El pasadizo de las lagartijas

Para llegar a la nevera de los mil deseos, que en realidad era uno solo, Gonzalo tenía que atravesar un pasadizo oscuro habitado por lagartijas que, sentía, lo observaban con alevosía. Sólo podía pasar por allí de seis y cuarenta a seis y cuarenta y cinco de la tarde, la hora exacta en la que la cocinera de su abuela se cambiaba de ropas para servir luego, a las siete en punto, la cena.

A él, aquellos anocheceres lo sumían en una especie de letargo, en una agónica melancolía que nunca pudo describir. Tal vez por eso, decía, se arriesgaba al ataque lagartijesco, a los escalones de madera inclinados hacia abajo de la cocina, a que su abuela o alguno de sus tíos lo descubriera y a la nevera.

En las mañanas, mientras desayunaba con sus primos platos serios con jugos más serios aún, analizaba con ellos la posibilidad de asaltar la nevera por otro flanco, pero la cocina no tenía ventanas, y la única puerta que daba al patio trasero estaba condenada, según ellos, desde hacía 100 años. Más de una vez se juramentaron que ahorrarían para comprarle a la abuela una nevera nueva con puerta de caucho para que no les pasara la corriente. Desistían al mediodía, cuando pasaba el señor de las paletas. La única alternativa volvía a ser, uno y otro y otro día, el pasadizo de las lagartijas y la escalera trampa de muerte.

Cuando Gonzalo, el eterno enviado de los primos, lograba llegar a la cocina, debía encender una vela para buscar un trapo grueso, un banquito y una bolsa en la que guardaría las cinco Kolas Román que sacaría de la nevera, su botín. Muchas veces falló. Se tuvo que esconder dentro de la alacena para no ser descubierto, y ahí quedarse encerrado hasta la mañana siguiente. Por lo menos tenía comida, decía. Increíblemente, pensaba después, nadie lo echaba de menos, nadie comprobaba si la almohada que dejaba como señuelo en su cama respiraba. Un domingo, 10 años más tarde, valiente, le preguntó a la abuela por qué no cambiaba la nevera. Ella le sonrió. Nunca le quiso decir que le gustaba dañada para que no se robaran sus Kolas Román.

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