"No existe la Constitución Política perfecta"

Con 'La llama de la Independencia. Bicentenario y constitucionalismo', Hernández busca hacer pedagogía constitucional y rinde homenaje a quienes sacrificaron su vida para conquistar las libertades públicas de las que gozamos hoy.

Sin duda alguna el ex magistrado y docente universitario José Gregorio Hernández Galindo es una de las máximas autoridades en el tema del derecho constitucional en Colombia, cuya pasión plasma ahora en su nuevo libro “La llama de la Independencia. Bicentenario y constitucionalismo”.

Entre otros temas, este jurista lamenta que “en muchos casos, infortunadamente, el poder ha valido más que el Derecho.

¿Qué objetivo persigue con su nuevo libro, ‘La llama de la Independencia. Bicentenario y constitucionalismo’?

Hacer un poco de pedagogía histórica y constitucional a propósito de los 200 años de la Declaración de Independencia, dado que entre nuestras instituciones actuales —desde luego con la evolución sufrida a lo largo de dos siglos, y consideradas las debidas proporciones— y ese origen existen indudables relaciones. Además, juzgo importante ver el desenvolvimiento institucional de la República y verificar también el contexto, es decir, el conjunto de hechos y antecedentes que condujeron a todo un proceso libertario. El 20 de julio representa un hito en ese proceso.

¿Sería un error histórico afirmar que nuestra Independencia política de España arrancó con la Constitución Política de Cundinamarca en 1811, o ese suceso fue posterior?

No. Esa Constitución fue la primera, y no duró sino un año. Reconocía aún a Fernando VII como el monarca y fue necesaria la ruptura definitiva con España en las constituciones posteriores, incluida la de 1812. Pero tampoco se llegó entonces —en esas constituciones— a la plena independencia, pues el proceso constitucional fue interrumpido violentamente por el régimen del terror instaurado por Pablo Morillo. Sólo después de la Campaña Libertadora y de las batallas del Pantano de Vargas y Boyacá se afirmó de modo definitivo la soberanía.

En estos dos siglos, mucha sangre corrió hasta proclamarse nuestra actual Constitución Política de 1991. ¿Pretende usted hacer en su libro un homenaje a esos hombres y mujeres valientes que ofrendaron sus vidas para conquistar los derechos y libertades públicas de las que gozamos hoy?

Desde luego. Es un homenaje a figuras de la importancia de Antonio Nariño, Camilo Torres, el sacerdote Rosillo, o los líderes que los antecedieron con la Revolución de los Comuneros, entre otros muchos. Ellos sacrificaron su libertad personal, sus bienes, su tranquilidad, y muchos fueron entregados al verdugo por la causa de la libertad general.

¿Después de 200 años de continua construcción de un sistema jurídico como el que tenemos hoy, cuáles son las dificultades que afrontan nuestra democracia y el Estado de Derecho?

Todavía hay tendencia al caudillismo en muchos dirigentes, que menosprecian las reglas del orden jurídico; que gustan de la concentración de poderes; y que rompen fácilmente con los postulados del Estado de Derecho por razones políticas de coyuntura, o por culto a la personalidad. Inclusive, hay uno que otro que sería feliz en una monarquía o en una dictadura, por considerar que la demasiada libertad es desorden.

Insiste usted en el tema del poder de la Constitución Política para controlar los actos de los gobernantes (tema de otro libro suyo, ‘Poder y Constitución’). La  reelección presidencial puede ser un mal ejemplo de cómo un gobernante puede doblegar ese poder para atornillarse en el mando?

Sí. Lo peor es que se hizo con el aval de la Corte Constitucional.

A propósito, lleva la cuenta de cuántas modificaciones le han introducido a la actual Carta Política?

Veintinueve reformas. Veintiocho por Acto Legislativo y una por el pueblo (la del referendo de 2003).

¿Cuáles de esos cambios nunca se debieron hacer?

El del Acto Legislativo 1 de 2004, más conocido como “la reforma de Yidis y Teodolindo”.

Y nuestra Constitución Política aguanta más cambios?

Puede necesitarse una armonización de normas, y una revisión general para recuperar la coherencia del sistema, que ha venido maltrecho por reformas inconexas y coyunturales.

Temas como el Estatuto del Trabajo, las garantías laborales mínimas, el derecho a una vivienda digna e, inclusive, el sagrado derecho a la vida consignados en la Constitución Política, en Colombia a veces parecen ser letra muerta, ¿qué opina al respecto?

Que son letra muerta, sin dudarlo, y que a punta de decisiones arbitrarias y de omisiones imperdonables quienes ejercen el poder han venido traicionando los valores y principios constitucionales. Vea el caso de la UVR, en que gobiernos, superintendencias, jueces y sector financiero desacatan los fallos de la Corte. En muchos casos, infortunadamente, el poder ha valido más que el Derecho.

Si tuviera que mencionar los hitos históricos de nuestra memoria constitucional, ¿con cuáles se quedaría?

La Declaración de Independencia, la Reforma Constitucional de 1936 y la Constitución de 1991.

¿Existe la Constitución Política perfecta?

No. El único perfecto es Dios.

¿Qué le faltaría a la Constitución Política de 1991?

Mayor coherencia.

De las constituciones políticas que hemos tenido en nuestra historia republicana, ¿con cuál se queda?

Pese a todos sus defectos de técnica y a su injustificada extensión, pero por su contenido democrático y pluralista, me quedo con la de 1991.

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