida, dormida, medicina, y si eres valiente te va bien’. La llevé donde un comandante y él la mando a la escuela de entrenamiento. Allá duró tres meses. Tiempo después nos encontramos, la vi de camuflado y con un fusil encima; era una mujer diferente, parecía un patrullero normal. Le pedí que nos cuadráramos y ella me dijo que sí, en ese momento empezó nuestra historia de amor. Transcurrieron casi tres años, ya para ese entonces éramos como marido y mujer. El 25 de julio de 2001 apareció la guerrilla, éramos un grupo de ochenta hombres y empezamos a disparar. Después de tres horas de enfrentamiento una bala la atravesó. Fue una muerte instantánea, ella no se dio cuenta, también murió el hijo que estábamos esperando”.

Y en “Testimonios” escriben sobre su regreso a la vida civil: “Ya tengo un año de haber salido del conflicto y formo parte de un colectivo llamado ‘Jóvenes de Ambiente’; nos dedicamos a trabajar por el medio ambiente, por la juventud, que es la población más vulnerable frente al flagelo de las drogas. También soy el presidente del consejo estudiantil y desde allí ayudo a los jóvenes a desarrollar su liderazgo. Hemos pasado varios proyectos a la Alcaldía local, al ministerio de la Protección y a Planeación Nacional. Ya nos aprobaron un proyecto de cinco millones de pesos, los cuales van destinados a promover talleres educativos para jóvenes del colegio, en salud sexual y reproductiva, derechos sexuales y exclusión de género, entre otros (…)”.

Conscientes de que este proceso de representación del conflicto a través de percepciones tan subjetivas son de una naturaleza tan compleja que van más allá de asumir la escritura como una terapia y nos enfrentamos a dilemas que oponen realidad y ficción, memoria e imaginación, lo estético y lo sociológico, lo ético y lo moral, entre otros aspectos; sospechamos que estuvimos presenciando los primeros pasos de unos individuos que intentaron ejercer, a través de la palabra escrita, su derecho a ser considerados como ciudadanos.

También es cierto que no necesitamos ser víctimas ni victimarios, perseguidos o perseguidores para comprender la dimensión humana del conflicto que vivimos en Colombia. Basta con retratar a una mujer en una ventana, como decía Amos Oz en su discurso al recibir el Premio Príncipe de Asturias en 2008, una mujer palestina o judía, no importa el lado del que esté, para intentar comprender mejor el mundo que les tocó vivir. Y descubrir, “que todas las mujeres, en todas las ventanas, tienen, al final del día, una urgente necesidad de paz”.

 

 * Autor de ‘El Eskimal y la Mariposa’ (2004), considerada una “radiografía  de la violencia colombiana de los años ochenta y noventa del siglo XX”, y ‘Lara’, inspirada en la vida y muerte del ex ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla.

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