“No estamos hablando de salvar pajaritos”: Margarita Astrálaga

Es responsable de los programas ambientales que las Naciones Unidas impulsan desde la Patagonia hasta el Río Bravo.

Quería ser agrónoma. Tenía apenas 13 años cuando esa idea comenzó a germinar en su cabeza. Sus planes adolescentes contemplaban la posibilidad de encargarse tarde o temprano de alguna de las dos fincas familiares. La de los Llanos o la de Santander. Pero no llegó muy lejos con ese plan inicial. Su padre no lo aprobó.

“Me dijo que una mujer en Colombia no iba a poder dar órdenes en el campo hasta dentro de 20 años”, recuerda Margarita Astrálaga, la colombiana que desde abril de este año es la directora para América Latina y el Caribe del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

Sus mejores recuerdos hasta ese momento, y aún hoy lo siguen siendo, eran las semanas enteras que pasaba con su padre y hermanos recorriendo los Llanos, brújula en mano, sorteando todo tipo de imprevistos e incomodidades. También las visitas a Las Gaviotas, un centro experimental de proyectos ambientales que un grupo de soñadores habían instalado cerca del río Orinoco, en la cálida altillanura colombiana. Una comunidad para reinventar el mundo. Así la llamó el escritor y periodista Alan Weisman al ser testigo de los esfuerzos por usar energía solar, tratar las aguas o inventar técnicas de construcción con materiales locales. Gabriel García Márquez alguna vez les dedicó un elogio: “Campeones de la imaginación y del sentido común”.

“Al graduarme del colegio pensé en irme a vivir un año a Las Gaviotas, me parecía el Paraíso. Pero mi padre dijo que no me iba a decir que tenía que estudiar pero que tenía que salir de la casa con un título profesional”, cuenta Margarita. Frustrado su segundo plan, rápidamente ingenió el siguiente: biología en la Universidad de los Andes. El padre por fin daría su aprobación.

Nuevas ideas

Si hoy esta colombiana tiene bajo su responsabilidad todos los proyectos ambientales que las Naciones Unidas financian y apoyan desde la Patagonia hasta el Río Bravo en México, en parte se debe al camino que le señaló un profesor de origen belga en la universidad: “Un día nos preguntó para qué estábamos ahí. Qué queríamos hacer con la biología. Si dedicarnos a investigar en un laboratorio con una bata blanca o a cambiar el futuro del país. Me llamó la atención esa idea de cambiar con la biología el país”.

Vendría una lección más en los años universitarios. Una que guiaría sus pasos en el futuro. Junto a un grupo de estudiantes y bajo la tutela de la ex parlamentaria Alegría Fonseca recopilaron pruebas para demostrar que la construcción de un polo industrial aledaño al Parque Nacional Ciénaga Grande de Santa Marta era inconveniente. Convencida de la importancia biológica de la zona, al llegar al Congreso se estrellarían con la pregunta de cuántas personas se podían alimentar con las especies endémicas que ellos defendían. “Eso me abrió una visión del mundo clara: que no iba a salvar nada si me dedicaba a hablar sólo de biología, tenía que hablar en los términos de ellos”.

El primer trabajo que consiguió fue en el Inderena. Allí comenzarían las revanchas. Con un máster en desarrollo regional y conocimientos en economía más sólidos se encargó de calcular el impacto que tendría la construcción de una carretera en inmediaciones de la Ciénaga Grande. Cuánto perderían los pescadores que vivían en las zonas y sus familias. Al final a los constructores no les quedó más remedio que desviar la carretera e invertir un poco más para no provocar un daño ambiental y no afectar a las comunidades locales.

De Colombia a Nairobi

Nuevos retos vendrían en el camino. Primero fue invitada al Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente con sede en Nairobi, Kenia. Ahí estuvo a cargo del Programa de Mares Regionales de América Latina. Después de seis años viajó a Suiza para trabajar en la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre. Luego de un par de años se mudó a Argentina y el Banco Mundial la contrató para realizar una consultoría ambiental en la Patagonia. “Fue un período espectacular, porque recorrí la Patagonia de punta a punta y además me pagaron por eso”, dice. La crisis financiera que vivió el país gaucho la obligó a regresar a Suiza para trabajar en la Convención sobre los Humedales de Importancia Internacional (Ramsar), donde pasó ocho años.

Antes de mudarse a Ciudad de Panamá para hacerse cargo del programa ambiental de las Naciones Unidas que hoy ocupa hizo escala en España como directora regional de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

A cuatro meses de ser una de las anfitrionas de la reunión de líderes de 192 países en México para una nueva ronda de negociaciones del cambio climático, su energía está concentrada en impulsar un gran inventario ecológico en todos los rincones del continente.

“Un tema superimportante para la región es lograr trabajar con los países en la evaluación de los servicios ecosistémicos”, responde cuando le preguntan por los nuevos retos en materia ambiental. Dice que su sueño es que todos los países tengan su propia evaluación, sepan cuánto tienen y cuánto valen.

Las lecciones aprendidas cuando era una joven soñadora no las olvida: “A los políticos y tomadores de decisiones tenemos que hablarles con argumentos económicos. No estamos hablando de salvar a los pajaritos. Estamos diciendo: señor, usted puede perder su negocio si no protege el medio ambiente”.

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