Los santos van al infierno

El refugio en donde quedaron atrapados los trabajadores de la mina es muy oscuro, húmedo y caluroso. Todos están deshidratados y varios presentan síntomas de depresión.

El título de la novela de Gilbert Cesbrón sobre los curas obreros franceses de la posguerra sirve para retratar la historia de estos otros santos, los 32 mineros chilenos y un boliviano que estarán sepultados en vida hasta la Navidad a 700 metros de profundidad en el fondo de la mina San José, en el desierto de Atacama. Porque es un infierno donde están, abajo, en las negras, húmedas y calurosas profundidades de la mina, pero al mismo tiempo son santos, porque han logrado poner en acción aquellos valores de solidaridad, organización y valor que han hecho que los proletarios sean un modelo de sociedad más justa.

“Este es el lugar donde nosotros nos entretenemos…”, dicen en el documental de 45 minutos, conducido por el minero Mario Sepúlveda, que ya dio la vuelta al mundo y del cual hay unos once minutos en Youtube con decenas de miles de visitas. “Acá nos reunimos todos los días, acá planificamos, acá oramos y hacemos asambleas todos los días para que todas las decisiones que se tomen sean basadas en la orden de los treinta y tres”.

Y son santos, además, por su sentido del humor: “¡Ya vamos a salir, y vamos a hacer la media fiesta!...”, ríe uno de los 33 mineros atrapados, cuando lo enfoca la cámara enviada por el tubo de 11 centímetros de diámetro y que maneja un improvisado camarógrafo, al parecer Alexis Vega, de 31 años. Una voz en off va explicando lo que la cámara observa. A ratos se ven sus manos protegidas por guantes de goma blancos y en algunos momentos la voz en off toma cuerpo y la cámara muestra en primer plano al “conductor” Mario Sepúlveda, de 40 años.

Su hermano Claudio, quien vive en Quellón, al fin del mundo, en el extremo sur de la isla de Chiloé, 1.280 kilómetros al sur de Santiago, está orgulloso: “Pude enterarme de que mi hermano es uno de los que organizan el grupo. Ante la pregunta de quién lideraba abajo, se respondía que son el jefe del turno, Luis Urzúa, y Mario Sepúlveda, mi hermano”.

En el video, los curiosos de todo el mundo pueden asomarse a cómo se vive, después de más de veinte días de encierro, en lo que el líder Luis Urzúa, un topógrafo de 54 años, en las primeras conversaciones calificó de infierno. La humedad es muy alta, sobre el 80%, y un termómetro de pared que se observa en el video marca 29,5 grados Celsius. Todos andan en pantaloneta y con el torso desnudo. Están más flacos, ojerosos y barbudos. El sudor constante, como de tierra caliente, aumenta al extremo la deshidratación. Así y todo, han hecho vivible ese lugar: tienen un casino y con trozos de papel fabricaron un dominó que la cámara mostró extendido sobre una mesa. En una pared, “esto no podía faltar”, bromea Mario Sepúlveda: la típica hoja de una revista con la foto de una mujer desnuda al mejor estilo Playboy.

La grabación ha sido exhibida a los familiares en una gran pantalla levantada en las proximidades de la mina. Uno de los mineros dice en el video: “Hay un gran número de profesionales con quienes desde aquí abajo les vamos a ayudar en las tareas de rescate”.

Entre bromas y saludos el video avanza. Las casas editoriales deben ya estar alertas y sacando cuentas para competir en comprar la historia del siglo. Uno de los mineros lleva escrito un registro diario “de todo lo que nos ha pasado”, dice la voz en off.

Pero también hay preocupación porque el ministro de Salud, Jaime Mañalich, quien representa desde comienzos de la semana al gobierno en el lugar del accidente, dijo que el video permitió identificar a cinco de los 33 con síntomas de depresión: “Están más aislados, no quieren aparecer en pantalla, no se están alimentando bien”. El equipo de psiquiatras y psicólogos se ha hecho cargo de atender el estado anímico del grupo, en particular de estos cinco que estarían más afectados.

“Se detectaron alteraciones urinarias, dermatológicas severas y un cuadro depresivo inicial de cierta importancia”, precisó el ministro. Mañalich indicó que ya se les enviaron los remedios y desinfectantes, “pero médicamente son casos complejos de tratar, debido a que las zonas afectadas no reciben aire fresco”, aunque el próximo domingo, a través de una nueva sonda, “se espera hacerles llegar un flujo de aire fresco”.

Las cartas que los mineros han enviado a sus familiares muestran el nivel de angustia. “No saben cómo sufría el alma al estar bajo tierra y no poder decirles que estaba vivo. En instantes pensé que quedaríamos atrapados y moriríamos lentamente de hambre”, reza parte de una carta enviada por Édison Peña, de 34 años. El mecánico Raúl Bustos, que fue el encargado de fabricar una canaleta especial donde recoger el agua bebible, cuenta a su esposa: “Mi Dios me dio fuerzas para vencer la ansiedad del hambre que pasamos”.

“Hemos podido decirles más o menos que no van a poder ser rescatados antes de Fiestas Patrias (18 de septiembre) y que esperamos estar con ellos antes de Navidad”, dijo el ministro de Salud reunido con los periodistas. “Es una ventana bastante amplia todavía, a la cual nos vamos a poder ir aproximando con mayor certeza”, precisó.

Una vez más, al terminar las imágenes, con un temple a toda prueba, los 33 mineros entonan el himno nacional y gritan el ya clásico: “¡Ceacheí… Chi… Ceacheí… Chí… Ceacheí… Chí… ¡Mi-ne-ros-de-Chi-le…!”.

El día martes 24 los 33 mineros pudieron ingerir su primera comida “de verdad”. Esta fue sopa concentrada con sabor a chocolate y frambuesa. Cada uno recibió una lata de 400 cc con la instrucción de beberla lentamente, a razón de 100 cc cada seis horas, entre sorbos de bebida rehidratante. El ministro de Salud explicó que se pretende recuperarlos físicamente mediante un proceso de rehidratación y del suministro de 1.500 calorías diarias. Los expertos calculan que han perdido unos diez kilos de peso.

Entre los atrapados hay dos mineros con conocimientos paramédicos que están trabajando en enviar a la superficie muestras de sangre y orina de cada uno con dispositivos que se les han enviado por el tubo con el que se comunican con el mundo exterior. Así, ya disponen de cintas para medirse la cintura, aparatos para tomar la presión arterial y termómetros. “Tenemos que hacernos a la idea de que van a recibir una visita médica todos los días y desarrollar así una pauta nutricional y clínica”, explicó el ministro Mañalich.

Su experiencia será además útil a la ciencia: cuatro expertos de la NASA viajan a Chile para ayudar, pero también para observar a estos 33 terráqueos en las fauces de Vulcano.

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