Aquel septiembre

Fue entonces cuando lo encontraron ellos, inmisericordes, con sus botas retumbando en el raído tapete de su apartamento. Lo sacaron a empujones, golpeado, herido, humillado.

Le tiraron una frazada encima para que luego, si quedaba con vida, no pudiera reconocerlos, y despedazaron algunos de sus libros y discos: Los de Neruda y Joan Báez, los de Víctor Jara y alguno más al que él no le pudo cambiar la tapa. Quemaron uno del “cubismo”, porque para ellos, los de las botas, cubismo era sinónimo de revolución cubana, y rompieron una quena porque olía a criollo, y lo criollo era subversivo.

Se lo llevaron porque alguien lo acusó de ser un peligroso líder juvenil, pero él jamás logró encontrar a su delator, nunca supo quién fue el cobarde que les dijo a los “milicos” “se llama Jorge Murinto, es asiduo lector de poesías y poeta también, y en el colegio siempre arma trifulcas porque detesta la fuerza”. Cuando le quitaron la frazada ya era de noche, una de aquellas terribles noches de septiembre de 1973. Hacía frío, a pesar del hacinamiento de los cuerpos y los alientos y los miedos que habían tirado en el Estadio Nacional. “Éramos miles, todos escrutándonos porque cualquiera podía ser un traidor, pero todos unidos en la tragedia”.

Hubo muchas noches en las que durmió sin frazada. “Cada vez más, las frazadas eran el único anhelo material que teníamos, pues podían ser colchón, almohada o cobija, el lugar para jugar a las cartas o incluso un disfraz”. Cuando por fin le dieron la de alguien a quien jamás volvió a ver, empezó a buscar cómplices simplemente para hablar con ellos de poesía, para compartir un verso o recordar algún libro. Sin embargo, nadie quería hablar, porque las pocas noticias que llegaban eran cada vez más trágicas. En voz baja, corría el rumor de que en el Estadio de Chile habían fusilado a Víctor Jara. “En el Nacional, ya empezaban los simulacros de fusilamientos”.

Fue al día siguiente cuando vio por vez primera al “encapuchado del Estadio Nacional”, un hombre que se paseaba entre los detenidos seguido por varios militares. “De pronto se paraba ante alguno y lo señalaba con el dedo, y al señalado se lo llevaban y ya no volvíamos a saber de él”. Las rondas del “encapuchado” eran diarias y sin hora fija. Nunca se supo si era uno, si eran varios, si pertenecían al ejército o si los elegían de entre los presos. “A finales de los 80 hubo un tipo que confesó, pero a las pocas horas lo encontraron muerto, con muestras de tortura”.

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