La mirada de un creador

Hablar de Pepe Sánchez es hablar de la historia de la televisión en Colombia.

La ciudad es grande para encontrar una bicicleta perdida y el ladrón puede estar en cualquiera de sus rincones. Tal vez nunca la encuentren. El padre lo sabe, el niño que apenas comprende, escucha que sin la bicicleta no habrá trabajó y escaseará la comida. La situación está difícil, la tensión aumenta y, entonces, los ojos no quieren cerrarse, cada imagen los envuelve con más fuerza. Llega un final que oprime el pecho. Las luces se prenden. El Ladrón de bicicletas (Vittorio de Sicca) golpea las emociones, allí, en la pantalla, quedaron reflejados muchos dolores propios.

Al instante, Hernando Salcedo, en un acto que repite cada semana, se para al frente de los asistentes y deja salir una de sus preguntas. La historia que acaban de ver es la protagonista. Y ahí, reunido en el Cine Club Colombia con los ojos abiertos y las ideas en movimiento, está sentado Pepe Sánchez pendiente de la discusión. Sí, Pepe Sánchez, el mismo que unos años después asistiría a la llegada de la televisión en Colombia y se haría su cómplice por más de 50 años.

Los creadores del neorrealismo italiano fueron algunos de sus grandes maestros. A Fellini, Antonioni, a Vittorio de Sica, que lo sorprenderían siempre, los conoció en el Cine Club de Hernando Salcedo, al que asistían —dice hoy su hermano Carlos Sánchez— como si fuera un ritual que los marcaría para siempre. Esas películas que vieron por casi 10 años cambiarían el rumbo del muchacho coqueto, el bailarín furibundo, el estudiante esquivo, el contemplado de doña Julia, y mucho después, uno de los creadores que transformó la televisión en el país de manera definitiva.

Y es que el hombre al que los años le pasan por el lado del alma sin envejecerla siempre sorprende con sus ideas ocurrentes, con apuntes que roban carcajadas y enamoran sin avisos. Para Jorge Pinto, que trabajó a su lado en producciones como Chichigua, Pepe Sánchez es el típico bogotano al que le fluyen las ideas de inmediato, siempre con su toque de buen humor y sorpresa. Él fue el primero en sacar a respirar las cámaras de los estudios a las movidas calles del centro de Bogotá, impulsado tal vez por ese neorrealismo que buscaba mostrar historias más reales y cercanas.

Esther Rojas, su esposa, toca el piano. Tiene 40 años menos que él y reconoce que cuando lo conoció se sentía más vieja que el mismo Pepe Sánchez. Después de nueve años a su lado sabe que el buen humor es el mejor encanto y que todos los días la sorprende la creatividad y la sensibilidad de su compañero, con quien tiene dos hijos de los siete que tiene el director.

Como un actor comprometido, un guionista con alta capacidad de creación y un director sin precedentes. Así definen a Pepe Sánchez las personas que han trabajado a su lado. Felipe Laverde, amigo desde su infancia, y con el que trabajó luego en la televisión, dice que su compañero de clase del colegio, y de andanzas por muchos bares de Bogotá, es el que mejor ha trabajado la comedia en Colombia. No se equivoca. Producciones como Romeo y Buseta o Don Chinche lo confirman. Con ésta última logró que los televidentes se identificaran con sus personajes y reivindicó así la cultura y la identidad de un país que todavía no se reconocía en la pantalla.

Hoy tiene 75 años y todos los días se levanta con la misma energía y el compromiso que lo caracterizaron en sus largas jornadas al frente de creaciones como La historia de Tita, San Antoñito o la recordada Café con aroma de mujer. A pesar de que nunca ha sido un activo militante —su hermano Carlos Sánchez asegura que es demasiado libre para serlo—, desde el principio ha tenido claro que sus producciones son el resultado de un sentido social en el que le apuesta a un mensaje con contenido y con el que, finalmente, termina transformando paradigmas y generando conciencia entre risas y amoríos.

A la televisión llegó por casualidad, pero la imagen estuvo en su vida desde el principio. Cuando era niño, doña Julia, su madre, le contaba a él y a sus hermanos historias de figuras chinescas que pintaba en la pared con su sombra. Don Julio, su padre, pasaba el día en su cuarto oscuro plasmando en el papel las imágenes que había capturado con su cámara en su trabajo para el Partido Liberal. A Pepe Sánchez, al que la cédula le contradice el nombre con un Guillermo ajeno, ese cuarto sin luz le producía claustrofobia y está convencido de que a eso se debe su reticencia por la fotografía.

Cuando asistía con pocos ánimos a los cursos de derecho, su hermana Isabel trabajaba en la HJCK y por la falta de uno de los locutores haría un remplazo para quedarse allí, hasta pasar a la televisión, cuando el general Rojas Pinilla trajo la caja de imágenes para propagar su mensaje político en 1954. Allí conoció a Seki Sano, un director japonés que preparó a muchos de los actores de la vieja guardia en Colombia, y se sumergió en las artes dramáticas hasta hoy, cuando sigue dirigiendo escenas de las producciones que se están haciendo en el país.

A pesar de que su vida ha estado ligada por completo a la televisión, sigue soñando con dedicarse al cine, una pasión que lo persigue desde los días del Cine Club Colombia. Por ahora, afirma, tiene un proyecto pendiente con el tema de las bananeras como contexto en el que se desarrolla un amor.

“El pecado de Pepe ha sido su modestia”, así lo cree Mauricio Navas, quien empezó a trabajar con él en Romeo y Buseta y hoy insiste en que espera verlo como un gran consultor de los nuevos creadores en el país. Para Navas, Sánchez es un sinónimo de respeto a la televisión, a los actores y al televidente, un administrador del virtuosismo de los actores, que no le da temor compartir el conocimiento y al que el país no le ha dado el lugar que le corresponde.

Para Pepe Sánchez, el hombre que cambió la televisión en el país, 50 años son muy poco y todavía, después de anotarse muchos de los éxitos de la pequeña pantalla, sigue temiéndole al fracaso. Termina de contar una historia de la que ha hablado muchas veces y recuerda una frase que leyó en alguna pared de la ciudad: “Cuando tenía las respuestas, la vida me cambió las preguntas”.

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